Aquí dejo estos vídeos con imágenes, músicas y canciones, de este "gran muchachote" canadiense, que en tantos y tantos kilómetros de carretera me acompañó hace ya unos cuantos añitos, al igual que Janis. Espero que os guste a quien lo escuchéis, como a mí me gusta, que precisamente por eso lo pongo, claro está.
El primero se lo dedica él mismo a Janis Joplin, una chica que cantaba muy bien, ¡qué digo bien, cojonudamente! y que murió, al parecer de sobre dosis, sola, en un hotel, con toda una vida por delante, pero truncada, como tantas otras, por la droga.
Yo, personalmente, se lo dedico a tres mujeres escepcionales y queridas por mí, por diferentes motivos, o razones, y de peso, una de otras. ¡Y digo bien,una de otras!
Cris, María José y Maruxiña.
domingo, 8 de junio de 2008
DOS AMORES A LA VEZ
El coche emergió de entre las sombras de la carretera, cubierta por las frondosas ramas de los árboles que la bordeaban. Desde hacía unos minutos y desde kilómetros atrás, no veía más que gruesos troncos con gruesas franjas blancas, a una misma altura del suelo en todos ellos, así como verde y enmarañado follaje que crecía junto a los mismos.
El paisaje que se extendía a partir de estos, extensos campos amarillos debido a la acción agostera de los rayos solares, los veía a intervalos, a través de los pequeños huecos, espacios que dejaban sin cubrir los matorrales de tupido follaje y que crecían salvajes, a uno y otro lado de la carretera. Regados por sendos canales, convertidos en arroyos cubiertos, en su mayoría por zarzas de enredadas y espinosas ramas, crecían a libre albedrío, debido a la continua humedad y al abandono de su mantenimiento, tanto juncos como matojos y hierbajos, tanto en el talud de los arroyos como en las cunetas.
Al salir de entre las sombras, accedió al espacio blanco, refulgente, debido al Sol deslumbrante y que lucía desde el punto celeste de las tres de la tarde del mes de Agosto, cual foco ante los ojos del interrogado en una sala al efecto y que le impide ver cuanto le circunda.
Tras quedar unos metros a su espalda la caverna que formaban las sombras, la carretera formaba una curva hacia la derecha, comenzando a su salida una gran recta, al fondo de la cual se divisaba el pueblo. Por fin, el pueblo al cual regresaba tras haber salido de él hacía ya 38 años. Ausencia suficiente para que apenas recordase unos juegos en sus calles, junto a otros niños de edades similares a la suya. Tan pequeño era, que apenas se dibujaban en sus pensamientos sus rasgos, apenas recordaba sus caras.
Lo mismo le ocurría con las de los abuelos, que sentados en los poyos de piedra adosados a las fachadas de las casas, con sus boinas caladas, sus cayadas ante ellos, sobre el suelo, donde sustentaban sus manos, algunos también sus barbillas sobre estas, tomaban el Sol meditabundos, con la mirada en años pasados, al igual que sus pensamientos, seguramente.
A las abuelas, las recordaba igualmente sentadas, pero en sillas de palos torneados y pintadas de diversos dibujos y colores, en los asientos de espadaña, sus caras apergaminadas debido a la erosión del clima rural, tantos años soportado a la intemperie, puestas sus miradas sobre las puntadas que iban aplicando, unas a zurcidos de medias y calcetines, como de diversas prendas mayores, otras sobre los puntos de sus bordados que sujetaban en circulares bastidores y otras, las menos, la aplicaban sobre los mundillos, almohadillas donde iba quedando confeccionada una tira de encaje, con alfileres clavados a ella, de la que pendían los hilos que se enrollaban en los bolillos y que con maestras manos movían aquellas mujeres de un lado para otro, con tanta celeridad, que era imposible seguir la trayectoria de un hilo, ni saber cual bolillo soltaban o sujetaban entre sus dedos, de los cuales se desprendía una musiquilla de tintineo continuo.
