lunes, 2 de febrero de 2009

SIN RAZÓN

Nunca te consideré mía,
no pretendí tu posesión,
mas, entraste en mi vida,
te di el alma mía,
te ofrecí mi amor
y te di el corazón.
No pude ofrecerte tesoros,
más que el de divina juventud,
mas, te tuve como a una reina,
rebosando amor por mis poros,
en piel, que hoy es lasitud.
A estas andaduras del camino,
donde podría seguir de amor esclavo,
optas por un viejo acabado
que tus caprichos ha pagado,
dándome a mí de lado
y por el vil metal de octogenario
me odiaste, me desechas, sin importaros
que el mejor tesoro,
el amor.
De lo que te lamentarás algún día
cuando el filón sea finado,
del vil metal, el suyo,
del tuyo, cuerpo ajado,
sin amor, sin agrado
y de familia olvidados,
de la suya, de la tuya,
habiendo tu juventud prestado
a la voluptuosidad del deseo
de quien por padre hubiere pasado,
al verte a su lado,
aun en tu juventud.
Con cuerpos decrepitados
ni siquiera estaré yo,
tu lacayo enamorado,
hasta el saber de la traición.
Gracias, por el dolor descargado
de mi corazón enamorado,
ciego hasta haber encontrado
de tan vil desprecio tu razón.
Hoy no echo en falta tu amor,
pero me duele la traición,
en tantos años engañado
sin motivo, pero con razón.
Razón de avaricia insana
pues el metal no es de ley,
como el verdadero amor,
aunque deviniese de rey.
Pasaré este mal trago
con otro amor, mi postrero,
que aun inesperado conquistó,
mi amor sincero, mi corazón,
como es el que ella me ha dado,
el que ha sanado al que enquistó,
el odio que me has demostrado,
sin importe mi amor.
Gracias mi amor pasado,
pues de uno, tengo dos.

AdriPozuelo
Villamanta, 20 de enero de 2009

sábado, 2 de agosto de 2008

EL DIARIO

Como hoy me he regalado un diario, voy a escribir algo en él ahora, mientras como.

Sí, me lo he regalado yo misma, así, sin ton ni son, pues ya está bien de regalar a los demás de esa forma y que los demás no se acuerden de una y eso que, pero no todos, nada más que cuando es mi cumpleaños.

Pues, ¡hale! Que sirva esto mismo como encabezamiento del librito. ¡Quien me lo iba a decir a mí, que a mis años, me pusiera a escribir un diario! Pero, ¿no lo hacían todas mis amigas cuando éramos jóvenes?

¡Anda! Ahora que lo pienso, lo mismo lo siguen haciendo y soy yo la única que no lo hacía, como entonces, pues lo veía tan tonto, tan fuera de lugar, tan cursi, como me decía mi madre.

Pero bueno, todos cambiamos. Hasta la situación ha cambiado para mí desde entonces, y no diría que para bien precisamente. Aunque, si he de ser sincera, sí ha habido unos buenos años, pero, ¡ quedan tan lejos! Y eso que no hace más de cuatro, en que la situación no era así, no, qué va, ni muchos menos, pero aun así, quedan lejísimos para mí. ¿Por qué pueden llegar a cambiar de esa forma? ¿En qué nos equivocamos? Y ¿En qué momento fue, que no me di ni cuenta?

Creo que no hubo momento, que fue poco a poco. ¿Paulatinamente se dice? Creo que sí. Que se dice así, pero como una lleva tanto tiempo sin tocar una pluma como se suele decir,- nada más que las de los canarios, cuando limpio la jaula- pues ya pierde una hasta lo aprendido en el colegio, pues el instituto, no es que no lo llegase a pisar, pero fue eso, pisarlo,- hollarlo creo que quedaría más literario, pero en fin, ¡qué más da, si solamente voy a leer yo esto!- presentarme, como todos, y ni llegué a terminar el primer curso.

