sábado, 2 de agosto de 2008

EL DIARIO

Como hoy me he regalado un diario, voy a escribir algo en él ahora, mientras como.

Sí, me lo he regalado yo misma, así, sin ton ni son, pues ya está bien de regalar a los demás de esa forma y que los demás no se acuerden de una y eso que, pero no todos, nada más que cuando es mi cumpleaños.

Pues, ¡hale! Que sirva esto mismo como encabezamiento del librito. ¡Quien me lo iba a decir a mí, que a mis años, me pusiera a escribir un diario! Pero, ¿no lo hacían todas mis amigas cuando éramos jóvenes?

¡Anda! Ahora que lo pienso, lo mismo lo siguen haciendo y soy yo la única que no lo hacía, como entonces, pues lo veía tan tonto, tan fuera de lugar, tan cursi, como me decía mi madre.

Pero bueno, todos cambiamos. Hasta la situación ha cambiado para mí desde entonces, y no diría que para bien precisamente. Aunque, si he de ser sincera, sí ha habido unos buenos años, pero, ¡ quedan tan lejos! Y eso que no hace más de cuatro, en que la situación no era así, no, qué va, ni muchos menos, pero aun así, quedan lejísimos para mí. ¿Por qué pueden llegar a cambiar de esa forma? ¿En qué nos equivocamos? Y ¿En qué momento fue, que no me di ni cuenta?

Creo que no hubo momento, que fue poco a poco. ¿Paulatinamente se dice? Creo que sí. Que se dice así, pero como una lleva tanto tiempo sin tocar una pluma como se suele decir,- nada más que las de los canarios, cuando limpio la jaula- pues ya pierde una hasta lo aprendido en el colegio, pues el instituto, no es que no lo llegase a pisar, pero fue eso, pisarlo,- hollarlo creo que quedaría más literario, pero en fin, ¡qué más da, si solamente voy a leer yo esto!- presentarme, como todos, y ni llegué a terminar el primer curso.

Primero, que la madre se queda embarazada; y como una era la única hija, pues, ¡hala! a dejar de estudiar, porque el embarazo la sienta mal y no puede hacer nada de la casa. Ni cuidar a los pequeños. Que hasta la sentaba mal que jugasen a su lado. La levantaban dolor de cabeza, decía. ¡Toma! ¿Y a mí? No solo dolor de cabeza, que hasta me levantaban las faldas y ella decía que: “-Son niños, lo hacen jugando. No tienen malicia, mujer” No, si no tendrían malicia, pero a mí me daba rabia. Me ponía de mala leche.

Claro que por no recriminarles, le vino una multa del ayuntamiento, por ese motivo. Porque le vino bien a Pablito: le “venía de mano”, como él dijo, la hija del alcalde por la acera, con una minifalda, -que dicho sea de paso, la niña las llevaba con “menos tela, que un traje de Tarzán de cuatro pelas”- que según meneaba el pompis se le veía, ya casi, la partida de nacimiento y, “ no pude resistir la tentación”, nos dijo.

Claro que, también, mira que fue tonto: la madre pagó porque él quiso verle las bragas a una chica que después fue su novia y su mujer, cuando si hubiese sabido tener la mano quieta, y hubiese sabido esperar, le hubiese salido gratis verlas, como a todos les sale, que mira que te dan la lata con que, “si nada más quiero verlas”,” que no te toco, de verdad”, “mira, me pongo las manos a la espalda y tú me las enseñas”. ¡Que esa es otra! Tú ya estás cansada de hacer lo mismo y él con las manos quietas. No si, unos tanto, con mano larga, y otros tan poco, con mano tonta. Y tú te dices: ¡pero cuándo se va a decidir el alelao este!

A lo que iba. Lo segundo, la segunda causa por la que dejé el instituto, fue que la que se quedó embarazada fui yo. Y es que, a Arturo, se le debió de despertar la mano, o se cansó de ver solamente, y se lanzó. ¡Oye! ¡Que, qué ímpetu! ¡Qué rapidez en quitarse lo que le estorbaba para hacer lo que tenía que haber hecho ya hace tiempo! Ahora que, como una no es de piedra y ya me estaba cansando la situación de exhibidora, -¿O se dice exhibicionista?. Bueno, es igual: que ya estaba harta de enseñar y no ver, y en cuanto vi “aquello” y con las ansias que se me vino encima, lo recibí sobre mí para aplacar tantas ansias reprimidas, igualitas a las de él, y sin las prendas que estorbaban la labor a realizar, pues en eso de quitárselas, siempre he sido más rápida que él, una vez decidida a hacerlo, o quizás, que soy más mañosa que él, que todo hay que decirlo, o aclararlo, pues no se vaya a creer nadie, que es que era ligera de cascos, o de ropa, no, no, ni mucho menos.
Bueno, vamos a ello.

Día primero.

Hoy, he vuelto a comer sola. Aunque para ser sincera, esto no es totalmente cierto. Tengo a mi lado a mi perrita. Mi fiel y amada amiga, casi hermana, por no decir casi una hija, que lo mismo se enfada, se molesta por compararla así, que come conmigo todos los días. No en el mismo plato, pero sí de lo que yo como, pues la doy algo de mi comida y se pone más contenta que unas castañuelas en manos de Antonio Gades.
También me acompaña alguno de los gatos, otros están dentro de casa, pues están más frescos que aquí en el porche, que aunque me haya puesto el ventilador junto a mí, y esté a la sombra del emparrado, para ellos hace calor y como son “más suyos” van a su aire. Otros estarán de farra por ahí, pues se van de casa, andan por todo el barrio, y se tiran varios días sin aparecer. La gata cuando está mucho tiempo fuera, después viene y no se va, hasta que no te deja otra camada, después que los cría y se valen por sí solos, vuelta al barrio y a empezar de nuevo.

Podría haber preparado la mesa del comedor, pues en la cocina hace mucho calor y no hay quien pare dentro, pero para mí sola, con todo lo que tiene encima y por no ponerme a colocarlo en su sitio..., como que no, me da una pereza...

¡Además! ¿Para qué voy a colocarlo yo? Que ya se lo vengo diciendo hace tiempo, tanto a él, como a mis hijas: que no pongan tantas cosas encima de la mesa, que las dejen en su sitio, ya que el trabajo sería el mismo, o que después las coloquen en sus respectivas habitaciones o lugares de cada cosa. Pero nada, como el que oye y ve llover, ni caso. Por un oído me entra y por el otro me sale. ¡Y ya estoy harta!

Ya me harté hace tiempo. Comencé por no recogerlas las habitaciones cuando limpiaba la casa. ¡Oye, que parecía que habían entrado ladrones, mira tú! Había más calzado y ropa tirada por el suelo y sobre las camas, que dentro de los armarios. Los cajones abiertos, y las puertas, y las ropas colgando de ellos. ¡Ya está bien! ¡Recoger las habitaciones ahora mismo! ¿Pero cómo podéis dormir ahí, de esa forma? Nada, seguían oyendo llover. Entonces, tomé la determinación de no hacerlo yo. Cuando tengan que acostarse, ya recogerán y colocarán. ¡Já!
Duermen el los sofás del salón, dicen que, es que se quedan “viendo la tele”, pero no creo que con los ojos cerrados se llegue a ver nada, o se van a dormir a casa de alguna amiga o la de algún amigo.

Yo pensaba que lo harían porque sus amigos serían más ordenados que ellos y por eso se quedaban en sus casas, pero no, pues hablando con otras madres, resulta que están tan desesperadas, cabreadas y hartas como yo y tomaron la determinación que yo tomé; no recoger nada.

Hablando con ellas, llegamos a la siguiente conclusión: cuando recogen la ropa, las habitaciones, es porque algún amigo va a dormir a su casa esa noche. Tras lo cual, piensas: ¿Por qué no vendrán más a menudo los amigos a dormir a casa? Incluso, agradecerías que se quedasen a cenar, con tal de ver recogidas las habitaciones, pues aunque me dieran más trabajo en la cocina, este sería más liviano, pues donde comemos cinco comen seis, o siete, y ni se nota. Y lo más importante para mí; no comería sola tantas veces.

Bueno, ya está bien por hoy. Mañana continuaré, ya he escrito bastante. ¡Hay que ver qué gustillo se le toma a esto!

Cerró el librito y se quedó mirando a su amiguita. La perra la miró, ladeó la cabeza y levantó las orejas, al tiempo que con el rabo barría las hojas secas que había en el suelo, al rededor suyo. Se aupó hasta el brazo de la butaca, apoyando sus patas delanteras y lamió la mano de ella.

Ella siguió mirando el vacío que había dejado el animalito, como si viese más allá de las baldosas de gres, como si traspasase el suelo, como si su vista buscase el fondo de una sima inexistente.


AdripOZUELO
Villamanta, 2 de Agosto de 2008

jueves, 17 de julio de 2008

FELIZ VERANO A TODOS

Fórmula V - Vacaciones de verano


Fórmula V - Eva María

Lo que puedes hacer, es lo que hace Eva: ve de vacaciones, a la playa o donde quieras, pero ve.
Yo, a Argentina. ¡¡¡Yajuuuuuuuuuuuu!!!

