domingo, 13 de abril de 2008
DÍA DE REYES, VIDA DE POBRES MORTALES
Era lo último que echaba al carrito de la compra. Antes de depositarlo en él oyó la canción grabada por sus hijas en el móvil que le advertía de una llamada. Al abrir la tapa vio que era su madre y la contestó con el tono y la pregunta como solía contestarla. –Hola madre, ¿qué hay? Ella le contestó, pero su voz no sonaba como siempre y su tono tampoco. La voz sonaba como estropajosa, como cuando se tiene la boca seca, como anestesiada por haberla extraído una pieza dental o cuando se tienen los labios inflamados por cualquier causa. El tono era apagado, tranquilo, como si denotase resignación por alguna situación irremediable y a pesar de que ella cuando hablaba con él por teléfono lo hacía tranquila y pausadamente, notó que algo raro, algo anómalo sucedía por todos esos añadidos a su voz tranquila. -Hijo, ¿dónde estás? -En Navalcarnero comprando, ¿pasa algo? –Ven en cuanto puedas que me he caído hace una hora y he llegado ahora al teléfono a rastras y no puedo levantarme. –¿Pero estás muy mal? ¿Qué te pasa, tienes algo roto? ¿Te has herido? ¿Llamo a una ambulancia en lo que voy para allá? –No, no hace falta. Solo me he roto un diente. -Vale, tranquila, voy enseguida. Llamaré a Selene –era su hija pequeña, aunque ya tenía 15 años- para que baje y te ayude en lo que yo llego. Llamó a su hija para decirla lo que había y para que bajase a ayudar a su abuela en lo que él llegaba, pues ya había terminado de comprar. -Lo malo es que las llaves las tengo yo y no sé cómo vas a entrar. –Salto por la valla, como la puerta de casa siempre la tiene sin echar la llave no me hacen falta.
Tras advertirla que tuviese mucho cuidado y que si no podía llamara a la vecina para que la dejase una escalera, se encaminó hacia la caja. Pagó las compras que había realizado para la cena y la comida de la noche y el día de Reyes, ya que por la mañana no había podido realizarlas. Lo metió todo en el maletero del coche y bajó prudentemente todo lo rápido que la carretera admitía. Según conducía iba pensando. -¡Una hora! Si hubiese pasado por su casa antes de ir a comprar, la habría encontrado en el suelo y la hubiese ayudado. O ni siquiera eso, seguramente ni se habría llegado a caer si la hubiese echado una mano en lo fuese que estuviera haciendo. Pero, ¿Quien iba a pensar nada de esto para pasar antes de subir, si ya había pasado por la mañana para tomar nota de lo que quería? ¿Por qué no habría subido por la mañana a comprar ya que eran cosas necesarias para esta noche? Pues porque precisamente por el día que era, tuvo que hacer un sin fin de cosas ya que estaba solo en casa al estar todos trabajando. Por otro lado, la había dejado bien, como todos los días cuando pasaba por su casa, tuviese que llevarla algo o no, para ver que tal estaba y estar con ella un ratito de charla. Pero, ahora que lo pensaba, ya la había notado más nerviosa, más excitada de lo normal desde hacía unos días. Claro que en las fechas que estaban, aunque todos sus hijos la habían felicitado las Pascuas, era casi normal que estuviese así, puesto que su hijo mayor, quien no la hablaba debido a una tontería y posterior cabezonada que se alargaba ya 9 años, hacía poco que había vuelto a, digamos a hablarla, aunque no fuesen más que sonidos guturales los que salían por su garganta cada vez que decía simple y llanamente hola a su madre.