Primero, que la madre se queda embarazada; y como una era la única hija, pues, ¡hala! a dejar de estudiar, porque el embarazo la sienta mal y no puede hacer nada de la casa. Ni cuidar a los pequeños. Que hasta la sentaba mal que jugasen a su lado. La levantaban dolor de cabeza, decía. ¡Toma! ¿Y a mí? No solo dolor de cabeza, que hasta me levantaban las faldas y ella decía que: “-Son niños, lo hacen jugando. No tienen malicia, mujer” No, si no tendrían malicia, pero a mí me daba rabia. Me ponía de mala leche.

Claro que por no recriminarles, le vino una multa del ayuntamiento, por ese motivo. Porque le vino bien a Pablito: le “venía de mano”, como él dijo, la hija del alcalde por la acera, con una minifalda, -que dicho sea de paso, la niña las llevaba con “menos tela, que un traje de Tarzán de cuatro pelas”- que según meneaba el pompis se le veía, ya casi, la partida de nacimiento y, “ no pude resistir la tentación”, nos dijo.

Claro que, también, mira que fue tonto: la madre pagó porque él quiso verle las bragas a una chica que después fue su novia y su mujer, cuando si hubiese sabido tener la mano quieta, y hubiese sabido esperar, le hubiese salido gratis verlas, como a todos les sale, que mira que te dan la lata con que, “si nada más quiero verlas”,” que no te toco, de verdad”, “mira, me pongo las manos a la espalda y tú me las enseñas”. ¡Que esa es otra! Tú ya estás cansada de hacer lo mismo y él con las manos quietas. No si, unos tanto, con mano larga, y otros tan poco, con mano tonta. Y tú te dices: ¡pero cuándo se va a decidir el alelao este!

A lo que iba. Lo segundo, la segunda causa por la que dejé el instituto, fue que la que se quedó embarazada fui yo. Y es que, a Arturo, se le debió de despertar la mano, o se cansó de ver solamente, y se lanzó. ¡Oye! ¡Que, qué ímpetu! ¡Qué rapidez en quitarse lo que le estorbaba para hacer lo que tenía que haber hecho ya hace tiempo! Ahora que, como una no es de piedra y ya me estaba cansando la situación de exhibidora, -¿O se dice exhibicionista?. Bueno, es igual: que ya estaba harta de enseñar y no ver, y en cuanto vi “aquello” y con las ansias que se me vino encima, lo recibí sobre mí para aplacar tantas ansias reprimidas, igualitas a las de él, y sin las prendas que estorbaban la labor a realizar, pues en eso de quitárselas, siempre he sido más rápida que él, una vez decidida a hacerlo, o quizás, que soy más mañosa que él, que todo hay que decirlo, o aclararlo, pues no se vaya a creer nadie, que es que era ligera de cascos, o de ropa, no, no, ni mucho menos.
Bueno, vamos a ello.

Día primero.

Hoy, he vuelto a comer sola. Aunque para ser sincera, esto no es totalmente cierto. Tengo a mi lado a mi perrita. Mi fiel y amada amiga, casi hermana, por no decir casi una hija, que lo mismo se enfada, se molesta por compararla así, que come conmigo todos los días. No en el mismo plato, pero sí de lo que yo como, pues la doy algo de mi comida y se pone más contenta que unas castañuelas en manos de Antonio Gades.
También me acompaña alguno de los gatos, otros están dentro de casa, pues están más frescos que aquí en el porche, que aunque me haya puesto el ventilador junto a mí, y esté a la sombra del emparrado, para ellos hace calor y como son “más suyos” van a su aire. Otros estarán de farra por ahí, pues se van de casa, andan por todo el barrio, y se tiran varios días sin aparecer. La gata cuando está mucho tiempo fuera, después viene y no se va, hasta que no te deja otra camada, después que los cría y se valen por sí solos, vuelta al barrio y a empezar de nuevo.

Podría haber preparado la mesa del comedor, pues en la cocina hace mucho calor y no hay quien pare dentro, pero para mí sola, con todo lo que tiene encima y por no ponerme a colocarlo en su sitio..., como que no, me da una pereza...