Recordaba, como a todas les era característico el rictus que formaban sus bocas, llevando sus lenguas, a medio asomar por entre sus labios, de un lado a otro de la boca, al tiempo que llevaban de un lado a otro la aguja en las puntadas y el movimiento continuo de sus mandíbulas, en las tejedoras de los encajes, aparentando estar masticando. Eso, cuando no las daba por dar trabajo a la “sin hueso”, siendo esto los más común en aquellos corrillos y el escuchar el serial de turno en las galenas a todo volumen, ya que estas se quedaban dentro de las casas y había que oírlas desde la calle. El recordar esto, siempre le hacía esbozar una tierna sonrisa.
Ensimismado en sus recuerdos, llegó a la entrada del pueblo, deteniendo el vehículo junto a una abuelilla, ataviada con los típicos ropajes, como las que ocupaban sus recientes pensamientos. Parecíale, que no hubiese transcurrido el tiempo, que se encontraba en aquellos años de su niñez. Bajó el cristal de la ventanilla, al tiempo que la anciana se paraba junto a él y notó el calor infernal que hacía en el exterior, pues gracias al climatizador, no percibía el calor reinante de la calle. La mujer protegía su blanca y cérea piel, como pudo observar cuando se le acercó, con un pañuelo negro sobre la cabeza y que sobresalía de su frente, a modo de visera para protegerse del resolano.
Preguntó a la anciana por la dirección que su madre le había dado, al tiempo que le pedía que realizase este viaje, pues era su deseo, poco antes de morir, postrada en su lecho debido a grave enfermedad..
La anciana obvió la pregunta, dirigiéndose a él, con semblante alegre y feliz sonrisa, en tono familiar y cariñoso, como se recibe a un pariente o ser querido, tras largo tiempo sin verlo, sin saber nada de él. Lo llamó por su nombre de pila y al ver la sorpresa reflejada en su rostro, le explicó que lo conocía gracias a las fotos que de él la mandara su madre, durante todos estos años. Cosa que le dejó más perplejo aun, si cabe, que el haberle llamado por su nombre. Desconcertado, volvió a realizar la pregunta, añadiendo el nombre de la mujer que moraba en la casa
La anciana le mostró la dirección, advirtiéndole que no la encontraría allí, ya que tras larga enfermedad, había fallecido recientemente y tras larga e infructuosa espera de su llegada. Tras despedirse de él y quedarle con Dios y que El mismo le bendijera, se retiró del auto y siguió su camino, al parecer del mismo que él venía.
Arrancó, y se dirigió hacia donde la enigmática mujer le había indicado, dirigiendo sus ojos a los retrovisores, para observar a la anciana alejarse. Cual no sería su sorpresa, al comprobar que no había rastro de ella por el camino. Paró, se apeó y volviendo unos pasos hacia atrás, pudo comprobar que había desaparecido, pues extendió su vista a través del camino y los campos y ni rastro alguno de la mujer encontró.
Apesadumbrado, sintiendo extraña sensación, volvió a acomodarse frente al volante y se dirigió hacia el centro del pueblo, hacia donde la anciana le había indicado. Llegado ante la puerta de la casa, vio como varias mujeres entraban y salían de ella, portando utensilios de limpieza unas y otras distintos objetos caseros, así como bultos, atados de ropas.
Al tiempo que salía del coche, una de ellas se le acercó, saludándole efusivamente y casi en las mismas formas familiares que la anciana del camino, pero más apresurada, más inquieta e inquietante, de forma alocada y casi desesperante, para su carácter sereno y tranquilo. Le espetó: -¡Hijo, llegas tarde! -¡Dos días tarde! Volvió a repetirle a modo de explicación, debido al gesto de extrañeza que se dibujó en su semblante. Sin apenas darle tiempo a reaccionar, lo tomó por un brazo y tirando de él se dirigió a la casa llevándolo detrás, cual madre que tira de su hijo, el cual se resiste a entrar en la consulta del dentista.
-¡Ven, ven por aquí, hijo, pues hay cosas importantes que debes saber y a mí me ha tocado la penosa y difícil tarea de decírtelas! -¡La obligación dolorosa de enterarte de ellas!