LA GRAN TENTACIÓN

Cada día se me hacía menos llevadero el pasar ante ella y no tocarla. ¡Estaba tan tentadora! Con esa redondez. Con esa piel tan brillante. ¡Con lo maciza que se la veía! Tenía que ser mía. No podía ser de otra forma, pues aquello me mortificaba desde que la vi por primera vez y eso que aun era muy pequeña, como para hacer algo con ella; al menos provechoso.
Mirando su exterior, cual vestimenta a rayas verdes y amarillas, pensaba en su sonrosado, ¿o sería rojo? interior y me decía, me repetía, un día tras otro: ¡Tiene que ser mía, a esa la tengo que hincar yo el diente! ¡Vaya que sí, que la muerdo! Pues estaba para comérsela. ¡Y de una sola sentada! Sabía, que podía hacerlo.
Aquella noche me decidí y fui a por ella. Tras mirar a uno y otro lado, me aseguré que no había nadie y que desde la casa no me verían. Me acerqué a ella y sin algún rubor la palpé bien su piel, comprobando en aquél embriagador azote lo mazizorra que estaba, lo a punto que estaba y me pareció que me decía, que me pedía con anhelo: ¡tómame, tómame!
Así lo hice. Sin ningún miramiento. Acuciado por las ansias de poseerla, la palpé toda su redondez para poder tomarla de la mejor postura posible, para no hacerme daño en la cintura. Tiré de ella hacia mí con decisión y noté su dureza en lo alto de mis piernas. Colocándomela bien por debajo de mi vientre y toda vez que, ¡ya era mía! salí por piernas de allí, no fuera a ser que el señor Mariano me pillase tomando el preciado fruto de su huerto, ya que desde que era bien pequeña yo le veía con el cariño que la cuidaba.
Cuando salí andando de allí, el abultamiento que llevaba bajo el delantal, me oprimía de tal forma el bajo vientre, que se me hacía difícil poder andar, al tiempo que sentía su peso enorme en mis manos, las cuales llevaba con los dedos entrelazados para poder aguantarla y que no se me reventase en el suelo.
Cuando llegué a casa ya no quedaba nadie levantado, todos dormían a pierna suelta, pues algún ronquido que otro se oía. Coloqué sobre la mesa, con sumo cuidado, con delicadeza, mi preciada prenda, me quité el delantal a rayas verdes y negras y me dirigí con decisión a la cocina. Volví con el largo cuchillo en mi mano y me senté frente a ella. Sujetándola con mi mano izquierda, la asesté un tajo en el centro y abrió sola. Había acertado; estaba madura. Me partí una buena lonja y me dispuse a degustarla.
¡Estaba divina! Como bien pensé, era roja por dentro.

AdriPozuelo
Villamanta, 12 de Julio de 2008

Al ombligo del mundo

Cual aguerrido guerrero,
se cree, con larga pluma,
y no en sombrero,
alba hoja como llena luna,
sin su carga en tintero,
que cumple así, una a una,
con trazo negro,
y no por así más certero,
su deseo,
su ilusoria misión,
e irradiando inquina,
dice a otro como poseedor.

Sus armas, esas siendo
y no calandria de cañón,
no usa boca al disparo
ni hace de su lengua
cual vil disparador,
hace uso , por contrario,
subrepticio comentario
y desde recoleta intención,
bautiza de chabacano
a quien no confesa,
de antemano,
de su misma condición.

Aunque leas sus palabras
cual hiriente munición,
no hagas caso a mediodías
habiendo enteros mejor,
sigue viendo huéspedes
donde invitados ni son,
metiendo baza en todo,
pues no hay desatino mayor
creer ser ombligo del mundo,
siendo su pelusa empelotada,
y por tal empelotarse,
embute pata hasta el corvejón.

AdriPozuelo
12 de Julio de 2008

En vista de la reacción que suscitó en cierta persona, mi relato de aquí abajo, en cierto sitio "blanco", se me ocurrió contestarle con esto de más arriba.
Es de los que creen que si escribimos esas cosas ahora, lo hacemos con odio y en cambio, es de la misma opinión, y condición, de los que lo hicieron, pensaron y obraron así (con odio hacia los "infieles") durante tantos años que duró en esta España de todos, -la cual creían que era solamente suya- la "cruzada" de la dictadura; de los que se creen salvadores de todos aquellos que se creían libres y votaron por una democracia, la cual vinieron a deshacer porque no les gustaba, e implantaron una dictadura por las armas, pasando por ellas a aquél que se les antojaba, porque no participaba, y practicaba, de sus ideas, siendo políticamente, y potencialmente, molesto para el "nuevo" -¡qué ironía!- régimen.¡Y todavía se creen salvadores! y encima; del "o pus" ( está bien puesto, pues son como un grano enquistado, presto a estallar, henchido de ella)
Por algo será, que no les gusta La Memoria Histórica.
Pero la memoria existe y no es malo recordar. Lo malo, es levantar de nuevo banderas por cualquier cosa y ver "huéspedes" en todas partes.

AdriPozuelo

JUSTICIA MORAL

Apenas habían transcurrido dos años, desde que, al final de la guerra, sus padres se habían casado “por la vicaría”. Dos meses antes, habiendo transcurrido cuatro desde el final de la contienda, habían recibido en la granja la visita del Melquíades, el alcalde y don Genaro, el párroco.
Aquella calurosa mañana del mes de julio, desde la posición en que se encontraba, oyó como aquellos dos hombres, sudorosos y fatigados, llegados a pie desde el pueblo, daban a sus padres el consejo, pues no la orden, como así se lo hicieron notar, para contraer matrimonio canónico y así legalizar su situación ante el nuevo régimen político de La Nación, ya que el civil, contraído durante La República, no era valido ni legal para el nuevo gobierno.
Por razones que entonces no comprendía, no pudo asistir al evento, pues tenía que permanecer en aquella posición, la cual ya le iba resultando artera.
Desde su posición, recordaba aquella mañana de Octubre, en que estando en la leñera, su escondrijo y refugio durante tres largos años, el cual, incomprensiblemente para él, abandonaba en contadas ocasiones y cuando lo hacía era para acercarse a la casa, siendo todo lo más lejos que había llegado, oyó el runrún del motor de un vehículo que se acercaba a la granja y el crujir de la gravilla del camino, bajo los neumáticos en su rodadura sobre el camino.
Al poco, distinguió un coche negro, largo, brillante, de tal limpieza, que al traspasar por el portón al recinto de la casa, éste se reflejaba en su lateral cual espejo móvil. Vio como dirigiéndose hacia su posición, se abrían sus puertas sin haberse detenido aun, lo que hacía al punto, apenas a cuatro metros de la trampilla, debajo de la cual se encontraba.
En el instante de detenerse el vehículo, se posaban en el suelo cuatro zapatos negros, bien lustrosos, que habían aparecido por debajo de las portezuelas al abrirse y que hasta ese momento habían permanecido suspendidos en el aire, calzando sendos pies, enfundados en calcetines negros, los cuales pendían saliendo por debajo de unas boquillas de pantalones de color gris.
Como impulsados por un único resorte, aparecieron cuatro hombres del interior del vehículo y al unísono quedaron de pie junto a él, quietos, con aire marcial. Los cuatro vestían de idéntica guisa: pantalón gris, camisa azul oscuro, boina roja, cinto ancho de cuero negro y gran hebilla plana. Portaban sobre sus narices sendas gafas con cristales oscuros, como si quisieran protegerse de los rayos ultravioleta, de un sol inexistente en aquella mañana de primeros de Octubre. De sus cintos pendían unas pistoleras de cuero negro, vacías, pues su mortal contenido lo manejaban en ristre cada uno de aquellos cuatro hombres, jinetes del Apocalipsis, endémicos de la posguerra.
Uno de ellos, el más viejo, al menos a él así le pareció, aunque no llegara a serlo, enteco, “tostao”, nariz aguileña, bigote ancho y corto por debajo de ésta, echó la mirada hacia su lado izquierdo, divisando a su padre que en ese momento salía de la casa. Diciendo un ¡vamos! tajante a sus acompañantes, se dirigió hacia él, con el brazo estirado y empuñando la pistola, la que enfrentaba directamente a su cabeza.
En ese momento, y desde su posición, idónea como para no perderse detalle, se dio cuenta del gran tatuaje que tenía aquel hombre; grabado en su antebrazo derecho, se distinguían un ubio y un haz de flechas.
-¡Eh, tú, rojo de mierda! ¿Creías que podrías darnos esquinazo toda tu puta vida? ¡Aquí terminan tus días, asqueroso mamón! Dicho y hecho. Terminó con sus días. Le dio pasaporte a la eternidad, la cual no se merecía. Ni tan siquiera eso, según sus mismas palabras, como él logró oír al asesino de su padre.
Quedó, contraído, asombrado, arrugado, bajo la trampilla de madera que le ocultaba a la vista de aquellos individuos, en la misma posición donde se encontraba, sin poder mover un solo músculo de su pequeño cuerpo, con la boca desmesuradamente abierta y los ojos desorbitados, por el terror, el temor y el espanto que le provocó tal escena, la cual, no había llegado al acto final aun.
Oyó y vio, a su madre como salía gritando y llorando, de la casa, seguramente alertada por las voces y los disparos que acababan de cercenar la vida de su hombre, padre de su hijo de 10 años y futuro padre del hijo que llevaba en sus entrañas desde hacía 6 meses.
Al ver a los cuatro individuos pistola en ristre y a su marido en el suelo con la cara destrozada por las balas disparadas a bocajarro, por cuyas heridas manaba su sangre, tiñendo la arenisca de rojo, comprendió lo que había pasado. Lo que allí acababa de ocurrir, era lo que ella venía vaticinando que podría suceder cualquier día, tras hacer caso a aquellos dos hombres que les aconsejaron, ¡que no ordenaron! que “debían contraer matrimonio cristiano”.
Desde su posición, harto incómoda por momentos, oyó como su madre, llorando y a voz en grito, se dirigía a aquellos pistoleros, con saña, con ira y valentía a un mismo tiempo.
-¡Fantoches! ¡Asesinos! ¡Cobardes! Y como en tono irónico, proseguía: ¡Qué valientes que sois, en grupo, y con un arma en la mano! Tras de lo cual, les escupía a sus pies. Vio como su madre se agachaba y se abrazaba al cuerpo inerte de su padre y como el del tatuaje bajaba su brazo empuñando la pistola, apuntando a la espalda de su desesperada madre, terminando de vaciar de balas el cargador, como así se lo decían los varios clic que salían del arma, pues aquél energúmeno seguía disparándola.
-¡Dos cerdos comunistas menos! ¡Camaradas, terminen y vayámonos de aquí!¡El deber nos llama en otros sitios!
Por primera vez, uno de los flechas habló, pues hasta ese momento habían permanecido en silencio sus bocas, no habiendo producido otros ruidos que los que provocaron las suelas de sus zapatos con el crujir del disgregado suelo y el que hicieran sus pistolas al dispararlas sobre los dos cuerpos que, abrazando la mujer al hombre, quedaban en el suelo, sobre una gran mancha viscosa de sangre.
-¡Marqués! ¿Y al crío, no le damos matarile?
-¡Ya oísteis al Melquíades! Ese debe de andar aun por las rusias, que es donde toda esta chusma bolchevique mandó a todos sus cachorros.
Desde su posición, veía, y creía oír, al marqués, pronunciar aquellas palabras.
Desde su posición, la de este lado de la mesa, sentado en el sillón de madera, con asiento y respaldo de cuero negro, perteneciente al jefe local de movimiento en cuyo despacho se encontraba, veía en la posición que estaba, al otro lado de la mesa, a un marqués 25 años después, misma vestimenta, mismas gafas, mismo bigote hitleriano y mismo, para él, asqueroso y repugnante tatuaje. Único cambio, debido al paso de los años, las ligeras arrugas que surcaban su frente y los dos surcos que verticalmente encuadraban su boca, acentuando aun más, si cabe, su rictus de mala leche.
Desde su posición ganada a pulso, con tesón, con valentía, producto de aquellas ganas febriles de hacer justicia, la cual les había prometido a sus padres que haría, ante ellos, en aquella granja y que a medida que fue creciendo supo que podía usar la misma justicia que “ellos” hacían gala de usar y con igual impunidad de la que “ellos” parecían poseer.
El marqués le relataba, cosa que él bien sabía, como había ido atando cabos, relacionando las muertes de aquellas personas, con hechos y lugares, habiendo llegado a la conclusión de quién era el jefe local; cual era su verdadera identidad. Tras notar, o suponer, que había algo raro en la muerte del Melquíades, al haberse despeñado inexplicablemente con su flamante FIAT; al no estar muy claras las circunstancias en que la lámpara de bronce, que habiendo estado durante siglos suspendida sobre el altar de la parroquia, se le vino encima a don Genaro; al ver algo más que simples accidentes ocurridos a los jefes de centuria, antaño flechas, donde a uno se le dispara un arma cuando procedía a su limpieza; al otro se le cae de las manos, mire qué casualidad, si nunca usaba ese tipo de maquinilla, pues eso era “ de maricones” según él decía, su Phillips a estrenar dentro de la bañera, cuando se bañaba y se afeitaba y estando llena de agua; al otro lo arroya un vehículo al cruzar La Castellana en Madrid, dándose a la fuga el conductor, encontrándose el coche abandonado cerca de Atocha y habiendo sido robado tres días antes en Bayona, ¡que siga mirando que casualidad, hombre! Había llegado por fin a la convicción, de que él era el causante de todo aquello.
Por todo ello y porque sabía que él sería el próximo “accidentado”, lo que había logrado evitar, le conminaba a entregar su arma, pues una vez descubierto , no tenía nada que hacer y si no lo mataba ahí mismo, es porque hubiera sido demasiado evidente y ahora no estaban las cosas como antaño. El tenía pensado morir de muerte natural y debía ser honrado con todos los honores inherentes a su rango.
Desde su posición, se dispuso a abrir el cajón central de su mesa. Lentamente, como el marqués le había ordenado que así efectuase todos sus movimientos, extendió un brazo, llevando su mano abierta, los dedos separados y el índice curvado, dispuesto a coger la anilla que le servía de tirador, en tanto que se miraban fijamente, clavándose la mirada mutuamente, con la recíproca intención de no perder detalle de ninguno de sus movimientos.
Estando su mano próxima al tirador y aun visible por el marqués, salieron tres balas por el frontal de la mesa, en dirección al tórax del aristócrata camisa vieja. No dijo nada. No le dio tiempo. Solamente, y antes de que la vida le abandonase, pudo lograr hacer funcionar los músculos faciales para abrir la boca y los ojos desmesuradamente, en un gesto de incredulidad y asombro.
En tanto que él, desde su situación, la de victoria, la de triunfo tantos años esperado y estudiado tan metódicamente; desde su posición, la de este lado de la mesa, la de verdugo ajusticiando, la de hijo vengando la muerte de sus padres, la de asesino que se vale de la misma impunidad de la que se valían “ellos” para cometer asesinatos, inclinándose hacia el marqués y en lo que le quedaba un halo de vida, la cual comenzaba a derramársele por la boca a cada estertor de sus pulmones, le dijo pausadamente, clavándole la mirada en sus ojos:
-¡Tenías que haber sabido también, que mi título de ingeniero y de camisa nueva, no es honorífico como el tuyo, mamón!