¡Además! ¿Para qué voy a colocarlo yo? Que ya se lo vengo diciendo hace tiempo, tanto a él, como a mis hijas: que no pongan tantas cosas encima de la mesa, que las dejen en su sitio, ya que el trabajo sería el mismo, o que después las coloquen en sus respectivas habitaciones o lugares de cada cosa. Pero nada, como el que oye y ve llover, ni caso. Por un oído me entra y por el otro me sale. ¡Y ya estoy harta!

Ya me harté hace tiempo. Comencé por no recogerlas las habitaciones cuando limpiaba la casa. ¡Oye, que parecía que habían entrado ladrones, mira tú! Había más calzado y ropa tirada por el suelo y sobre las camas, que dentro de los armarios. Los cajones abiertos, y las puertas, y las ropas colgando de ellos. ¡Ya está bien! ¡Recoger las habitaciones ahora mismo! ¿Pero cómo podéis dormir ahí, de esa forma? Nada, seguían oyendo llover. Entonces, tomé la determinación de no hacerlo yo. Cuando tengan que acostarse, ya recogerán y colocarán. ¡Já!
Duermen el los sofás del salón, dicen que, es que se quedan “viendo la tele”, pero no creo que con los ojos cerrados se llegue a ver nada, o se van a dormir a casa de alguna amiga o la de algún amigo.

Yo pensaba que lo harían porque sus amigos serían más ordenados que ellos y por eso se quedaban en sus casas, pero no, pues hablando con otras madres, resulta que están tan desesperadas, cabreadas y hartas como yo y tomaron la determinación que yo tomé; no recoger nada.

Hablando con ellas, llegamos a la siguiente conclusión: cuando recogen la ropa, las habitaciones, es porque algún amigo va a dormir a su casa esa noche. Tras lo cual, piensas: ¿Por qué no vendrán más a menudo los amigos a dormir a casa? Incluso, agradecerías que se quedasen a cenar, con tal de ver recogidas las habitaciones, pues aunque me dieran más trabajo en la cocina, este sería más liviano, pues donde comemos cinco comen seis, o siete, y ni se nota. Y lo más importante para mí; no comería sola tantas veces.

Bueno, ya está bien por hoy. Mañana continuaré, ya he escrito bastante. ¡Hay que ver qué gustillo se le toma a esto!

Cerró el librito y se quedó mirando a su amiguita. La perra la miró, ladeó la cabeza y levantó las orejas, al tiempo que con el rabo barría las hojas secas que había en el suelo, al rededor suyo. Se aupó hasta el brazo de la butaca, apoyando sus patas delanteras y lamió la mano de ella.

Ella siguió mirando el vacío que había dejado el animalito, como si viese más allá de las baldosas de gres, como si traspasase el suelo, como si su vista buscase el fondo de una sima inexistente.


AdripOZUELO
Villamanta, 2 de Agosto de 2008

jueves, 17 de julio de 2008

FELIZ VERANO A TODOS

Fórmula V - Vacaciones de verano


Fórmula V - Eva María

Lo que puedes hacer, es lo que hace Eva: ve de vacaciones, a la playa o donde quieras, pero ve.
Yo, a Argentina. ¡¡¡Yajuuuuuuuuuuuu!!!