La mujer lo llevó hasta una pequeña sala de la casa, la cual, según pudo comprobar al instante, adolecía de decoración, ya que la que había era escasa y rústica. Al tiempo se distinguían los cuadros de distintos marcos y tamaños, con fotos en blanco y negro, algunas con unos cuantos años ya encima y otras más recientes, pues había una cantidad excesiva de ellos, para una estancia tan pequeña
. Comprobó al instante, que en la mayoría de aquellos marcos se encontraban fotos de él, dejando constancia de las distintas etapas de su vida. Posó la vista sobre un marco dorado, el cual parecía presidir aquella colección, ya que se encontraba en el centro y por encima de todos, en una de las paredes. Asombrado se quedó mirando a la mujer que había en la fotografía y dijo: -¡Es ella! -¿Acaso ya lo sabías, hijo? -¿Ya la conocías? Le preguntó la mujer extrañada y presintiendo que su penosa obligación, no lo sería tanto. -¿Qué tenía que saber? Preguntó él a su vez y: -No, no la conocía, solo que la he visto hace un ratito a la entrada del pueblo y hemos estado hablando. Ella me indicó la dirección, para llegar a la casa. -¡Quita, hijo! -¡Eso es imposible! Ella murió hace dos días y ayer la dimos cristiana sepultura. Quedó desconcertado ante tal explicación y preguntó. -¿Pero quien era esta mujer, para que mi madre deseara con tanto interés que la visitase, ya que tenía algo muy importante para mí? ¿Y cómo es posible que yo me encontrase con ella, llevando dos días fallecida? –A lo segundo, no puedo darte respuesta, hijo, pero a lo primero sí.. –Esta mujer, era tu madre. Antes de que la mujer se lo comunicase ya lo intuía, había ido atando cabos y se esperaba esa respuesta.
Ante el desconcierto que reflejaba, la mujer quiso explicarle los motivos que habían llevado a su verdadera madre a actuar de la forma que lo hiciera en aquellos tiempos, como los motivos de su madre adoptiva para haberse hecho cargo de él y que se lo hubiesen ocultado durante tantos años.
La cortó de raíz en sus explicaciones y la dijo que no quería saber detalles ni motivos. Ya sabía de tantos casos parecidos, que él se había hecho ya cargo de las posibles circunstancias que motivaron a las dos familias para actuar así. Tanto más, cuando su verdadera madre, era viuda, como la mujer le informara, y tanto más, sabiendo la época en que ocurrió. Los años de la posguerra.
Compadeció a su madre, una de sus madres, y dio gracias a la otra por haberle salvado la vida, y quizás también la de la primera, por haberle dado todo lo que tenía. Por haberle amado, les dio gracias a las dos, pues en ese momento comprobó cuanto le habían querido.
AdriPozuelo
Villamanta, 6 de Junio de 2008
El paisaje que se extendía a partir de estos, extensos campos amarillos debido a la acción agostera de los rayos solares, los veía a intervalos, a través de los pequeños huecos, espacios que dejaban sin cubrir los matorrales de tupido follaje y que crecían salvajes, a uno y otro lado de la carretera. Regados por sendos canales, convertidos en arroyos cubiertos, en su mayoría por zarzas de enredadas y espinosas ramas, crecían a libre albedrío, debido a la continua humedad y al abandono de su mantenimiento, tanto juncos como matojos y hierbajos, tanto en el talud de los arroyos como en las cunetas.
Al salir de entre las sombras, accedió al espacio blanco, refulgente, debido al Sol deslumbrante y que lucía desde el punto celeste de las tres de la tarde del mes de Agosto, cual foco ante los ojos del interrogado en una sala al efecto y que le impide ver cuanto le circunda.
Tras quedar unos metros a su espalda la caverna que formaban las sombras, la carretera formaba una curva hacia la derecha, comenzando a su salida una gran recta, al fondo de la cual se divisaba el pueblo. Por fin, el pueblo al cual regresaba tras haber salido de él hacía ya 38 años. Ausencia suficiente para que apenas recordase unos juegos en sus calles, junto a otros niños de edades similares a la suya. Tan pequeño era, que apenas se dibujaban en sus pensamientos sus rasgos, apenas recordaba sus caras.