AdriPozuelo
Villamanta, 9 de Julio de 2008

domingo, 8 de junio de 2008

Chelsea Hotel - LEONERD COHEN

Aquí dejo estos vídeos con imágenes, músicas y canciones, de este "gran muchachote" canadiense, que en tantos y tantos kilómetros de carretera me acompañó hace ya unos cuantos añitos, al igual que Janis. Espero que os guste a quien lo escuchéis, como a mí me gusta, que precisamente por eso lo pongo, claro está.
El primero se lo dedica él mismo a Janis Joplin, una chica que cantaba muy bien, ¡qué digo bien, cojonudamente! y que murió, al parecer de sobre dosis, sola, en un hotel, con toda una vida por delante, pero truncada, como tantas otras, por la droga.

Yo, personalmente, se lo dedico a tres mujeres escepcionales y queridas por mí, por diferentes motivos, o razones, y de peso, una de otras. ¡Y digo bien,una de otras!
Cris, María José y Maruxiña.


So Long, Marianne - LEONARD COHEN

DOS AMORES A LA VEZ

El coche emergió de entre las sombras de la carretera, cubierta por las frondosas ramas de los árboles que la bordeaban. Desde hacía unos minutos y desde kilómetros atrás, no veía más que gruesos troncos con gruesas franjas blancas, a una misma altura del suelo en todos ellos, así como verde y enmarañado follaje que crecía junto a los mismos.
El paisaje que se extendía a partir de estos, extensos campos amarillos debido a la acción agostera de los rayos solares, los veía a intervalos, a través de los pequeños huecos, espacios que dejaban sin cubrir los matorrales de tupido follaje y que crecían salvajes, a uno y otro lado de la carretera. Regados por sendos canales, convertidos en arroyos cubiertos, en su mayoría por zarzas de enredadas y espinosas ramas, crecían a libre albedrío, debido a la continua humedad y al abandono de su mantenimiento, tanto juncos como matojos y hierbajos, tanto en el talud de los arroyos como en las cunetas.
Al salir de entre las sombras, accedió al espacio blanco, refulgente, debido al Sol deslumbrante y que lucía desde el punto celeste de las tres de la tarde del mes de Agosto, cual foco ante los ojos del interrogado en una sala al efecto y que le impide ver cuanto le circunda.
Tras quedar unos metros a su espalda la caverna que formaban las sombras, la carretera formaba una curva hacia la derecha, comenzando a su salida una gran recta, al fondo de la cual se divisaba el pueblo. Por fin, el pueblo al cual regresaba tras haber salido de él hacía ya 38 años. Ausencia suficiente para que apenas recordase unos juegos en sus calles, junto a otros niños de edades similares a la suya. Tan pequeño era, que apenas se dibujaban en sus pensamientos sus rasgos, apenas recordaba sus caras.
Lo mismo le ocurría con las de los abuelos, que sentados en los poyos de piedra adosados a las fachadas de las casas, con sus boinas caladas, sus cayadas ante ellos, sobre el suelo, donde sustentaban sus manos, algunos también sus barbillas sobre estas, tomaban el Sol meditabundos, con la mirada en años pasados, al igual que sus pensamientos, seguramente.
A las abuelas, las recordaba igualmente sentadas, pero en sillas de palos torneados y pintadas de diversos dibujos y colores, en los asientos de espadaña, sus caras apergaminadas debido a la erosión del clima rural, tantos años soportado a la intemperie, puestas sus miradas sobre las puntadas que iban aplicando, unas a zurcidos de medias y calcetines, como de diversas prendas mayores, otras sobre los puntos de sus bordados que sujetaban en circulares bastidores y otras, las menos, la aplicaban sobre los mundillos, almohadillas donde iba quedando confeccionada una tira de encaje, con alfileres clavados a ella, de la que pendían los hilos que se enrollaban en los bolillos y que con maestras manos movían aquellas mujeres de un lado para otro, con tanta celeridad, que era imposible seguir la trayectoria de un hilo, ni saber cual bolillo soltaban o sujetaban entre sus dedos, de los cuales se desprendía una musiquilla de tintineo continuo.
Recordaba, como a todas les era característico el rictus que formaban sus bocas, llevando sus lenguas, a medio asomar por entre sus labios, de un lado a otro de la boca, al tiempo que llevaban de un lado a otro la aguja en las puntadas y el movimiento continuo de sus mandíbulas, en las tejedoras de los encajes, aparentando estar masticando. Eso, cuando no las daba por dar trabajo a la “sin hueso”, siendo esto los más común en aquellos corrillos y el escuchar el serial de turno en las galenas a todo volumen, ya que estas se quedaban dentro de las casas y había que oírlas desde la calle. El recordar esto, siempre le hacía esbozar una tierna sonrisa.
Ensimismado en sus recuerdos, llegó a la entrada del pueblo, deteniendo el vehículo junto a una abuelilla, ataviada con los típicos ropajes, como las que ocupaban sus recientes pensamientos. Parecíale, que no hubiese transcurrido el tiempo, que se encontraba en aquellos años de su niñez. Bajó el cristal de la ventanilla, al tiempo que la anciana se paraba junto a él y notó el calor infernal que hacía en el exterior, pues gracias al climatizador, no percibía el calor reinante de la calle. La mujer protegía su blanca y cérea piel, como pudo observar cuando se le acercó, con un pañuelo negro sobre la cabeza y que sobresalía de su frente, a modo de visera para protegerse del resolano.
Preguntó a la anciana por la dirección que su madre le había dado, al tiempo que le pedía que realizase este viaje, pues era su deseo, poco antes de morir, postrada en su lecho debido a grave enfermedad..
La anciana obvió la pregunta, dirigiéndose a él, con semblante alegre y feliz sonrisa, en tono familiar y cariñoso, como se recibe a un pariente o ser querido, tras largo tiempo sin verlo, sin saber nada de él. Lo llamó por su nombre de pila y al ver la sorpresa reflejada en su rostro, le explicó que lo conocía gracias a las fotos que de él la mandara su madre, durante todos estos años. Cosa que le dejó más perplejo aun, si cabe, que el haberle llamado por su nombre. Desconcertado, volvió a realizar la pregunta, añadiendo el nombre de la mujer que moraba en la casa
La anciana le mostró la dirección, advirtiéndole que no la encontraría allí, ya que tras larga enfermedad, había fallecido recientemente y tras larga e infructuosa espera de su llegada. Tras despedirse de él y quedarle con Dios y que El mismo le bendijera, se retiró del auto y siguió su camino, al parecer del mismo que él venía.
Arrancó, y se dirigió hacia donde la enigmática mujer le había indicado, dirigiendo sus ojos a los retrovisores, para observar a la anciana alejarse. Cual no sería su sorpresa, al comprobar que no había rastro de ella por el camino. Paró, se apeó y volviendo unos pasos hacia atrás, pudo comprobar que había desaparecido, pues extendió su vista a través del camino y los campos y ni rastro alguno de la mujer encontró.
Apesadumbrado, sintiendo extraña sensación, volvió a acomodarse frente al volante y se dirigió hacia el centro del pueblo, hacia donde la anciana le había indicado. Llegado ante la puerta de la casa, vio como varias mujeres entraban y salían de ella, portando utensilios de limpieza unas y otras distintos objetos caseros, así como bultos, atados de ropas.
Al tiempo que salía del coche, una de ellas se le acercó, saludándole efusivamente y casi en las mismas formas familiares que la anciana del camino, pero más apresurada, más inquieta e inquietante, de forma alocada y casi desesperante, para su carácter sereno y tranquilo. Le espetó: -¡Hijo, llegas tarde! -¡Dos días tarde! Volvió a repetirle a modo de explicación, debido al gesto de extrañeza que se dibujó en su semblante. Sin apenas darle tiempo a reaccionar, lo tomó por un brazo y tirando de él se dirigió a la casa llevándolo detrás, cual madre que tira de su hijo, el cual se resiste a entrar en la consulta del dentista.
-¡Ven, ven por aquí, hijo, pues hay cosas importantes que debes saber y a mí me ha tocado la penosa y difícil tarea de decírtelas! -¡La obligación dolorosa de enterarte de ellas!
La mujer lo llevó hasta una pequeña sala de la casa, la cual, según pudo comprobar al instante, adolecía de decoración, ya que la que había era escasa y rústica. Al tiempo se distinguían los cuadros de distintos marcos y tamaños, con fotos en blanco y negro, algunas con unos cuantos años ya encima y otras más recientes, pues había una cantidad excesiva de ellos, para una estancia tan pequeña
. Comprobó al instante, que en la mayoría de aquellos marcos se encontraban fotos de él, dejando constancia de las distintas etapas de su vida. Posó la vista sobre un marco dorado, el cual parecía presidir aquella colección, ya que se encontraba en el centro y por encima de todos, en una de las paredes. Asombrado se quedó mirando a la mujer que había en la fotografía y dijo: -¡Es ella! -¿Acaso ya lo sabías, hijo? -¿Ya la conocías? Le preguntó la mujer extrañada y presintiendo que su penosa obligación, no lo sería tanto. -¿Qué tenía que saber? Preguntó él a su vez y: -No, no la conocía, solo que la he visto hace un ratito a la entrada del pueblo y hemos estado hablando. Ella me indicó la dirección, para llegar a la casa. -¡Quita, hijo! -¡Eso es imposible! Ella murió hace dos días y ayer la dimos cristiana sepultura. Quedó desconcertado ante tal explicación y preguntó. -¿Pero quien era esta mujer, para que mi madre deseara con tanto interés que la visitase, ya que tenía algo muy importante para mí? ¿Y cómo es posible que yo me encontrase con ella, llevando dos días fallecida? –A lo segundo, no puedo darte respuesta, hijo, pero a lo primero sí.. –Esta mujer, era tu madre. Antes de que la mujer se lo comunicase ya lo intuía, había ido atando cabos y se esperaba esa respuesta.
Ante el desconcierto que reflejaba, la mujer quiso explicarle los motivos que habían llevado a su verdadera madre a actuar de la forma que lo hiciera en aquellos tiempos, como los motivos de su madre adoptiva para haberse hecho cargo de él y que se lo hubiesen ocultado durante tantos años.
La cortó de raíz en sus explicaciones y la dijo que no quería saber detalles ni motivos. Ya sabía de tantos casos parecidos, que él se había hecho ya cargo de las posibles circunstancias que motivaron a las dos familias para actuar así. Tanto más, cuando su verdadera madre, era viuda, como la mujer le informara, y tanto más, sabiendo la época en que ocurrió. Los años de la posguerra.
Compadeció a su madre, una de sus madres, y dio gracias a la otra por haberle salvado la vida, y quizás también la de la primera, por haberle dado todo lo que tenía. Por haberle amado, les dio gracias a las dos, pues en ese momento comprobó cuanto le habían querido.