LA GRAN TENTACIÓN

Cada día se me hacía menos llevadero el pasar ante ella y no tocarla. ¡Estaba tan tentadora! Con esa redondez. Con esa piel tan brillante. ¡Con lo maciza que se la veía! Tenía que ser mía. No podía ser de otra forma, pues aquello me mortificaba desde que la vi por primera vez y eso que aun era muy pequeña, como para hacer algo con ella; al menos provechoso.
Mirando su exterior, cual vestimenta a rayas verdes y amarillas, pensaba en su sonrosado, ¿o sería rojo? interior y me decía, me repetía, un día tras otro: ¡Tiene que ser mía, a esa la tengo que hincar yo el diente! ¡Vaya que sí, que la muerdo! Pues estaba para comérsela. ¡Y de una sola sentada! Sabía, que podía hacerlo.
Aquella noche me decidí y fui a por ella. Tras mirar a uno y otro lado, me aseguré que no había nadie y que desde la casa no me verían. Me acerqué a ella y sin algún rubor la palpé bien su piel, comprobando en aquél embriagador azote lo mazizorra que estaba, lo a punto que estaba y me pareció que me decía, que me pedía con anhelo: ¡tómame, tómame!
Así lo hice. Sin ningún miramiento. Acuciado por las ansias de poseerla, la palpé toda su redondez para poder tomarla de la mejor postura posible, para no hacerme daño en la cintura. Tiré de ella hacia mí con decisión y noté su dureza en lo alto de mis piernas. Colocándomela bien por debajo de mi vientre y toda vez que, ¡ya era mía! salí por piernas de allí, no fuera a ser que el señor Mariano me pillase tomando el preciado fruto de su huerto, ya que desde que era bien pequeña yo le veía con el cariño que la cuidaba.
Cuando salí andando de allí, el abultamiento que llevaba bajo el delantal, me oprimía de tal forma el bajo vientre, que se me hacía difícil poder andar, al tiempo que sentía su peso enorme en mis manos, las cuales llevaba con los dedos entrelazados para poder aguantarla y que no se me reventase en el suelo.
Cuando llegué a casa ya no quedaba nadie levantado, todos dormían a pierna suelta, pues algún ronquido que otro se oía. Coloqué sobre la mesa, con sumo cuidado, con delicadeza, mi preciada prenda, me quité el delantal a rayas verdes y negras y me dirigí con decisión a la cocina. Volví con el largo cuchillo en mi mano y me senté frente a ella. Sujetándola con mi mano izquierda, la asesté un tajo en el centro y abrió sola. Había acertado; estaba madura. Me partí una buena lonja y me dispuse a degustarla.
¡Estaba divina! Como bien pensé, era roja por dentro.

AdriPozuelo
Villamanta, 12 de Julio de 2008

Al ombligo del mundo

Cual aguerrido guerrero,
se cree, con larga pluma,
y no en sombrero,
alba hoja como llena luna,
sin su carga en tintero,
que cumple así, una a una,
con trazo negro,
y no por así más certero,
su deseo,
su ilusoria misión,
e irradiando inquina,
dice a otro como poseedor.

Sus armas, esas siendo
y no calandria de cañón,
no usa boca al disparo
ni hace de su lengua
cual vil disparador,
hace uso , por contrario,
subrepticio comentario
y desde recoleta intención,
bautiza de chabacano
a quien no confesa,
de antemano,
de su misma condición.

Aunque leas sus palabras
cual hiriente munición,
no hagas caso a mediodías
habiendo enteros mejor,
sigue viendo huéspedes
donde invitados ni son,
metiendo baza en todo,
pues no hay desatino mayor
creer ser ombligo del mundo,
siendo su pelusa empelotada,
y por tal empelotarse,
embute pata hasta el corvejón.

AdriPozuelo
12 de Julio de 2008

En vista de la reacción que suscitó en cierta persona, mi relato de aquí abajo, en cierto sitio "blanco", se me ocurrió contestarle con esto de más arriba.
Es de los que creen que si escribimos esas cosas ahora, lo hacemos con odio y en cambio, es de la misma opinión, y condición, de los que lo hicieron, pensaron y obraron así (con odio hacia los "infieles") durante tantos años que duró en esta España de todos, -la cual creían que era solamente suya- la "cruzada" de la dictadura; de los que se creen salvadores de todos aquellos que se creían libres y votaron por una democracia, la cual vinieron a deshacer porque no les gustaba, e implantaron una dictadura por las armas, pasando por ellas a aquél que se les antojaba, porque no participaba, y practicaba, de sus ideas, siendo políticamente, y potencialmente, molesto para el "nuevo" -¡qué ironía!- régimen.¡Y todavía se creen salvadores! y encima; del "o pus" ( está bien puesto, pues son como un grano enquistado, presto a estallar, henchido de ella)
Por algo será, que no les gusta La Memoria Histórica.
Pero la memoria existe y no es malo recordar. Lo malo, es levantar de nuevo banderas por cualquier cosa y ver "huéspedes" en todas partes.