Lo mismo le ocurría con las de los abuelos, que sentados en los poyos de piedra adosados a las fachadas de las casas, con sus boinas caladas, sus cayadas ante ellos, sobre el suelo, donde sustentaban sus manos, algunos también sus barbillas sobre estas, tomaban el Sol meditabundos, con la mirada en años pasados, al igual que sus pensamientos, seguramente.
A las abuelas, las recordaba igualmente sentadas, pero en sillas de palos torneados y pintadas de diversos dibujos y colores, en los asientos de espadaña, sus caras apergaminadas debido a la erosión del clima rural, tantos años soportado a la intemperie, puestas sus miradas sobre las puntadas que iban aplicando, unas a zurcidos de medias y calcetines, como de diversas prendas mayores, otras sobre los puntos de sus bordados que sujetaban en circulares bastidores y otras, las menos, la aplicaban sobre los mundillos, almohadillas donde iba quedando confeccionada una tira de encaje, con alfileres clavados a ella, de la que pendían los hilos que se enrollaban en los bolillos y que con maestras manos movían aquellas mujeres de un lado para otro, con tanta celeridad, que era imposible seguir la trayectoria de un hilo, ni saber cual bolillo soltaban o sujetaban entre sus dedos, de los cuales se desprendía una musiquilla de tintineo continuo.
Recordaba, como a todas les era característico el rictus que formaban sus bocas, llevando sus lenguas, a medio asomar por entre sus labios, de un lado a otro de la boca, al tiempo que llevaban de un lado a otro la aguja en las puntadas y el movimiento continuo de sus mandíbulas, en las tejedoras de los encajes, aparentando estar masticando. Eso, cuando no las daba por dar trabajo a la “sin hueso”, siendo esto los más común en aquellos corrillos y el escuchar el serial de turno en las galenas a todo volumen, ya que estas se quedaban dentro de las casas y había que oírlas desde la calle. El recordar esto, siempre le hacía esbozar una tierna sonrisa.
Ensimismado en sus recuerdos, llegó a la entrada del pueblo, deteniendo el vehículo junto a una abuelilla, ataviada con los típicos ropajes, como las que ocupaban sus recientes pensamientos. Parecíale, que no hubiese transcurrido el tiempo, que se encontraba en aquellos años de su niñez. Bajó el cristal de la ventanilla, al tiempo que la anciana se paraba junto a él y notó el calor infernal que hacía en el exterior, pues gracias al climatizador, no percibía el calor reinante de la calle. La mujer protegía su blanca y cérea piel, como pudo observar cuando se le acercó, con un pañuelo negro sobre la cabeza y que sobresalía de su frente, a modo de visera para protegerse del resolano.
Preguntó a la anciana por la dirección que su madre le había dado, al tiempo que le pedía que realizase este viaje, pues era su deseo, poco antes de morir, postrada en su lecho debido a grave enfermedad..
La anciana obvió la pregunta, dirigiéndose a él, con semblante alegre y feliz sonrisa, en tono familiar y cariñoso, como se recibe a un pariente o ser querido, tras largo tiempo sin verlo, sin saber nada de él. Lo llamó por su nombre de pila y al ver la sorpresa reflejada en su rostro, le explicó que lo conocía gracias a las fotos que de él la mandara su madre, durante todos estos años. Cosa que le dejó más perplejo aun, si cabe, que el haberle llamado por su nombre. Desconcertado, volvió a realizar la pregunta, añadiendo el nombre de la mujer que moraba en la casa
La anciana le mostró la dirección, advirtiéndole que no la encontraría allí, ya que tras larga enfermedad, había fallecido recientemente y tras larga e infructuosa espera de su llegada. Tras despedirse de él y quedarle con Dios y que El mismo le bendijera, se retiró del auto y siguió su camino, al parecer del mismo que él venía.
Arrancó, y se dirigió hacia donde la enigmática mujer le había indicado, dirigiendo sus ojos a los retrovisores, para observar a la anciana alejarse. Cual no sería su sorpresa, al comprobar que no había rastro de ella por el camino. Paró, se apeó y volviendo unos pasos hacia atrás, pudo comprobar que había desaparecido, pues extendió su vista a través del camino y los campos y ni rastro alguno de la mujer encontró.