AdriPozuelo

Villamanta, 6 de Junio de 2008

viernes, 6 de junio de 2008

PETRANILA

La pequeña Petranila se encaminó hacia la escalera, con intención decidida, silenciosa y sigilosamente, para subir hasta el dormitorio de sus padres y así poder avisarles de lo que estaba ocurriendo en la cocina.
A través del ojo de la cerradura había visto una escena, que aunque no poco habitual en la estancia, pues ya había visto varias con la cocinera y alguno de los hombres y muchachos que llevaban a casa las mercancías, ésta le pareció extraña en demasía, ya que le pareció ver el rojo de la sangre sobre las vestiduras de Grunilda, la cocinera, y sobre el rostro y las manos del hombre que estaba de rodillas ante ella, la cual se encontraba en el suelo tendida y quieta, muy quieta, para conforme se movía en las otras ocasiones y callada, silenciosa, sin expresión alguna.
Por más, que la situación se desarrollaba sobre las frías baldosas del piso y las otras se desarrollaban sobre la gran mesa de madera, usada para la preparación de masas para hornear, como el aliño de los alimentos, como para el trinchado de verduras y carnes al prepararlas para los guisos, sita en el centro de la cocina y en trayectoria idónea, para que ella lo hubiese podido observar a través del ojo de la cerradura, sin ser descubierta.
Y, por más aun, que la extrañase el hecho de no sentir los quejidos que Grunilda emitía cuando aquellos hombres estaban, en la mayoría de las ocasiones, sobre ella y quizás por eso se quejase, pues a su corto entender, comprendía cuan daño le haría en la espalda la dura madera y otros utensilios que quedaban ocultos con su cuerpo cuando se tendía.
Con estas cavilaciones y preocupada en extremo, llegó a las cercanías de la puerta del dormitorio y hasta ella llegaron unos sonidos similares a los que había oído proferir al hombre que quedaba en la cocina ante Grunilda. Estos sonidos se le hicieron más nítidos al acercarse a la puerta y arrimar su oreja a ella, escuchando que se trataba de gemidos y estertores, igualmente similares a los que su madre y su padre emitían cuando se encontraban en ciertas situaciones, que ella había podido ver y oír a través del ojo de la cerradura, de aquella misma puerta. En muchas ocasiones no había querido observar, pero la curiosidad, la preocupación que sintió la primera vez que lo oyó, pues creía que estarían sufriendo por alguna causa que ella no comprendía, debido a que sus padres se demostraban un gran cariño, la obligaba, aun sin querer, a observar por si podría ayudar en un momento dado que lo necesitasen.
Pegó su ojo derecho al orificio de la cerradura y lo que vio, la provocó un fuerte estremecimiento y un escalofrío que la recorrió todo su cuerpo, al tiempo que un grito se formaba en su garganta y que con la boca abierta desmesuradamente por el pánico que sentía, fue a salir al exterior, logrando evitarlo al poner sus manos instintivamente sobre ella, reacción producida por el sentido innato de conservación. Supo al instante que allí ocurría algo muy raro, muy extraño y peligroso, al tiempo que comprendió que sus padres, lo mismo que Grunilda, estaban muertos, tendidos en el suelo y con unos seres muy raros con figura humana ante ellos. Según estaban arrodillados de frente a ellos, vio como extraían del interior de sus vientres unos cordones largos, retorcidos y sangrantes, los cuales se llevaban a la boca, al tiempo que emitían lo que a ella le parecieron gruñidos más que gemidos, como en un principio creyó que serían. Aunque estos fuesen de satisfacción, pudo comprobar que se trataba de contrario significado al que producían, tanto sus padres como Grunilda.
Al instante comprendió las veladas palabras que llegaron a sus oídos, cuando el día anterior oyó al jefe de policía hablando con sus padres, sobre algo parecido a ciertos monstruos que al parecer, y esto no llegó nítidamente a sus oídos, podría haber por la comarca, sembrando el pánico y el terror y dejando muerte y desolación a sus paso, desde y a donde no sabía nadie, ni de dónde hubiesen aparecido, ni dónde se dirigiesen.
De un salto, cual resorte retenido por trinquete se le da libertad de posición de nuevo y bajo sus pies se encontrase, se incorporó y echó a correr escaleras abajo.
Cuando llegó al salón, pensó en buscar algo cortante, algún instrumento con tan fino filo que pudiese cortar de un solo tajo los tubos flexibles que suministraban el gas a los quinqués adosados a las paredes. Se dirigió al estudio de su padre y volvió al salón con una catana en sus manos, aferrándola con fuerza con sus dedos.
De un solo tajo, fue cortando los tubos de cada uno de los tres quinqués y salió al exterior, encaminándose hacia la leñera. Una vez allí, busco yesca de la que usaba Rómulo para prender la caldera y tomó la caja de los fósforos. Volvió de nuevo a la casa y embozándose con la chaqueta de punto, se dirigió al despacho de su padre. Cerró la puerta tras de sí, prendió un fósforo y lo aplicó a la yesca, la cual salió ardiendo al instante. Con la yesca en una mano y el tirador de la puerta en la otra, se preparó. Era consciente de que tenía que actuar rápido, si no quería sucumbir abrasada. Abrió rápidamente la puerta, lanzó al salón la antorcha en que se había trasformado la yesca y cerró de nuevo. Se dirigió a uno de los estantes de la librería y tiró hacia sí de uno de los tomos, en cuyo lomo se leía: “Manual de primeros auxilios. Los mil y uno remedios caseros”. El libro tan solo rotó por la parte inferior del lomo, sin llegar a salirse de su sitio y al punto se abría una trampilla de hormigón, que a simple vista no hubiera localizado en el suelo ni “el más concienzudo investigador, por muy detallista que este fuera”. Como su padre le decía cada vez que abría y le mostraba el búnker, “por si vienen mal dadas y algún día lo necesitamos. Comenzó a bajar los escalones y se encendió automáticamente la luz. Al llegar abajo, la trampilla comenzó a cerrarse y al punto comenzaron a funcionar los extractores e impulsores de aire.
Se sentó dejándose caer al suelo y lloró amargamente, al tiempo que pedía perdón a sus padres y a Grunilda, por lo que acababa de hacer.