Los otros hijos la veían de vez en cuando últimamente, apenas desde hacía un año, pero cada vez que iban tocaban un tema que tanto a ella como a él los sacaba de quicio como decía la abuela; el maldito dinero de la herencia y el que iba a recibir por la muerte del menor a consecuencia del síndrome de la colza. ¡Y lo malo es que días antes de la Navidad habían vuelto a la carga con el tema! Se lo dijo a él esa noche, la Noche Buena, pues al verla preocupada la preguntó el motivo y aunque al principio no le dijo nada, al final habló del tema como ocurría siempre. Se lo dijo por el camino cuando iban de regreso a casa de ella después de cenar en casa de él, como hacía ya varios años, pues no quería ir a la casa de ningún otro de sus hijos, ni tan siquiera por esas fechas. Le decía que volvía peor que se había ido, “me vuelven tarumba” decía la pobre mujer. Metido de lleno en estas cavilaciones, llegó al patio de delante de la casa y tras bajar aceleradamente salió corriendo como pudo, acuciado por la incertidumbre del estado en que se encontraría su madre.
Legó a la casa y al entrar vio a su hija con la fregona en la mano recogiendo del suelo el rastro de sangre que había dejado su abuela desde el baño hasta la mesita donde tenía el teléfono en el salón y junto a la cual se encontraba sentada en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada en el sofá. Apenas habría 5 metros de distancia y había tardado una hora en recorrerlo. Claro que había tropezado a mitad de camino cuando se dirigía al baño, llegó hasta allí pero al no poder ponerse de pie, ni cogiéndose al lavabo, se volvió hacia el salón para llamarle por teléfono, como así se lo explicó ella unos instantes después, al preguntarla como había podido sucederla todo aquello.
Ayudado por su hija la levantaron y la sentaron en el sofá, ya que la nieta por mucho empeño que puso no pudo hacerlo ella sola debido al peso de su abuela. Cuando la hubieron sentado se fijó en su estado viendo que era lamentable. Tenía un diente roto, como ella ya le había dicho, los labios además de inflamados los tenía manchados de sangre, sangre que no dejaba de brotar por ellos al tiempo que se acumulaba con la que le venía a la boca procedente del estómago y que era el principal motivo por el que el suelo estuviese salpicado de cuajarones, al igual que la ropa que llevaba puesta. Interrogó de nuevo a su madre preguntándola qué era lo que había tomado de su medicación diaria y que no había tomado, pues si se había tomado el sintrón, más la medicación para la tensión arterial y la circulación sanguínea más el omeprazol como protector, no podía habérsele producido tal hemorragia.
La cuestión estaba clara. Debido a su estado de ánimo de los últimos días, el nerviosismo y las preocupaciones que la habían imbuido días atrás sus otros hijos, -aunque ya les había advertido que no la diesen “más la lata y lo que sea será a su tiempo”, según sus mismas palabras-. había dejado de tomar cierta medicación para sus dolores de cabeza y que sí podía tomar junto con el sintrón, al tiempo que se había suprimido por su cuenta el omeprazol, el cual la protegía el estómago, porque dijo que la producía ardores y las aspirinas que se había tomado no se lo producían y se encontraba mejor. Tras decirla que era todo lo contrario y cómo había podido hacer eso sin consultar al doctor como tenía advertido, respondió: -“Porque no sé ni lo que me hago estos días hijo, tengo la cabeza hecha un bombo y más pallá que pacá”. Se había tomado una medicación que la había producido dos úlceras en el estómago, como así les dijo a su hijo y a ella el cirujano de urgencias, tras realizarla una radiografía y una analítica de urgencia al ver en el estado tan lamentable que se encontraba al llegar al hospital.