Apesadumbrado, sintiendo extraña sensación, volvió a acomodarse frente al volante y se dirigió hacia el centro del pueblo, hacia donde la anciana le había indicado. Llegado ante la puerta de la casa, vio como varias mujeres entraban y salían de ella, portando utensilios de limpieza unas y otras distintos objetos caseros, así como bultos, atados de ropas.
Al tiempo que salía del coche, una de ellas se le acercó, saludándole efusivamente y casi en las mismas formas familiares que la anciana del camino, pero más apresurada, más inquieta e inquietante, de forma alocada y casi desesperante, para su carácter sereno y tranquilo. Le espetó: -¡Hijo, llegas tarde! -¡Dos días tarde! Volvió a repetirle a modo de explicación, debido al gesto de extrañeza que se dibujó en su semblante. Sin apenas darle tiempo a reaccionar, lo tomó por un brazo y tirando de él se dirigió a la casa llevándolo detrás, cual madre que tira de su hijo, el cual se resiste a entrar en la consulta del dentista.
-¡Ven, ven por aquí, hijo, pues hay cosas importantes que debes saber y a mí me ha tocado la penosa y difícil tarea de decírtelas! -¡La obligación dolorosa de enterarte de ellas!
La mujer lo llevó hasta una pequeña sala de la casa, la cual, según pudo comprobar al instante, adolecía de decoración, ya que la que había era escasa y rústica. Al tiempo se distinguían los cuadros de distintos marcos y tamaños, con fotos en blanco y negro, algunas con unos cuantos años ya encima y otras más recientes, pues había una cantidad excesiva de ellos, para una estancia tan pequeña
. Comprobó al instante, que en la mayoría de aquellos marcos se encontraban fotos de él, dejando constancia de las distintas etapas de su vida. Posó la vista sobre un marco dorado, el cual parecía presidir aquella colección, ya que se encontraba en el centro y por encima de todos, en una de las paredes. Asombrado se quedó mirando a la mujer que había en la fotografía y dijo: -¡Es ella! -¿Acaso ya lo sabías, hijo? -¿Ya la conocías? Le preguntó la mujer extrañada y presintiendo que su penosa obligación, no lo sería tanto. -¿Qué tenía que saber? Preguntó él a su vez y: -No, no la conocía, solo que la he visto hace un ratito a la entrada del pueblo y hemos estado hablando. Ella me indicó la dirección, para llegar a la casa. -¡Quita, hijo! -¡Eso es imposible! Ella murió hace dos días y ayer la dimos cristiana sepultura. Quedó desconcertado ante tal explicación y preguntó. -¿Pero quien era esta mujer, para que mi madre deseara con tanto interés que la visitase, ya que tenía algo muy importante para mí? ¿Y cómo es posible que yo me encontrase con ella, llevando dos días fallecida? –A lo segundo, no puedo darte respuesta, hijo, pero a lo primero sí.. –Esta mujer, era tu madre. Antes de que la mujer se lo comunicase ya lo intuía, había ido atando cabos y se esperaba esa respuesta.
Ante el desconcierto que reflejaba, la mujer quiso explicarle los motivos que habían llevado a su verdadera madre a actuar de la forma que lo hiciera en aquellos tiempos, como los motivos de su madre adoptiva para haberse hecho cargo de él y que se lo hubiesen ocultado durante tantos años.
La cortó de raíz en sus explicaciones y la dijo que no quería saber detalles ni motivos. Ya sabía de tantos casos parecidos, que él se había hecho ya cargo de las posibles circunstancias que motivaron a las dos familias para actuar así. Tanto más, cuando su verdadera madre, era viuda, como la mujer le informara, y tanto más, sabiendo la época en que ocurrió. Los años de la posguerra.
Compadeció a su madre, una de sus madres, y dio gracias a la otra por haberle salvado la vida, y quizás también la de la primera, por haberle dado todo lo que tenía. Por haberle amado, les dio gracias a las dos, pues en ese momento comprobó cuanto le habían querido.