AdriPozuelo

JUSTICIA MORAL

Apenas habían transcurrido dos años, desde que, al final de la guerra, sus padres se habían casado “por la vicaría”. Dos meses antes, habiendo transcurrido cuatro desde el final de la contienda, habían recibido en la granja la visita del Melquíades, el alcalde y don Genaro, el párroco.
Aquella calurosa mañana del mes de julio, desde la posición en que se encontraba, oyó como aquellos dos hombres, sudorosos y fatigados, llegados a pie desde el pueblo, daban a sus padres el consejo, pues no la orden, como así se lo hicieron notar, para contraer matrimonio canónico y así legalizar su situación ante el nuevo régimen político de La Nación, ya que el civil, contraído durante La República, no era valido ni legal para el nuevo gobierno.
Por razones que entonces no comprendía, no pudo asistir al evento, pues tenía que permanecer en aquella posición, la cual ya le iba resultando artera.
Desde su posición, recordaba aquella mañana de Octubre, en que estando en la leñera, su escondrijo y refugio durante tres largos años, el cual, incomprensiblemente para él, abandonaba en contadas ocasiones y cuando lo hacía era para acercarse a la casa, siendo todo lo más lejos que había llegado, oyó el runrún del motor de un vehículo que se acercaba a la granja y el crujir de la gravilla del camino, bajo los neumáticos en su rodadura sobre el camino.
Al poco, distinguió un coche negro, largo, brillante, de tal limpieza, que al traspasar por el portón al recinto de la casa, éste se reflejaba en su lateral cual espejo móvil. Vio como dirigiéndose hacia su posición, se abrían sus puertas sin haberse detenido aun, lo que hacía al punto, apenas a cuatro metros de la trampilla, debajo de la cual se encontraba.
En el instante de detenerse el vehículo, se posaban en el suelo cuatro zapatos negros, bien lustrosos, que habían aparecido por debajo de las portezuelas al abrirse y que hasta ese momento habían permanecido suspendidos en el aire, calzando sendos pies, enfundados en calcetines negros, los cuales pendían saliendo por debajo de unas boquillas de pantalones de color gris.
Como impulsados por un único resorte, aparecieron cuatro hombres del interior del vehículo y al unísono quedaron de pie junto a él, quietos, con aire marcial. Los cuatro vestían de idéntica guisa: pantalón gris, camisa azul oscuro, boina roja, cinto ancho de cuero negro y gran hebilla plana. Portaban sobre sus narices sendas gafas con cristales oscuros, como si quisieran protegerse de los rayos ultravioleta, de un sol inexistente en aquella mañana de primeros de Octubre. De sus cintos pendían unas pistoleras de cuero negro, vacías, pues su mortal contenido lo manejaban en ristre cada uno de aquellos cuatro hombres, jinetes del Apocalipsis, endémicos de la posguerra.
Uno de ellos, el más viejo, al menos a él así le pareció, aunque no llegara a serlo, enteco, “tostao”, nariz aguileña, bigote ancho y corto por debajo de ésta, echó la mirada hacia su lado izquierdo, divisando a su padre que en ese momento salía de la casa. Diciendo un ¡vamos! tajante a sus acompañantes, se dirigió hacia él, con el brazo estirado y empuñando la pistola, la que enfrentaba directamente a su cabeza.
En ese momento, y desde su posición, idónea como para no perderse detalle, se dio cuenta del gran tatuaje que tenía aquel hombre; grabado en su antebrazo derecho, se distinguían un ubio y un haz de flechas.
-¡Eh, tú, rojo de mierda! ¿Creías que podrías darnos esquinazo toda tu puta vida? ¡Aquí terminan tus días, asqueroso mamón! Dicho y hecho. Terminó con sus días. Le dio pasaporte a la eternidad, la cual no se merecía. Ni tan siquiera eso, según sus mismas palabras, como él logró oír al asesino de su padre.