Les dijeron que si la operaban sería a tumba abierta pues la situación se agravaba por causa del sintrón, ya que le licuaba la sangre y por la cantidad que había perdido de ella. Se le administrarían unas cuantas bolsas de sangre antes de operarla, -las cuales sumaron 14 en total- ya que el hematocrito estaba demasiado bajo como para intentarlo antes y después decidirían conjuntamente la enferma, los familiares y los cirujanos, si se podría llevar a cabo la operación, pero, que no había garantías de éxito. Se sopesó todo incluida su edad, pues con 89 años ya de por sí la operación se hacía peligrosa, lo débil que estaba, la urgencia de cerrar las úlceras pues seguían sangrando y no obstante a todo esto, se la preparó para quirófano antes de haberla administrado las dosis necesarias de sangre porque se “nos va”, según palabras del cirujano. La pobre mujer, que estaba y había estado consciente en todo momento y por tanto se la comentaba todo lo que la tenían que hacer, para su aprobación o denegación, pues así lo había pedido, lo oyó. Acto seguido la dijo el cirujano, -Abuela, hay que ir al quirófano antes de lo previsto, ¿dispuesta? Y la abuela le contestó: -Haber hijo, que sea lo que tenga que ser. Alguna vez tendré que morirme y ya he vivido bastante. Así que, cuando quiera doctor. Me pongo en sus manos y usted sabrá lo que hace.
Lo que hizo les quedó claro que lo hizo bien pues tras cinco horas le notificaron a la familia que ya estaba operada, se encontraba consciente y no sangraba. La habían llevado a la UCI pero el momento de gravedad persistía y no había que cantar victoria aún, pues debido al sintrón podrían no cicatrizar las heridas y todo lo que se había hecho no habría valido para nada, pues volvería a sangra y por más sitios que antes, aunque la estuviese administrando sangre ahora mismo y todo el tiempo que fuese necesario. Esto les dijo el cirujano en su despacho a los familiares y tras dejarles pasar a verla lo repitió ante la convaleciente, ya que así había sido su deseo; que en lo que estuviese consciente, si se iba a morir como si salía de esta, se lo comunicasen todo. Cuando se acercaron a su cama lo primero que hizo fue mirar a su hijo mayor y le dijo, -¡Hombre, has venido tú también! Y tras escuchar al doctor le dijo que él ya había hecho bastante y le dio las gracias. Habló muy poco con los familiares y lo poco que fue lo hizo como despedida, pues fueron las últimas palabras que dijo.
Esto era la mañana del día 6, día de Reyes y a primeras horas de la tarde el cirujano comunica a los familiares que vuelve a sangrar pero el operarla no serviría más que a lo sumo, siempre y cuando pudiesen ver donde cerrar, pues ya no se localizaban en un solo punto las úlceras, para alargarla el sufrimiento un poco tiempo más y que estaba en estado de semiinconsciencia. Por la noche entró en coma profundo y la madrugada del día 8 falleció, segundos después de que su hijo, sus dos piernas de repuesto como ella decía, hubiese pasado a verla, y casi sin saber dónde estaba, tras haber estado todo el día en la cama y en casa con fiebre que le sobrevino, sin explicación posible.
sábado, 12 de abril de 2008
El zurdo
El hombre pasó su pie derecho al otro lado de la puerta cerrándola tras de sí, en tanto que el llavero lo depositaba sobre una hoja de cristal, puesta a tal efecto sobre el pequeño mueble del recibidor, sobre el cual pendía un espejo circular, el cual a su vez pendía de un cordón dorado que bajaba desde un camafeo de cobre sujeto a la pared, con no se veía qué. -Posiblemente esté pegado a la pared o clavado con una alcayata. Pensó el hombre al verlo, ya que una de las cosas que le mantenían en la brecha era fijarse en todo detalle, por nimio que fuese, allá donde iba o entraba.
Al pasar ante el espejo la mujer no pudo evitar la tentación de comprobar el estado de su peinado, así como el rojo carmín de sus labios, en la imagen que la devolvía el mismo. En parte la satisfizo, a pesar del carmín rojo vivo de sus labios, quizás un poco recargado para su gusto, al tiempo que pensaba que la ocasión así lo requería y el detalle quedaba sin importancia si lo comparaba con el sacrificio que estaba haciendo.