AdriPozuelo
Villamanta, 6 de Junio de 2008
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Relatos para el Verano
viernes, 6 de junio de 2008
PETRANILA
La pequeña Petranila se encaminó hacia la escalera, con intención decidida, silenciosa y sigilosamente, para subir hasta el dormitorio de sus padres y así poder avisarles de lo que estaba ocurriendo en la cocina.
A través del ojo de la cerradura había visto una escena, que aunque no poco habitual en la estancia, pues ya había visto varias con la cocinera y alguno de los hombres y muchachos que llevaban a casa las mercancías, ésta le pareció extraña en demasía, ya que le pareció ver el rojo de la sangre sobre las vestiduras de Grunilda, la cocinera, y sobre el rostro y las manos del hombre que estaba de rodillas ante ella, la cual se encontraba en el suelo tendida y quieta, muy quieta, para conforme se movía en las otras ocasiones y callada, silenciosa, sin expresión alguna.
Por más, que la situación se desarrollaba sobre las frías baldosas del piso y las otras se desarrollaban sobre la gran mesa de madera, usada para la preparación de masas para hornear, como el aliño de los alimentos, como para el trinchado de verduras y carnes al prepararlas para los guisos, sita en el centro de la cocina y en trayectoria idónea, para que ella lo hubiese podido observar a través del ojo de la cerradura, sin ser descubierta.
Y, por más aun, que la extrañase el hecho de no sentir los quejidos que Grunilda emitía cuando aquellos hombres estaban, en la mayoría de las ocasiones, sobre ella y quizás por eso se quejase, pues a su corto entender, comprendía cuan daño le haría en la espalda la dura madera y otros utensilios que quedaban ocultos con su cuerpo cuando se tendía.
Con estas cavilaciones y preocupada en extremo, llegó a las cercanías de la puerta del dormitorio y hasta ella llegaron unos sonidos similares a los que había oído proferir al hombre que quedaba en la cocina ante Grunilda. Estos sonidos se le hicieron más nítidos al acercarse a la puerta y arrimar su oreja a ella, escuchando que se trataba de gemidos y estertores, igualmente similares a los que su madre y su padre emitían cuando se encontraban en ciertas situaciones, que ella había podido ver y oír a través del ojo de la cerradura, de aquella misma puerta. En muchas ocasiones no había querido observar, pero la curiosidad, la preocupación que sintió la primera vez que lo oyó, pues creía que estarían sufriendo por alguna causa que ella no comprendía, debido a que sus padres se demostraban un gran cariño, la obligaba, aun sin querer, a observar por si podría ayudar en un momento dado que lo necesitasen.
Pegó su ojo derecho al orificio de la cerradura y lo que vio, la provocó un fuerte estremecimiento y un escalofrío que la recorrió todo su cuerpo, al tiempo que un grito se formaba en su garganta y que con la boca abierta desmesuradamente por el pánico que sentía, fue a salir al exterior, logrando evitarlo al poner sus manos instintivamente sobre ella, reacción producida por el sentido innato de conservación. Supo al instante que allí ocurría algo muy raro, muy extraño y peligroso, al tiempo que comprendió que sus padres, lo mismo que Grunilda, estaban muertos, tendidos en el suelo y con unos seres muy raros con figura humana ante ellos. Según estaban arrodillados de frente a ellos, vio como extraían del interior de sus vientres unos cordones largos, retorcidos y sangrantes, los cuales se llevaban a la boca, al tiempo que emitían lo que a ella le parecieron gruñidos más que gemidos, como en un principio creyó que serían. Aunque estos fuesen de satisfacción, pudo comprobar que se trataba de contrario significado al que producían, tanto sus padres como Grunilda.
Al instante comprendió las veladas palabras que llegaron a sus oídos, cuando el día anterior oyó al jefe de policía hablando con sus padres, sobre algo parecido a ciertos monstruos que al parecer, y esto no llegó nítidamente a sus oídos, podría haber por la comarca, sembrando el pánico y el terror y dejando muerte y desolación a sus paso, desde y a donde no sabía nadie, ni de dónde hubiesen aparecido, ni dónde se dirigiesen.