Quedó, contraído, asombrado, arrugado, bajo la trampilla de madera que le ocultaba a la vista de aquellos individuos, en la misma posición donde se encontraba, sin poder mover un solo músculo de su pequeño cuerpo, con la boca desmesuradamente abierta y los ojos desorbitados, por el terror, el temor y el espanto que le provocó tal escena, la cual, no había llegado al acto final aun.
Oyó y vio, a su madre como salía gritando y llorando, de la casa, seguramente alertada por las voces y los disparos que acababan de cercenar la vida de su hombre, padre de su hijo de 10 años y futuro padre del hijo que llevaba en sus entrañas desde hacía 6 meses.
Al ver a los cuatro individuos pistola en ristre y a su marido en el suelo con la cara destrozada por las balas disparadas a bocajarro, por cuyas heridas manaba su sangre, tiñendo la arenisca de rojo, comprendió lo que había pasado. Lo que allí acababa de ocurrir, era lo que ella venía vaticinando que podría suceder cualquier día, tras hacer caso a aquellos dos hombres que les aconsejaron, ¡que no ordenaron! que “debían contraer matrimonio cristiano”.
Desde su posición, harto incómoda por momentos, oyó como su madre, llorando y a voz en grito, se dirigía a aquellos pistoleros, con saña, con ira y valentía a un mismo tiempo.
-¡Fantoches! ¡Asesinos! ¡Cobardes! Y como en tono irónico, proseguía: ¡Qué valientes que sois, en grupo, y con un arma en la mano! Tras de lo cual, les escupía a sus pies. Vio como su madre se agachaba y se abrazaba al cuerpo inerte de su padre y como el del tatuaje bajaba su brazo empuñando la pistola, apuntando a la espalda de su desesperada madre, terminando de vaciar de balas el cargador, como así se lo decían los varios clic que salían del arma, pues aquél energúmeno seguía disparándola.
-¡Dos cerdos comunistas menos! ¡Camaradas, terminen y vayámonos de aquí!¡El deber nos llama en otros sitios!
Por primera vez, uno de los flechas habló, pues hasta ese momento habían permanecido en silencio sus bocas, no habiendo producido otros ruidos que los que provocaron las suelas de sus zapatos con el crujir del disgregado suelo y el que hicieran sus pistolas al dispararlas sobre los dos cuerpos que, abrazando la mujer al hombre, quedaban en el suelo, sobre una gran mancha viscosa de sangre.
-¡Marqués! ¿Y al crío, no le damos matarile?
-¡Ya oísteis al Melquíades! Ese debe de andar aun por las rusias, que es donde toda esta chusma bolchevique mandó a todos sus cachorros.
Desde su posición, veía, y creía oír, al marqués, pronunciar aquellas palabras.
Desde su posición, la de este lado de la mesa, sentado en el sillón de madera, con asiento y respaldo de cuero negro, perteneciente al jefe local de movimiento en cuyo despacho se encontraba, veía en la posición que estaba, al otro lado de la mesa, a un marqués 25 años después, misma vestimenta, mismas gafas, mismo bigote hitleriano y mismo, para él, asqueroso y repugnante tatuaje. Único cambio, debido al paso de los años, las ligeras arrugas que surcaban su frente y los dos surcos que verticalmente encuadraban su boca, acentuando aun más, si cabe, su rictus de mala leche.
Desde su posición ganada a pulso, con tesón, con valentía, producto de aquellas ganas febriles de hacer justicia, la cual les había prometido a sus padres que haría, ante ellos, en aquella granja y que a medida que fue creciendo supo que podía usar la misma justicia que “ellos” hacían gala de usar y con igual impunidad de la que “ellos” parecían poseer.
