sábado, 26 de enero de 2008

ORDENES OCULTAS

Por enésima vez volvió a desenganchar la cantimplora de su cinturón, aproximándosela a los labios con indolente ademán. La volteó sobre su boca, abriendo esta al máximo para procurar que no se le derramase ni un átomo del preciado líquido, comprobando por enésima vez, igualmente, que no salía absolutamente nada por aquél agujero negro y profundo que tenía ante sus ojos.
Ojos irritados, marchitos, ajados, al igual que sus labios y resecos como su garganta y sus entrañas.
Entrañas impregnadas de polvo y arena que el viento hacía elevarse desde el suelo y tras describir torbellinos en el espacio se introducían por su boca en tráquea, laringe y bronquios, yendo a quedarse instalados en los alveolos como pretendiendo construir un muro de sílice para después asfixiarlo.
El velo del paladar lo sentía áspero, pétreo, pesado cual losa de granito, amenazando desprenderse y lapidarle la lengua, cuando entraban en contacto.
El horizonte -puro y duro espejismo en su cerebro, pues sus ojos no podían apreciarlo desde hacía varias horas- se le presentaba ante sí cercano; tan próximo, que creía que de un momento a otro, -quizás un paso más- caería del otro lado.
Al otro lado se encontraba su salvación. Al otro lado estaba el campamento. El campamento al cual debería haber llegado hacía días y por lo tanto deberían estar esperándolo. Su campamento, del cual había partido hacía, -¿cuánto tiempo hacía? ¿cómo es posible que no lo recordase? pensó en un instante de lucidez- treinta días portando las nuevas órdenes y por tanto la nueva estrategia a seguir en el frente, quedaba a sus espaldas, kilómetros atrás. Mas, si tenía que haber estado allí hace días, ¿cómo es que no habían decidido salir a buscarlo? - pensó de nuevo, creyéndose en otro momento de lucidez-.
Lo que él ignoraba es que en el campamento nadie le esperaba. Nadie había sabido que llegaría alguien con nuevas órdenes, ni nadie podía saberlo ya, puesto que nadie quedaba en pie, ni tumbado, ni vivo. Por tanto, nadie querría saberlo.
Rodó por la ladera de la duna movediza, tras no encontrar su pie el apoyo necesario para continuar adelante. Sintió como la arena frotaba su cuerpo semidesnudo, cual asperón que quisiera limpiarle el alma para llegar con ella limpia a su destino y no pudo escaparse lamento alguno por su boca, por encontrarse ocupada del sílice ardiente del desierto.
Evocó un pueblo de Castilla la Nueva, una familia, una novia y unos amigos que le sonreían con una copa de vino en la mano, dándole la bienvenida por su regreso a casa y se durmió cubierto por el cálido manto que le protejería de la fría noche sahariana y la noche de los tiempos.

sábado, 5 de enero de 2008

Antes de Navidad

El largo y penetrante chirriar de las ruedas en su frenada lenta, parsimoniosa, sin prisa alguna, producido por el roce metálico de las zapatas sobre las ruedas, cesó.
Dispuesto a bajar y preparado desde que el tren entró en el enmarañado cruce de raíles, se encontraba junto a la puerta del compartimento, con el maletín de cuero marrón y su paraguas recogido en una mano, mientras con la otra se asía a la barra verticalmente instalada junto a la puerta, para no caer en el momento de la parada.
Había estado observando con mirada perdida en sus pensamientos, abstraído en unos recuerdos lejanos y añorados, como lentamente pasaban ante él columnas de hierro quietas, muy quietas, estáticas y silenciosas, plantadas sobre su base de hormigón, que a modo y a falta de gentío en los andenes para recibir a los viajeros, estaban dispuestas para tal cometido.
Ellas, que día tras día, año tras año, hiciese frío o calor, se encontraban allí para recibirle a él y otros como él o quizás aún más pesarosos si cabe, lo mismo que más alegres, con su frío, silencioso y vano abrazo, como amigo o familiar distante e impersonal que no tiene palabras con qué recibirte.
Pensó en la casa, en cómo estaría este año, cuantos habitantes indeseados minúsculos, peludos, de hocico puntiagudo y largos bigotes, tendría que echar de ella para poder pasar tan solo quince días y tan solo precisamente. Sin el grito de una madre, sin la voz arrulladora y sensual de una mujer y sin el llanto de un niño, por otra parte nunca olvidados, pues le perseguían allá donde fuere machacona e insistentemente en su interior, en lo más profundo de su ser, allá en el más recóndito átomo o molécula de su cuerpo.
Bajó del tren y ni las frías columnas se dignaron darle un frío abrazo de bienvenida.
Se dirigió a la taquilla pensando en encontrarla ocupada por el expendedor de billetes y no por una fría materia inorgánica.
Pidió un billete y el horario del próximo tren. Le satisfizo la hora: “en diez minutos lo tiene usted aquí”, le contestó el hombre de la taquilla. Una voz ronca que aunque le había proporcionado una información valiosa, era impersonal, distante; lo mismo y en iguales términos le hubiese contestado a una de aquellas recibidoras estáticas que poblaban el andén vacío y desolado de la estación.
Pagó su billete y dio las gracias al hombre. Acto seguido se encaminó decidido, tal como había llegado, serio, taciturno y triste al otro lado de las vías y se sentó en el hormigón de una de las calladas columnas a esperar.