AdriPozuelo

Villamanta, Mayo de 2008

viernes, 30 de mayo de 2008

Los Puntos-Cuando salga la luna



Sigo con estos "chiquitos" de los 70, ya que se los he descubierto a mi Maruxiña, para que los conozca un poco más. Va dedicada para ti, a miña nena y para mi Cris.

jueves, 29 de mayo de 2008

Lone Star- Mi calle



Un grupo roquero de los 70, que nos hizo mover el esqueleto a unos cuantos, sobre todo amantes del rock&roll. No es su mejor canción, pero sí una de las emblemáticas del grupo. Espero que os guste y os traiga gratos recuerdos como amí, que por ese motivo la he traído a mi blog.

Llorando por Granada-Los Puntos



Grandes y gratos recuerdos, los que me traen estos chicos: Los Puntos. con un gran éxito suyo del año 1974. ¡"Ahí es ná"! ¡Anda que no ha llovido desde entonces! Y si te pilla con 24 tacos de nada, con unas ganas locas de visitar La Alhambra, a consecuencia de haber oído hablar tanto de su belleza, haber visto infinidad de fotos, como algún reportaje, y haber leído tanto sobre ella, pues te embelesas oyendo esta maravilla de canción, pensando en cuando podrás visitarla; lo cual hice muchos años después, en una primera visita, acompañando a mi hijo cuando estuvo por allí, rodando la serie de "Requiem por Granada", interpretando el personaje de Boabdil El Chico junto a Javier Escrivá, como su abuelo ciego, para TVE. Como entonces no se podía visitar, me quedé con las ganas de verla por dentro, pues por fuera si la vimos, ya que tampoco pudieron grabar dentro y se tomaron los exteriores. Tuvieron que pasar otros cuantos años, para poder verla en la segunda visita que hice, de lo cual hace apenas 14 años. Más vale tarde que nunca, ¿no están de acuerdo? Al menos una vez en la vida hay que visitarla y quizás no exagero si digo que: si no se ha estado en La Alhambra, no ha visto, ni sabrá, lo que es belleza y sentimiento por lo bello. ¡Y no soy granaíno, que conste! Soy amante de lo bello y español.

RECUERDOS DE LA ALHAMBRA-Narciso Yepes



Buena música, nostálgica e interpretada por un gran músico. Inventor o creador, por más señas del instrumento que toca: la guitarra de 12 cuerdas.

jueves, 1 de mayo de 2008

Engelbert Humperdinck - The Last Waltz



Maruxiña, mi niña, esta te la dedico a ti y a todos tus amigos, de la basca o no, con todo mi cariño.
Besos x 1000 para todos.

Engelbert Humperdinck - Spanish eyes



Esta bellísima melodía va dedicada en exclusiva, a una persona muy querida y muy admirada por mí, y que, de momento, solo podemos estar juntos a través de la red, pues está en Argentina y yo en España, su España; Cris, va para ti.
Un billón de besos.

Mark Knopfler & Tom Jones - Feel Like Going Home



Y esto ya, como para mear y no echar gota por la impresión, chavaletas y chavaletes, nada menos que el monstruo, Tom Jones con Mark Knopfler.

Tom Jones - I'll never fall in love



Aquí os dejo esta bella canción cantada por un chavalete inglés, de mi quinta más o menos, y que tras ejercer como albañil, además, creo, que de otras cosas, triunfó sobre los escenarios en el mundo de la canción, más y mejor que con las paletas y cementos sobre los andamios.

domingo, 13 de abril de 2008

Naturaleza, bella naturaleza. Monte de encinas. Casa de labor, o caserío en medio del monte. Y de fondo: la Sierra de gredos; desde la Cañada Real.





DÍA DE REYES, VIDA DE POBRES MORTALES

Era lo último que echaba al carrito de la compra. Antes de depositarlo en él oyó la canción grabada por sus hijas en el móvil que le advertía de una llamada. Al abrir la tapa vio que era su madre y la contestó con el tono y la pregunta como solía contestarla. –Hola madre, ¿qué hay? Ella le contestó, pero su voz no sonaba como siempre y su tono tampoco. La voz sonaba como estropajosa, como cuando se tiene la boca seca, como anestesiada por haberla extraído una pieza dental o cuando se tienen los labios inflamados por cualquier causa. El tono era apagado, tranquilo, como si denotase resignación por alguna situación irremediable y a pesar de que ella cuando hablaba con él por teléfono lo hacía tranquila y pausadamente, notó que algo raro, algo anómalo sucedía por todos esos añadidos a su voz tranquila. -Hijo, ¿dónde estás? -En Navalcarnero comprando, ¿pasa algo? –Ven en cuanto puedas que me he caído hace una hora y he llegado ahora al teléfono a rastras y no puedo levantarme. –¿Pero estás muy mal? ¿Qué te pasa, tienes algo roto? ¿Te has herido? ¿Llamo a una ambulancia en lo que voy para allá? –No, no hace falta. Solo me he roto un diente. -Vale, tranquila, voy enseguida. Llamaré a Selene –era su hija pequeña, aunque ya tenía 15 años- para que baje y te ayude en lo que yo llego. Llamó a su hija para decirla lo que había y para que bajase a ayudar a su abuela en lo que él llegaba, pues ya había terminado de comprar. -Lo malo es que las llaves las tengo yo y no sé cómo vas a entrar. –Salto por la valla, como la puerta de casa siempre la tiene sin echar la llave no me hacen falta.

Tras advertirla que tuviese mucho cuidado y que si no podía llamara a la vecina para que la dejase una escalera, se encaminó hacia la caja. Pagó las compras que había realizado para la cena y la comida de la noche y el día de Reyes, ya que por la mañana no había podido realizarlas. Lo metió todo en el maletero del coche y bajó prudentemente todo lo rápido que la carretera admitía. Según conducía iba pensando. -¡Una hora! Si hubiese pasado por su casa antes de ir a comprar, la habría encontrado en el suelo y la hubiese ayudado. O ni siquiera eso, seguramente ni se habría llegado a caer si la hubiese echado una mano en lo fuese que estuviera haciendo. Pero, ¿Quien iba a pensar nada de esto para pasar antes de subir, si ya había pasado por la mañana para tomar nota de lo que quería? ¿Por qué no habría subido por la mañana a comprar ya que eran cosas necesarias para esta noche? Pues porque precisamente por el día que era, tuvo que hacer un sin fin de cosas ya que estaba solo en casa al estar todos trabajando. Por otro lado, la había dejado bien, como todos los días cuando pasaba por su casa, tuviese que llevarla algo o no, para ver que tal estaba y estar con ella un ratito de charla. Pero, ahora que lo pensaba, ya la había notado más nerviosa, más excitada de lo normal desde hacía unos días. Claro que en las fechas que estaban, aunque todos sus hijos la habían felicitado las Pascuas, era casi normal que estuviese así, puesto que su hijo mayor, quien no la hablaba debido a una tontería y posterior cabezonada que se alargaba ya 9 años, hacía poco que había vuelto a, digamos a hablarla, aunque no fuesen más que sonidos guturales los que salían por su garganta cada vez que decía simple y llanamente hola a su madre.

Los otros hijos la veían de vez en cuando últimamente, apenas desde hacía un año, pero cada vez que iban tocaban un tema que tanto a ella como a él los sacaba de quicio como decía la abuela; el maldito dinero de la herencia y el que iba a recibir por la muerte del menor a consecuencia del síndrome de la colza. ¡Y lo malo es que días antes de la Navidad habían vuelto a la carga con el tema! Se lo dijo a él esa noche, la Noche Buena, pues al verla preocupada la preguntó el motivo y aunque al principio no le dijo nada, al final habló del tema como ocurría siempre. Se lo dijo por el camino cuando iban de regreso a casa de ella después de cenar en casa de él, como hacía ya varios años, pues no quería ir a la casa de ningún otro de sus hijos, ni tan siquiera por esas fechas. Le decía que volvía peor que se había ido, “me vuelven tarumba” decía la pobre mujer. Metido de lleno en estas cavilaciones, llegó al patio de delante de la casa y tras bajar aceleradamente salió corriendo como pudo, acuciado por la incertidumbre del estado en que se encontraría su madre.

Legó a la casa y al entrar vio a su hija con la fregona en la mano recogiendo del suelo el rastro de sangre que había dejado su abuela desde el baño hasta la mesita donde tenía el teléfono en el salón y junto a la cual se encontraba sentada en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada en el sofá. Apenas habría 5 metros de distancia y había tardado una hora en recorrerlo. Claro que había tropezado a mitad de camino cuando se dirigía al baño, llegó hasta allí pero al no poder ponerse de pie, ni cogiéndose al lavabo, se volvió hacia el salón para llamarle por teléfono, como así se lo explicó ella unos instantes después, al preguntarla como había podido sucederla todo aquello.

Ayudado por su hija la levantaron y la sentaron en el sofá, ya que la nieta por mucho empeño que puso no pudo hacerlo ella sola debido al peso de su abuela. Cuando la hubieron sentado se fijó en su estado viendo que era lamentable. Tenía un diente roto, como ella ya le había dicho, los labios además de inflamados los tenía manchados de sangre, sangre que no dejaba de brotar por ellos al tiempo que se acumulaba con la que le venía a la boca procedente del estómago y que era el principal motivo por el que el suelo estuviese salpicado de cuajarones, al igual que la ropa que llevaba puesta. Interrogó de nuevo a su madre preguntándola qué era lo que había tomado de su medicación diaria y que no había tomado, pues si se había tomado el sintrón, más la medicación para la tensión arterial y la circulación sanguínea más el omeprazol como protector, no podía habérsele producido tal hemorragia.

La cuestión estaba clara. Debido a su estado de ánimo de los últimos días, el nerviosismo y las preocupaciones que la habían imbuido días atrás sus otros hijos, -aunque ya les había advertido que no la diesen “más la lata y lo que sea será a su tiempo”, según sus mismas palabras-. había dejado de tomar cierta medicación para sus dolores de cabeza y que sí podía tomar junto con el sintrón, al tiempo que se había suprimido por su cuenta el omeprazol, el cual la protegía el estómago, porque dijo que la producía ardores y las aspirinas que se había tomado no se lo producían y se encontraba mejor. Tras decirla que era todo lo contrario y cómo había podido hacer eso sin consultar al doctor como tenía advertido, respondió: -“Porque no sé ni lo que me hago estos días hijo, tengo la cabeza hecha un bombo y más pallá que pacá”. Se había tomado una medicación que la había producido dos úlceras en el estómago, como así les dijo a su hijo y a ella el cirujano de urgencias, tras realizarla una radiografía y una analítica de urgencia al ver en el estado tan lamentable que se encontraba al llegar al hospital.