Llegados junto a la cama, el hombre se sentó en el borde y se dispuso a deshacer el nudo de los cordones de sus zapatos, en tanto que la mujer le pidió que la excusase, ya que tenía necesidad de ir al baño, al tiempo que dejaba sobre la mesilla de noche el diminuto y reluciente bolso. Según se encaminaba hacia el excusado, el hombre se fijó en su esbelto cuerpo, aunque ya lo había observado con detenimiento en la calle, pues era el tipo de mujer que le gustaba y con las que se relacionaba últimamente. Anteriormente, pocos meses antes, sus gustos cambiaron, ya que hasta entonces las prefería morenas, más rellenitas y con menos años. Observó sus largas y torneadas piernas cubiertas por medias de cristal, cómo saliendo de la parte baja de un vestido corto de seda blanco, llegaban hasta los zapatos de charol blanco con agudos tacones de aguja. Lo que le agradaba y le atraía en suma, eran sus caderas y su contoneo. Quizás algo afectado, pensó, pero no le dio más importancia, ya que ese tipo de mujeres actuaban así, se dijo. Observó cómo su rubio cabello despedía destellos dorados al pasar bajo la lámpara, debido al movimiento que hizo con la cabeza para volverse a mirarlo, como si hubiese intuido que era observada. Lo que pudo comprobar que así era y le obsequió con una gran sonrisa pícara, al tiempo que deslizaba su lengua de un lado a otro de sus labios.
Finalizada la tarea de descalzarse, colocó los calcetines estirados sobre los zapatos, dejando estos al otro lado de la mesilla. Comenzó a desvestirse y según iba quitando prendas de su cuerpo las iba dejando colocadas despacio, metódica y ceremoniosamente, con delicadeza como si temiera que se rompieran, o se arrugaran al menos, sobre el respaldo del sillón que se encontraba al otro lado de la mesilla junto a la cama.
En uno de esos movimientos su mano pasó cerca del bolso de la mujer y como era costumbre en él, lo registró, comprobando que no contenía nada que pudiera comprometer el momento. Tanto es así, que por no llevar, no llevaba ni su documento de identidad, ni alguna otra cosa que pudiese hacer posible su identificación. Tanto mejor, se dijo, ya que eso facilitaba aún más su supervivencia, al tiempo que pensaba que estas mujeres no solo eran de vida ligera, sino que eran ligeras de cabeza también.
Tras finalizar el hombre con la escrupulosa colocación de sus prendas, la mujer apareció desnuda tras abrir la puerta del baño y encaminándose hacia la cama se tumbó en ella boca arriba, comprobando que su imagen se reflejaba en un espejo colocado en el techo sobre la cama. Notó cierta sensación de vergüenza y pidió que no se le hubiese notado exteriormente, al tiempo que él se sentaba a su lado. Desde esa postura, de espaldas a ella, pudo comprobar la estupenda musculatura del hombre. Cosa que la extrañó por los años que aparentaba, aunque quizás no lo encontró tan raro, pues muchos de sus compañeros de gimnasio, y con más años aún, tenían semejantes musculaturas e incluso mejores. Claro que su profesión así lo requería se dijo.