El marqués le relataba, cosa que él bien sabía, como había ido atando cabos, relacionando las muertes de aquellas personas, con hechos y lugares, habiendo llegado a la conclusión de quién era el jefe local; cual era su verdadera identidad. Tras notar, o suponer, que había algo raro en la muerte del Melquíades, al haberse despeñado inexplicablemente con su flamante FIAT; al no estar muy claras las circunstancias en que la lámpara de bronce, que habiendo estado durante siglos suspendida sobre el altar de la parroquia, se le vino encima a don Genaro; al ver algo más que simples accidentes ocurridos a los jefes de centuria, antaño flechas, donde a uno se le dispara un arma cuando procedía a su limpieza; al otro se le cae de las manos, mire qué casualidad, si nunca usaba ese tipo de maquinilla, pues eso era “ de maricones” según él decía, su Phillips a estrenar dentro de la bañera, cuando se bañaba y se afeitaba y estando llena de agua; al otro lo arroya un vehículo al cruzar La Castellana en Madrid, dándose a la fuga el conductor, encontrándose el coche abandonado cerca de Atocha y habiendo sido robado tres días antes en Bayona, ¡que siga mirando que casualidad, hombre! Había llegado por fin a la convicción, de que él era el causante de todo aquello.
Por todo ello y porque sabía que él sería el próximo “accidentado”, lo que había logrado evitar, le conminaba a entregar su arma, pues una vez descubierto , no tenía nada que hacer y si no lo mataba ahí mismo, es porque hubiera sido demasiado evidente y ahora no estaban las cosas como antaño. El tenía pensado morir de muerte natural y debía ser honrado con todos los honores inherentes a su rango.
Desde su posición, se dispuso a abrir el cajón central de su mesa. Lentamente, como el marqués le había ordenado que así efectuase todos sus movimientos, extendió un brazo, llevando su mano abierta, los dedos separados y el índice curvado, dispuesto a coger la anilla que le servía de tirador, en tanto que se miraban fijamente, clavándose la mirada mutuamente, con la recíproca intención de no perder detalle de ninguno de sus movimientos.
Estando su mano próxima al tirador y aun visible por el marqués, salieron tres balas por el frontal de la mesa, en dirección al tórax del aristócrata camisa vieja. No dijo nada. No le dio tiempo. Solamente, y antes de que la vida le abandonase, pudo lograr hacer funcionar los músculos faciales para abrir la boca y los ojos desmesuradamente, en un gesto de incredulidad y asombro.
En tanto que él, desde su situación, la de victoria, la de triunfo tantos años esperado y estudiado tan metódicamente; desde su posición, la de este lado de la mesa, la de verdugo ajusticiando, la de hijo vengando la muerte de sus padres, la de asesino que se vale de la misma impunidad de la que se valían “ellos” para cometer asesinatos, inclinándose hacia el marqués y en lo que le quedaba un halo de vida, la cual comenzaba a derramársele por la boca a cada estertor de sus pulmones, le dijo pausadamente, clavándole la mirada en sus ojos:
-¡Tenías que haber sabido también, que mi título de ingeniero y de camisa nueva, no es honorífico como el tuyo, mamón!

AdriPozuelo
Villamanta, 9 de Julio de 2008

domingo, 8 de junio de 2008

Chelsea Hotel - LEONERD COHEN

Aquí dejo estos vídeos con imágenes, músicas y canciones, de este "gran muchachote" canadiense, que en tantos y tantos kilómetros de carretera me acompañó hace ya unos cuantos añitos, al igual que Janis. Espero que os guste a quien lo escuchéis, como a mí me gusta, que precisamente por eso lo pongo, claro está.
El primero se lo dedica él mismo a Janis Joplin, una chica que cantaba muy bien, ¡qué digo bien, cojonudamente! y que murió, al parecer de sobre dosis, sola, en un hotel, con toda una vida por delante, pero truncada, como tantas otras, por la droga.

Yo, personalmente, se lo dedico a tres mujeres escepcionales y queridas por mí, por diferentes motivos, o razones, y de peso, una de otras. ¡Y digo bien,una de otras!
Cris, María José y Maruxiña.