Les dijeron que si la operaban sería a tumba abierta pues la situación se agravaba por causa del sintrón, ya que le licuaba la sangre y por la cantidad que había perdido de ella. Se le administrarían unas cuantas bolsas de sangre antes de operarla, -las cuales sumaron 14 en total- ya que el hematocrito estaba demasiado bajo como para intentarlo antes y después decidirían conjuntamente la enferma, los familiares y los cirujanos, si se podría llevar a cabo la operación, pero, que no había garantías de éxito. Se sopesó todo incluida su edad, pues con 89 años ya de por sí la operación se hacía peligrosa, lo débil que estaba, la urgencia de cerrar las úlceras pues seguían sangrando y no obstante a todo esto, se la preparó para quirófano antes de haberla administrado las dosis necesarias de sangre porque se “nos va”, según palabras del cirujano. La pobre mujer, que estaba y había estado consciente en todo momento y por tanto se la comentaba todo lo que la tenían que hacer, para su aprobación o denegación, pues así lo había pedido, lo oyó. Acto seguido la dijo el cirujano, -Abuela, hay que ir al quirófano antes de lo previsto, ¿dispuesta? Y la abuela le contestó: -Haber hijo, que sea lo que tenga que ser. Alguna vez tendré que morirme y ya he vivido bastante. Así que, cuando quiera doctor. Me pongo en sus manos y usted sabrá lo que hace.

Lo que hizo les quedó claro que lo hizo bien pues tras cinco horas le notificaron a la familia que ya estaba operada, se encontraba consciente y no sangraba. La habían llevado a la UCI pero el momento de gravedad persistía y no había que cantar victoria aún, pues debido al sintrón podrían no cicatrizar las heridas y todo lo que se había hecho no habría valido para nada, pues volvería a sangra y por más sitios que antes, aunque la estuviese administrando sangre ahora mismo y todo el tiempo que fuese necesario. Esto les dijo el cirujano en su despacho a los familiares y tras dejarles pasar a verla lo repitió ante la convaleciente, ya que así había sido su deseo; que en lo que estuviese consciente, si se iba a morir como si salía de esta, se lo comunicasen todo. Cuando se acercaron a su cama lo primero que hizo fue mirar a su hijo mayor y le dijo, -¡Hombre, has venido tú también! Y tras escuchar al doctor le dijo que él ya había hecho bastante y le dio las gracias. Habló muy poco con los familiares y lo poco que fue lo hizo como despedida, pues fueron las últimas palabras que dijo.

Esto era la mañana del día 6, día de Reyes y a primeras horas de la tarde el cirujano comunica a los familiares que vuelve a sangrar pero el operarla no serviría más que a lo sumo, siempre y cuando pudiesen ver donde cerrar, pues ya no se localizaban en un solo punto las úlceras, para alargarla el sufrimiento un poco tiempo más y que estaba en estado de semiinconsciencia. Por la noche entró en coma profundo y la madrugada del día 8 falleció, segundos después de que su hijo, sus dos piernas de repuesto como ella decía, hubiese pasado a verla, y casi sin saber dónde estaba, tras haber estado todo el día en la cama y en casa con fiebre que le sobrevino, sin explicación posible.

sábado, 12 de abril de 2008

El zurdo

Entraron en la habitación como dos enamorados. Ella pasaba su brazo derecho por la espalda de él, a la altura de su cintura, en tanto que de su mano izquierda colgaba un diminuto bolso blanco acharolado. Él, pasaba su brazo izquierdo sobre el hombro de ella y en su mano derecha pendían la llave y el rectángulo amarillo de cobre, el cual, tenía por objeto recordar a los clientes del hotel que habían de depositarla en recepción, antes de salir a la calle.

El hombre pasó su pie derecho al otro lado de la puerta cerrándola tras de sí, en tanto que el llavero lo depositaba sobre una hoja de cristal, puesta a tal efecto sobre el pequeño mueble del recibidor, sobre el cual pendía un espejo circular, el cual a su vez pendía de un cordón dorado que bajaba desde un camafeo de cobre sujeto a la pared, con no se veía qué. -Posiblemente esté pegado a la pared o clavado con una alcayata. Pensó el hombre al verlo, ya que una de las cosas que le mantenían en la brecha era fijarse en todo detalle, por nimio que fuese, allá donde iba o entraba.

Al pasar ante el espejo la mujer no pudo evitar la tentación de comprobar el estado de su peinado, así como el rojo carmín de sus labios, en la imagen que la devolvía el mismo. En parte la satisfizo, a pesar del carmín rojo vivo de sus labios, quizás un poco recargado para su gusto, al tiempo que pensaba que la ocasión así lo requería y el detalle quedaba sin importancia si lo comparaba con el sacrificio que estaba haciendo.
Llegados junto a la cama, el hombre se sentó en el borde y se dispuso a deshacer el nudo de los cordones de sus zapatos, en tanto que la mujer le pidió que la excusase, ya que tenía necesidad de ir al baño, al tiempo que dejaba sobre la mesilla de noche el diminuto y reluciente bolso. Según se encaminaba hacia el excusado, el hombre se fijó en su esbelto cuerpo, aunque ya lo había observado con detenimiento en la calle, pues era el tipo de mujer que le gustaba y con las que se relacionaba últimamente. Anteriormente, pocos meses antes, sus gustos cambiaron, ya que hasta entonces las prefería morenas, más rellenitas y con menos años. Observó sus largas y torneadas piernas cubiertas por medias de cristal, cómo saliendo de la parte baja de un vestido corto de seda blanco, llegaban hasta los zapatos de charol blanco con agudos tacones de aguja. Lo que le agradaba y le atraía en suma, eran sus caderas y su contoneo. Quizás algo afectado, pensó, pero no le dio más importancia, ya que ese tipo de mujeres actuaban así, se dijo. Observó cómo su rubio cabello despedía destellos dorados al pasar bajo la lámpara, debido al movimiento que hizo con la cabeza para volverse a mirarlo, como si hubiese intuido que era observada. Lo que pudo comprobar que así era y le obsequió con una gran sonrisa pícara, al tiempo que deslizaba su lengua de un lado a otro de sus labios.

Finalizada la tarea de descalzarse, colocó los calcetines estirados sobre los zapatos, dejando estos al otro lado de la mesilla. Comenzó a desvestirse y según iba quitando prendas de su cuerpo las iba dejando colocadas despacio, metódica y ceremoniosamente, con delicadeza como si temiera que se rompieran, o se arrugaran al menos, sobre el respaldo del sillón que se encontraba al otro lado de la mesilla junto a la cama.

En uno de esos movimientos su mano pasó cerca del bolso de la mujer y como era costumbre en él, lo registró, comprobando que no contenía nada que pudiera comprometer el momento. Tanto es así, que por no llevar, no llevaba ni su documento de identidad, ni alguna otra cosa que pudiese hacer posible su identificación. Tanto mejor, se dijo, ya que eso facilitaba aún más su supervivencia, al tiempo que pensaba que estas mujeres no solo eran de vida ligera, sino que eran ligeras de cabeza también.

Tras finalizar el hombre con la escrupulosa colocación de sus prendas, la mujer apareció desnuda tras abrir la puerta del baño y encaminándose hacia la cama se tumbó en ella boca arriba, comprobando que su imagen se reflejaba en un espejo colocado en el techo sobre la cama. Notó cierta sensación de vergüenza y pidió que no se le hubiese notado exteriormente, al tiempo que él se sentaba a su lado. Desde esa postura, de espaldas a ella, pudo comprobar la estupenda musculatura del hombre. Cosa que la extrañó por los años que aparentaba, aunque quizás no lo encontró tan raro, pues muchos de sus compañeros de gimnasio, y con más años aún, tenían semejantes musculaturas e incluso mejores. Claro que su profesión así lo requería se dijo.

Con la billetera abierta en sus manos, la preguntó casi afirmativamente. –Entonces, quinientos euros por toda la noche y completo, ¿no es así? A lo que ella le contestó afirmativamente. Le vio como hacía el movimiento para ponerse en pie y dejar el dinero sobre la mesilla, al tiempo que sin llegar a coger dicha postura, según seguía inclinado sobre el mueble, extendía su mano izquierda hacia el asiento del sillón y extraía de debajo de sus ropas, exquisitamente colocadas, un cuchillo de medianas proporciones y reluciente hoja. Con rápido movimiento de cintura y de brazo, asestó un tajo de delante hacia atrás, transversalmente sobre la almohada, donde una fracción de segundo antes se encontraba la garganta de la mujer que en ese instante rodaba de costado sobre la amplia cama y caía al suelo por el lado opuesto. El hombre dio un salto felino y se encaramó sobre el lecho, saltando de nuevo en pos de ella. La mujer le vio aparecer sobre ella y trató de seguir rodando para descabullirse del cuerpo que se le venía encima y así poder incorporarse para hacerle frente. En el momento que se incorporaba, estando con las manos y las rodillas en el suelo para darse impulso, recibió una brutal patada en su vientre. Aguantando el dolor como había aprendido a hacerlo, en cuestión de segundos pensó que con quien tenía que vérselas en esos momentos, no era un melindres demente, era un asesino concienzudo y peligroso ya que sabía luchar y dónde asestar los golpes, como comprobaba al instante, pues un nuevo puntapié la mordía el hígado en lo más profundo. Apretó de nuevo sus músculos abdominales y puso en tensión los de sus brazos y piernas al tiempo que recibía una patada certera en su pierna, notando y oyendo la rotura de la tibia. Según se daba la vuelta, ya en el aire, lanzó su pierna intacta contra la mano armada de su agresor, logrando de un puntapié que soltase el arma y cayese al suelo cerca de donde ella caía de espaldas. Aferró el cuchillo con su mano derecha, justo en el momento que el encolerizado agresor trataba de impedírselo de un puntapié y quedaba a horcajadas sobre ella, viendo cómo extendía su mano izquierda hacia arriba, hacia él, en ese instante, no pudiendo evitarlo, ya que en ese momento él caía y no podía retroceder a tiempo.