De un salto, cual resorte retenido por trinquete se le da libertad de posición de nuevo y bajo sus pies se encontrase, se incorporó y echó a correr escaleras abajo.
Cuando llegó al salón, pensó en buscar algo cortante, algún instrumento con tan fino filo que pudiese cortar de un solo tajo los tubos flexibles que suministraban el gas a los quinqués adosados a las paredes. Se dirigió al estudio de su padre y volvió al salón con una catana en sus manos, aferrándola con fuerza con sus dedos.
De un solo tajo, fue cortando los tubos de cada uno de los tres quinqués y salió al exterior, encaminándose hacia la leñera. Una vez allí, busco yesca de la que usaba Rómulo para prender la caldera y tomó la caja de los fósforos. Volvió de nuevo a la casa y embozándose con la chaqueta de punto, se dirigió al despacho de su padre. Cerró la puerta tras de sí, prendió un fósforo y lo aplicó a la yesca, la cual salió ardiendo al instante. Con la yesca en una mano y el tirador de la puerta en la otra, se preparó. Era consciente de que tenía que actuar rápido, si no quería sucumbir abrasada. Abrió rápidamente la puerta, lanzó al salón la antorcha en que se había trasformado la yesca y cerró de nuevo. Se dirigió a uno de los estantes de la librería y tiró hacia sí de uno de los tomos, en cuyo lomo se leía: “Manual de primeros auxilios. Los mil y uno remedios caseros”. El libro tan solo rotó por la parte inferior del lomo, sin llegar a salirse de su sitio y al punto se abría una trampilla de hormigón, que a simple vista no hubiera localizado en el suelo ni “el más concienzudo investigador, por muy detallista que este fuera”. Como su padre le decía cada vez que abría y le mostraba el búnker, “por si vienen mal dadas y algún día lo necesitamos. Comenzó a bajar los escalones y se encendió automáticamente la luz. Al llegar abajo, la trampilla comenzó a cerrarse y al punto comenzaron a funcionar los extractores e impulsores de aire.
Se sentó dejándose caer al suelo y lloró amargamente, al tiempo que pedía perdón a sus padres y a Grunilda, por lo que acababa de hacer.
AdriPozuelo
Villamanta, Mayo de 2008
A través del ojo de la cerradura había visto una escena, que aunque no poco habitual en la estancia, pues ya había visto varias con la cocinera y alguno de los hombres y muchachos que llevaban a casa las mercancías, ésta le pareció extraña en demasía, ya que le pareció ver el rojo de la sangre sobre las vestiduras de Grunilda, la cocinera, y sobre el rostro y las manos del hombre que estaba de rodillas ante ella, la cual se encontraba en el suelo tendida y quieta, muy quieta, para conforme se movía en las otras ocasiones y callada, silenciosa, sin expresión alguna.
Por más, que la situación se desarrollaba sobre las frías baldosas del piso y las otras se desarrollaban sobre la gran mesa de madera, usada para la preparación de masas para hornear, como el aliño de los alimentos, como para el trinchado de verduras y carnes al prepararlas para los guisos, sita en el centro de la cocina y en trayectoria idónea, para que ella lo hubiese podido observar a través del ojo de la cerradura, sin ser descubierta.
Y, por más aun, que la extrañase el hecho de no sentir los quejidos que Grunilda emitía cuando aquellos hombres estaban, en la mayoría de las ocasiones, sobre ella y quizás por eso se quejase, pues a su corto entender, comprendía cuan daño le haría en la espalda la dura madera y otros utensilios que quedaban ocultos con su cuerpo cuando se tendía.
Con estas cavilaciones y preocupada en extremo, llegó a las cercanías de la puerta del dormitorio y hasta ella llegaron unos sonidos similares a los que había oído proferir al hombre que quedaba en la cocina ante Grunilda. Estos sonidos se le hicieron más nítidos al acercarse a la puerta y arrimar su oreja a ella, escuchando que se trataba de gemidos y estertores, igualmente similares a los que su madre y su padre emitían cuando se encontraban en ciertas situaciones, que ella había podido ver y oír a través del ojo de la cerradura, de aquella misma puerta. En muchas ocasiones no había querido observar, pero la curiosidad, la preocupación que sintió la primera vez que lo oyó, pues creía que estarían sufriendo por alguna causa que ella no comprendía, debido a que sus padres se demostraban un gran cariño, la obligaba, aun sin querer, a observar por si podría ayudar en un momento dado que lo necesitasen.