Con la billetera abierta en sus manos, la preguntó casi afirmativamente. –Entonces, quinientos euros por toda la noche y completo, ¿no es así? A lo que ella le contestó afirmativamente. Le vio como hacía el movimiento para ponerse en pie y dejar el dinero sobre la mesilla, al tiempo que sin llegar a coger dicha postura, según seguía inclinado sobre el mueble, extendía su mano izquierda hacia el asiento del sillón y extraía de debajo de sus ropas, exquisitamente colocadas, un cuchillo de medianas proporciones y reluciente hoja. Con rápido movimiento de cintura y de brazo, asestó un tajo de delante hacia atrás, transversalmente sobre la almohada, donde una fracción de segundo antes se encontraba la garganta de la mujer que en ese instante rodaba de costado sobre la amplia cama y caía al suelo por el lado opuesto. El hombre dio un salto felino y se encaramó sobre el lecho, saltando de nuevo en pos de ella. La mujer le vio aparecer sobre ella y trató de seguir rodando para descabullirse del cuerpo que se le venía encima y así poder incorporarse para hacerle frente. En el momento que se incorporaba, estando con las manos y las rodillas en el suelo para darse impulso, recibió una brutal patada en su vientre. Aguantando el dolor como había aprendido a hacerlo, en cuestión de segundos pensó que con quien tenía que vérselas en esos momentos, no era un melindres demente, era un asesino concienzudo y peligroso ya que sabía luchar y dónde asestar los golpes, como comprobaba al instante, pues un nuevo puntapié la mordía el hígado en lo más profundo. Apretó de nuevo sus músculos abdominales y puso en tensión los de sus brazos y piernas al tiempo que recibía una patada certera en su pierna, notando y oyendo la rotura de la tibia. Según se daba la vuelta, ya en el aire, lanzó su pierna intacta contra la mano armada de su agresor, logrando de un puntapié que soltase el arma y cayese al suelo cerca de donde ella caía de espaldas. Aferró el cuchillo con su mano derecha, justo en el momento que el encolerizado agresor trataba de impedírselo de un puntapié y quedaba a horcajadas sobre ella, viendo cómo extendía su mano izquierda hacia arriba, hacia él, en ese instante, no pudiendo evitarlo, ya que en ese momento él caía y no podía retroceder a tiempo.
La pelea fue trepidante. La escena se desarrolló en un instante y vino a fastidiarle la que se prometía excitante como tantas otras que había presenciado con su catalejo desde donde se encontraba, en su habitación, al otro lado de la calle. En el preciso instante que vio lo que sucedía, llamó al 091 desde su móvil sin despegar el ojo de la lente, para no perder ripia de lo que allí sucedía.
Cuando entraron en la habitación, el comisario y varios números de la policía, lo que vieron les sobrecogió el estómago, por muy acostumbrados que estuviesen a ver todo tipo de carnicería humana.
La mujer, desnuda y ensangrentada, jadeante, dando bocanadas para tomar aire, ya que era evidente que la costaba respirar, yacía boca arriba en el suelo, sobre un charco de sangre, con un cuchillo en la mano derecha y aferrando con la izquierda una tajada, o masa informe de carne, al parecer perteneciente al hombre, que retorcido sobre la alfombra y empapada de su propia sangre, tenía las manos en la entrepierna, puestas a modo de tapón, intentando que no se le fuese por allí la vida, como lo que se le había ido ya. Entonces el comisario supo qué era lo que la mujer asía en su mano. Era su trofeo. Por otra parte merecidísimo, y que al parecer no había logrado conservar en su sitio aquél canalla, al igual que su vida, la cual se encontraba desparramada por el piso y la alfombra de la habitación.
Acercándose a la mujer, el comisario se agachó y quedó en cuclillas a su lado, al tiempo que ordenaba a sus hombres que llamasen al SUMA para que mandasen una UCI móvil urgentemente. Acercándose a ella la besó, notando el viscoso tacto de la sangre en sus labios y en un susurro cargado de ternura la preguntó:
-¿Te llegó a hacer algo, cariño? La mujer esbozó una amarga sonrisa y en un susurro imperceptible y pasando sus ojos de un lado a otro de su cuerpo, le respondió: -¿Tú qué crees? -¡Ah, sí, ya veo! Perdóname cariño, ya me entiendes ¿verdad? Ella le dedicó una sonrisa y cerró los ojos. Estaba molida. La tomó la mano y la susurró al oído: -Has sido muy valiente, ¿sabías que eres mi inspectora preferida? Ella hizo un ademán afirmativo, apenas perceptible y el concluyó: -Por eso me casé contigo. Te quiero. Y la besó.