La pelea fue trepidante. La escena se desarrolló en un instante y vino a fastidiarle la que se prometía excitante como tantas otras que había presenciado con su catalejo desde donde se encontraba, en su habitación, al otro lado de la calle. En el preciso instante que vio lo que sucedía, llamó al 091 desde su móvil sin despegar el ojo de la lente, para no perder ripia de lo que allí sucedía.

Cuando entraron en la habitación, el comisario y varios números de la policía, lo que vieron les sobrecogió el estómago, por muy acostumbrados que estuviesen a ver todo tipo de carnicería humana.

La mujer, desnuda y ensangrentada, jadeante, dando bocanadas para tomar aire, ya que era evidente que la costaba respirar, yacía boca arriba en el suelo, sobre un charco de sangre, con un cuchillo en la mano derecha y aferrando con la izquierda una tajada, o masa informe de carne, al parecer perteneciente al hombre, que retorcido sobre la alfombra y empapada de su propia sangre, tenía las manos en la entrepierna, puestas a modo de tapón, intentando que no se le fuese por allí la vida, como lo que se le había ido ya. Entonces el comisario supo qué era lo que la mujer asía en su mano. Era su trofeo. Por otra parte merecidísimo, y que al parecer no había logrado conservar en su sitio aquél canalla, al igual que su vida, la cual se encontraba desparramada por el piso y la alfombra de la habitación.

Acercándose a la mujer, el comisario se agachó y quedó en cuclillas a su lado, al tiempo que ordenaba a sus hombres que llamasen al SUMA para que mandasen una UCI móvil urgentemente. Acercándose a ella la besó, notando el viscoso tacto de la sangre en sus labios y en un susurro cargado de ternura la preguntó:

-¿Te llegó a hacer algo, cariño? La mujer esbozó una amarga sonrisa y en un susurro imperceptible y pasando sus ojos de un lado a otro de su cuerpo, le respondió: -¿Tú qué crees? -¡Ah, sí, ya veo! Perdóname cariño, ya me entiendes ¿verdad? Ella le dedicó una sonrisa y cerró los ojos. Estaba molida. La tomó la mano y la susurró al oído: -Has sido muy valiente, ¿sabías que eres mi inspectora preferida? Ella hizo un ademán afirmativo, apenas perceptible y el concluyó: -Por eso me casé contigo. Te quiero. Y la besó.

sábado, 29 de marzo de 2008

ADIOS AL...


Cuando te conocí tenía, ¿trece, catorce años? No lo recuerdo con exactitud, pero en todo caso, joven e inmaduro para eso, sí lo era.

Eso, ese acto, ya se lo había visto realizar a muchos mayores, a mi padre, a mis tíos, a amigos de ellos, a vecinos, como a extraños en general y parecía bueno. Tanto es así, y por tal motivo, que quise probarlo yo también y me puse manos a la obra.

Al principio, la primera vez, no me supo muy bien que digamos. No le encontré el gustillo que veía a otros que le sacaban al acto de chupar “el pitorrín”, como lo llamaban algunos. No sabía dulce aquello, no estaba amargo tampoco y salado, ¿salado?, no, tampoco salado. ¿Qué raro sabor era aquél? ¿Cómo podían sacarle el gusto a esto? Sería cuestión de seguir intentándolo. Tras la primera vez, vino la segunda, eso es obvio, y hubo una tercera y una cuarta, así, hasta que le cogí el gustillo, el tranquillo.

Cuando la primera vez te tomé, y muy torpemente, entre mis dedos, parecías tan frágil, tan suave, tan liviano, que temí hacerte daño, romperte, o dañarte en el exterior y quedarme compuesto y sin novia, como quien dice. Sin probarlo, sin degustarlo, sin catarlo, sin sacarte el gustillo, vamos. El gustillo, que al parecer, - y según la expresión de satisfacción, de regusto en el chupar que se reflejaba en sus semblantes- sacaban otros, yo, por tanto, ¡no podía ser menos! No lo fui y te saqué toda la esencia, todo tu sabor, todo tu aroma embriagador, todo tu contenido, desde lo más profundo de ti, hasta el punto de llegar hasta el final apurándote al máximo.

Cuando terminaba con uno ya estaba pensando en el próximo. ¿Cuándo podría echar otro? En cuanto se presentara la ocasión. ¿Cómo haría para que nadie se enterase y no me vieran? Ya me las apañaría yo bien para que eso no sucediera, pues aparte de ser pecado, según me habían comido el coco, estaba reservado a los hombres, a los hechos y derechos y con pelos en el pecho. ¡Ya me crecerían, no te digo!

Al principio, digamos que tras cogerle el tranquillo y el gustillo, que yo diría el gustazo, y a los pocos días del primero, me fui aficionando y pasé de uno o dos al día, a cuatro, o quizás cinco, e incluso más. ¡Qué barbaridad! ¡Qué brutalidad! A esa temprana edad y echando más de cinco al día. Pero, ¿qué quieren, si uno es joven, fuerte, resistente a todo, incluso a las tormentas a la intemperie? Si se tiene aguante para trabajar duro, pulmones como para subir un 8000 sin oxígeno y de una sola tacada, ¿cómo no va a aguantar el cuerpo, cinco, seis, diez y los que pudiese uno echarle? Si lo hacían los mayores, aun trabajando menos que yo, y hasta los que se sustentaban en bastón porque las piernas ya les flaqueaban, ¿no iba yo a hacerlo también? ¡Por supuesto! Si no mejor, al menos igual. Y así lo hice, hasta ahora; y eso, que van cayendo unos veinte al día y los años, tengo al caer los 58 sobre mis espaldas.

Pero amiga, hoy por hoy, tengo que dejarte. Tengo que prescindir de ello amigo. Amigo, de casi toda mi vida. Amigo que me has acompañado tanto. Tanto, que a veces has sido mi mejor compañero de fatigas. Fatigas sobre todo, y más últimamente, pues ya asfixias. Me dejas sin respiración a veces. Me tienes cansado. ¡Harto!, en una palabra.

No quiere esto decir, que no te salude, o que me haga el loco cuando te vea, pues no obstante, han sido muchos años de convivencia y complicidad, no, pero a mis labios no te acercarás más, no te llevaré más hacia ellos. No saborearé más tus jugos, ni aguantaré tus malos humos. No me dormiré contigo, ni estarás más a mi lado antes de dormirme. Ni antes de dormirme juntaremos más nuestras bocas. Mi boca con tu boquilla, claro. Pues, aunque al principio no la tenías, que lo hacíamos a pelo, sin nada artificial ni artificio alguno entre los dos, he comprobado que, con protección o sin ella, a pelo, es igual; me sientas mal. Fatal. ¡Que lo sepas!

Por tanto, no voy a quemarme más por ti; no voy a quemar más el dinero, pues hasta mi nieto ha aprendido, y ya sabe decir: “¡abuebo, no humes!”. Así que, adiós cajetilla mía. Adiós cilindrín de mis pecados; de antaño, se entiende, que ahora no peca ni el más, ni el menos pintado.

viernes, 14 de marzo de 2008

AMOR, INVISIBLE AMOR


Llevo dentro el amor

que quisiera darte todo,

mas, siento con pena, con dolor,

no saber del modo,

si con dulzura, vehemencia, ardor,

no te ha de ser gustoso,

dímelo tú mi sirena, mi musa,

mi ninfa, mi amor

y habré de encontrar acomodo.

Pues, sin lesar el corazón,

ni quebrantar intención,

sin doblegar ego,

ni perder la razón,

se puede: amar con ardor,

dulzura, y al tanto cordura,

facer, crear la figura,

entrambos; los dos

a más, a la sazón.

¡Oh! Cuan insignificantes somos

en la tierra, en el propio cuerpo,

en el corazón de otra persona,

como en el infinito Cosmos,

pues al olvidar lo que somos,

ya que no brizna de arena,

ni mota hecha de polvo,

creémonos grandes,

punto, eje, centro de todo,

siendo, nada más que amor.

Nada menos somos,

que invisible cosa preciosa,

y al igual que mariposa,

las alas batir queramos,

para al cielo elevarnos,

y así encontrarnos

henchidos de dolor,

a causa de sincero amor

y en bella flor posarnos

cual puede ser una rosa,

de su polen impregnarnos,

dulce como miel,

amor como hiel,

y por más, que fuere amargo.

¿Haya más maravillosa

o dulce, otra cosa

que amargo amor?

¡La miel de amar,

al ser amado!

LA SOLEDAD DE LA NOCHE

Hacía ya largo rato que caminaba por la ancha acera de la gran avenida. Solo, cabizbajo, ensimismado en sus pensamientos. Nunca había hecho el trayecto a solas. A esas altas horas de la noche, siempre había alguien que caminaba en su misma dirección e incluso llevaban su mismo itinerario, al punto de llegar a hacerle compañía hasta su casa.

Anónima, pero compañía a la postre.

No pasaba un automóvil, ni en una u otra dirección, desde hacía unos cuantos minutos. A los limpiadores de las calles aún les faltaba al menos dos horas para comenzar su jornada nocturna y el camión que recogía las basuras ya había pasado por allí, como pudo comprobar al ver los contenedores vacíos al borde de las aceras.

Tan solo oía sus propios pasos, sus tacones al golpear sobre las baldosas de cemento: tac, toc, tac, toc, pues sus pensamientos, aunque eran como para clamar al cielo, no se dejaban oír, solo los sentía en su cerebro y le repercutían hasta el corazón.

Dobló a la derecha en la siguiente esquina y se adentró por una calle bastante más estrecha que la avenida. El ruido de sus tacones se reflejó en las paredes de ambos lados y le sirvieron de música cadenciosa de compañía, como si quisieran marcarle el ritmo de sus pensamientos: tac, toc, tac, toc, Unos metros más adelante, a la altura del frontón, dobló hacia la izquierda y se adentró en la calle ancha dejando a sus espaldas la alta tapia del jai-alai. Nunca -o apenas lo hacía- tomaba esta calle para ir a su casa, al menos de noche, pues en los setos que había a ambos lados, podía esconderse alguien fácilmente y darle un susto, -como a más de uno le había pasado- además de atracarle. Los setos y los árboles absorbían todo sonido que se efectuase allí mismo, impidiendo que se reflejase en las paredes de los edificios que quedaban tras ellos, tanto de tacones sobre el suelo como gritos pidiendo auxilio.