Pegó su ojo derecho al orificio de la cerradura y lo que vio, la provocó un fuerte estremecimiento y un escalofrío que la recorrió todo su cuerpo, al tiempo que un grito se formaba en su garganta y que con la boca abierta desmesuradamente por el pánico que sentía, fue a salir al exterior, logrando evitarlo al poner sus manos instintivamente sobre ella, reacción producida por el sentido innato de conservación. Supo al instante que allí ocurría algo muy raro, muy extraño y peligroso, al tiempo que comprendió que sus padres, lo mismo que Grunilda, estaban muertos, tendidos en el suelo y con unos seres muy raros con figura humana ante ellos. Según estaban arrodillados de frente a ellos, vio como extraían del interior de sus vientres unos cordones largos, retorcidos y sangrantes, los cuales se llevaban a la boca, al tiempo que emitían lo que a ella le parecieron gruñidos más que gemidos, como en un principio creyó que serían. Aunque estos fuesen de satisfacción, pudo comprobar que se trataba de contrario significado al que producían, tanto sus padres como Grunilda.
Al instante comprendió las veladas palabras que llegaron a sus oídos, cuando el día anterior oyó al jefe de policía hablando con sus padres, sobre algo parecido a ciertos monstruos que al parecer, y esto no llegó nítidamente a sus oídos, podría haber por la comarca, sembrando el pánico y el terror y dejando muerte y desolación a sus paso, desde y a donde no sabía nadie, ni de dónde hubiesen aparecido, ni dónde se dirigiesen.
De un salto, cual resorte retenido por trinquete se le da libertad de posición de nuevo y bajo sus pies se encontrase, se incorporó y echó a correr escaleras abajo.
Cuando llegó al salón, pensó en buscar algo cortante, algún instrumento con tan fino filo que pudiese cortar de un solo tajo los tubos flexibles que suministraban el gas a los quinqués adosados a las paredes. Se dirigió al estudio de su padre y volvió al salón con una catana en sus manos, aferrándola con fuerza con sus dedos.
De un solo tajo, fue cortando los tubos de cada uno de los tres quinqués y salió al exterior, encaminándose hacia la leñera. Una vez allí, busco yesca de la que usaba Rómulo para prender la caldera y tomó la caja de los fósforos. Volvió de nuevo a la casa y embozándose con la chaqueta de punto, se dirigió al despacho de su padre. Cerró la puerta tras de sí, prendió un fósforo y lo aplicó a la yesca, la cual salió ardiendo al instante. Con la yesca en una mano y el tirador de la puerta en la otra, se preparó. Era consciente de que tenía que actuar rápido, si no quería sucumbir abrasada. Abrió rápidamente la puerta, lanzó al salón la antorcha en que se había trasformado la yesca y cerró de nuevo. Se dirigió a uno de los estantes de la librería y tiró hacia sí de uno de los tomos, en cuyo lomo se leía: “Manual de primeros auxilios. Los mil y uno remedios caseros”. El libro tan solo rotó por la parte inferior del lomo, sin llegar a salirse de su sitio y al punto se abría una trampilla de hormigón, que a simple vista no hubiera localizado en el suelo ni “el más concienzudo investigador, por muy detallista que este fuera”. Como su padre le decía cada vez que abría y le mostraba el búnker, “por si vienen mal dadas y algún día lo necesitamos. Comenzó a bajar los escalones y se encendió automáticamente la luz. Al llegar abajo, la trampilla comenzó a cerrarse y al punto comenzaron a funcionar los extractores e impulsores de aire.
Se sentó dejándose caer al suelo y lloró amargamente, al tiempo que pedía perdón a sus padres y a Grunilda, por lo que acababa de hacer.
AdriPozuelo
Villamanta, Mayo de 2008
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