Normalmente seguía las paredes del frontón y más adelante tomaba por la serpenteante avenida que conducía hasta su barrio.

Adentrado unos cincuenta metros en la calle de los setos, oyó a sus espaldas, bastante atrás de donde él estaba, el sonido de unos tacones sobre el asfalto, muy parecidos a los que él venía realizando: tak, tok, tak, tok. Se detuvo y se giró hacia atrás por ver quien le seguía y no divisó nada ni a nadie, desde allí hasta la gran tapia, con su farol encendido y a la mitad de su altura, y proyectando su luz mortecina sobre la acera.

Encogiose de hombros, pensó que serían sus propios fantasmas interiores que le jugaban una mala pasada y volviéndose de nuevo, reanudó la marcha retomando el hilo de sus pensamientos. Tac, toc, tac, toc, sus tacones volvieron a marcarle el ritmo. Al momento, tras de sí, tak, tok, tak, tok volvieron a oírse. Esta vez, sin volverse, aceleró sus pasos, al tiempo que su tac, toc, se hizo más seguido, más rápido. El tak, tok perseguidor hizo otro tanto y su inquietud se transformó en desasosiego. Tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok…y no pudo más. Se detuvo en seco, se giró y gritó: ¿Hay alguien ahí? ¡Quién quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

A los pocos instantes, oyó una voz proveniente de lo alto de la gran pared, atenuada por la distancia:

¿Hay alguien ahí? ¡Quien quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

Encogiose de hombros, esbozó una amarga sonrisa y volviéndose de nuevo, sacaba un pañuelo de uno de los bolsillos, empapaba en él los surcos de sudor que resbalaban por sus mejillas y reanudaba la marcha al tiempo que se oía de nuevo: tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok.

viernes, 29 de febrero de 2008

MALTRATADOR Y ASESINO


Maltratador por conciencia, capricho y sapiencia,

a más de bestia y energúmeno con y por indecencia,

que no por inconsciencia, ni por maltratado en la infancia,

pues si tienes diligencia, piensas, diferencias

y por cambiarte tratas, al sano pensamiento,

al raciocinio, a sana educación, a buen comportamiento,

como a lo fraternal, y a la sazón, con tu mujer, entendimiento.

Si pensares y obrares así, por el camino del bien vayas,

Pues no es cierto que la miseria por fuerza cree y forme canallas,

ya que en la buena sociedad hubo y quizás aún haya.

Como muestra, Ruiz Jarabo, pues para lo que digo basta,

ya que era de buena familia, tanto rica y por más casta.

Sobrino de Juez del Estado que ministro de Franco fuera,

y de togados, letrados y jueces de estado sigue su casta,

no valióle de nada el parentesco y a garrote vil muera.

Y aunque España lo ha olvidado y más de 50 años haga,

es menester decir: ¡basta, hasta aquí hemos llegado!

no juzguen jueces y sí jurado, y eso, antes de haber matado,

pues con orden de alejamiento, es cuestión de un momento,

que en habiéndose acercado, con puñaladas o tiro certero

en el cuerpo, de mujer, y puede que hijos varios,

como se puede ver, que sus vidas de sesgo a cortado.

No pidas después clemencia, ni digas que fue demencia,

que ahora estás turbado, o que sufres por su ausencia,

o porque te ves encerrado, diciendo que es inhumano,

el trato allí dispensado y que traspasa la conciencia,

la dignidad e integridad de todo ser humano,

pues eres tú quien traspasa la barrera de la decencia

y con descaro en la audiencia expone tu letrado:

-Necesita ser tratado en consulta de psiquiatra-.

¡y un jamón! Cara dura, como el hormigón de tapia,

pues aunque los hay, y lo testa la medicina,

que es la ciencia que a “venaos” y majaras trata,

apelas a lo mismo, echando cara y cinismo,

para recibir trato de trastocado y al tanto terapia,

para librarte de la trena, paliar en exceso tu condena,

salir a la calle en breve y volver a las andadas.

¡De eso nada! Cambiar leyes puede que haya,

y que hayas de pagarla. Eso, y lo que haga falta,

ya que de machito vas y te crees gallito

en corral de gallinas, siendo tan solo pollito

y no son aves, entérate plebeyo machaquito,

sino mujeres, madres, personas hermanadas,

que incluso por los hombres, quieren ser amadas,

pero temen que en sus manos sean vejadas,

o maltratadas, como lo haces tú, canalla.

Mas, por ser de ánimo débil, por amarte,

no denuncia, la mujer que acorralas,

vilipendias, das maltrato y hieres,

aunque grite basta, ceja ya, no me pegues,

pues eso a ti te resbala, te creces, te enalteces,

creyendo que agradece que su cuerpo laceres.

¡Iluso, engreído, fatuo y vano espíritu!

¡Ah, sádico insensato! Que además bravatas,

-Si me dejas te mato- no ves y te desbaratas,

y al final, sin tino ni acato, te ciegas, vas y la matas.

¡Pues, pardiez! ¿En qué piensa un juez

que en libertad te deja, cuando tu obsesión no ceja,

lo llevas entreceja y acosas una y otra vez?

Villamanta, 29 de febrero de 2008.


sábado, 26 de enero de 2008

ORDENES OCULTAS

Por enésima vez volvió a desenganchar la cantimplora de su cinturón, aproximándosela a los labios con indolente ademán. La volteó sobre su boca, abriendo esta al máximo para procurar que no se le derramase ni un átomo del preciado líquido, comprobando por enésima vez, igualmente, que no salía absolutamente nada por aquél agujero negro y profundo que tenía ante sus ojos.
Ojos irritados, marchitos, ajados, al igual que sus labios y resecos como su garganta y sus entrañas.
Entrañas impregnadas de polvo y arena que el viento hacía elevarse desde el suelo y tras describir torbellinos en el espacio se introducían por su boca en tráquea, laringe y bronquios, yendo a quedarse instalados en los alveolos como pretendiendo construir un muro de sílice para después asfixiarlo.
El velo del paladar lo sentía áspero, pétreo, pesado cual losa de granito, amenazando desprenderse y lapidarle la lengua, cuando entraban en contacto.
El horizonte -puro y duro espejismo en su cerebro, pues sus ojos no podían apreciarlo desde hacía varias horas- se le presentaba ante sí cercano; tan próximo, que creía que de un momento a otro, -quizás un paso más- caería del otro lado.
Al otro lado se encontraba su salvación. Al otro lado estaba el campamento. El campamento al cual debería haber llegado hacía días y por lo tanto deberían estar esperándolo. Su campamento, del cual había partido hacía, -¿cuánto tiempo hacía? ¿cómo es posible que no lo recordase? pensó en un instante de lucidez- treinta días portando las nuevas órdenes y por tanto la nueva estrategia a seguir en el frente, quedaba a sus espaldas, kilómetros atrás. Mas, si tenía que haber estado allí hace días, ¿cómo es que no habían decidido salir a buscarlo? - pensó de nuevo, creyéndose en otro momento de lucidez-.
Lo que él ignoraba es que en el campamento nadie le esperaba. Nadie había sabido que llegaría alguien con nuevas órdenes, ni nadie podía saberlo ya, puesto que nadie quedaba en pie, ni tumbado, ni vivo. Por tanto, nadie querría saberlo.
Rodó por la ladera de la duna movediza, tras no encontrar su pie el apoyo necesario para continuar adelante. Sintió como la arena frotaba su cuerpo semidesnudo, cual asperón que quisiera limpiarle el alma para llegar con ella limpia a su destino y no pudo escaparse lamento alguno por su boca, por encontrarse ocupada del sílice ardiente del desierto.
Evocó un pueblo de Castilla la Nueva, una familia, una novia y unos amigos que le sonreían con una copa de vino en la mano, dándole la bienvenida por su regreso a casa y se durmió cubierto por el cálido manto que le protejería de la fría noche sahariana y la noche de los tiempos.

sábado, 5 de enero de 2008

Antes de Navidad

El largo y penetrante chirriar de las ruedas en su frenada lenta, parsimoniosa, sin prisa alguna, producido por el roce metálico de las zapatas sobre las ruedas, cesó.
Dispuesto a bajar y preparado desde que el tren entró en el enmarañado cruce de raíles, se encontraba junto a la puerta del compartimento, con el maletín de cuero marrón y su paraguas recogido en una mano, mientras con la otra se asía a la barra verticalmente instalada junto a la puerta, para no caer en el momento de la parada.
Había estado observando con mirada perdida en sus pensamientos, abstraído en unos recuerdos lejanos y añorados, como lentamente pasaban ante él columnas de hierro quietas, muy quietas, estáticas y silenciosas, plantadas sobre su base de hormigón, que a modo y a falta de gentío en los andenes para recibir a los viajeros, estaban dispuestas para tal cometido.
Ellas, que día tras día, año tras año, hiciese frío o calor, se encontraban allí para recibirle a él y otros como él o quizás aún más pesarosos si cabe, lo mismo que más alegres, con su frío, silencioso y vano abrazo, como amigo o familiar distante e impersonal que no tiene palabras con qué recibirte.
Pensó en la casa, en cómo estaría este año, cuantos habitantes indeseados minúsculos, peludos, de hocico puntiagudo y largos bigotes, tendría que echar de ella para poder pasar tan solo quince días y tan solo precisamente. Sin el grito de una madre, sin la voz arrulladora y sensual de una mujer y sin el llanto de un niño, por otra parte nunca olvidados, pues le perseguían allá donde fuere machacona e insistentemente en su interior, en lo más profundo de su ser, allá en el más recóndito átomo o molécula de su cuerpo.
Bajó del tren y ni las frías columnas se dignaron darle un frío abrazo de bienvenida.
Se dirigió a la taquilla pensando en encontrarla ocupada por el expendedor de billetes y no por una fría materia inorgánica.
Pidió un billete y el horario del próximo tren. Le satisfizo la hora: “en diez minutos lo tiene usted aquí”, le contestó el hombre de la taquilla. Una voz ronca que aunque le había proporcionado una información valiosa, era impersonal, distante; lo mismo y en iguales términos le hubiese contestado a una de aquellas recibidoras estáticas que poblaban el andén vacío y desolado de la estación.
Pagó su billete y dio las gracias al hombre. Acto seguido se encaminó decidido, tal como había llegado, serio, taciturno y triste al otro lado de las vías y se sentó en el hormigón de una de las calladas columnas a esperar.