sábado, 29 de marzo de 2008

ADIOS AL...


Cuando te conocí tenía, ¿trece, catorce años? No lo recuerdo con exactitud, pero en todo caso, joven e inmaduro para eso, sí lo era.

Eso, ese acto, ya se lo había visto realizar a muchos mayores, a mi padre, a mis tíos, a amigos de ellos, a vecinos, como a extraños en general y parecía bueno. Tanto es así, y por tal motivo, que quise probarlo yo también y me puse manos a la obra.

Al principio, la primera vez, no me supo muy bien que digamos. No le encontré el gustillo que veía a otros que le sacaban al acto de chupar “el pitorrín”, como lo llamaban algunos. No sabía dulce aquello, no estaba amargo tampoco y salado, ¿salado?, no, tampoco salado. ¿Qué raro sabor era aquél? ¿Cómo podían sacarle el gusto a esto? Sería cuestión de seguir intentándolo. Tras la primera vez, vino la segunda, eso es obvio, y hubo una tercera y una cuarta, así, hasta que le cogí el gustillo, el tranquillo.

Cuando la primera vez te tomé, y muy torpemente, entre mis dedos, parecías tan frágil, tan suave, tan liviano, que temí hacerte daño, romperte, o dañarte en el exterior y quedarme compuesto y sin novia, como quien dice. Sin probarlo, sin degustarlo, sin catarlo, sin sacarte el gustillo, vamos. El gustillo, que al parecer, - y según la expresión de satisfacción, de regusto en el chupar que se reflejaba en sus semblantes- sacaban otros, yo, por tanto, ¡no podía ser menos! No lo fui y te saqué toda la esencia, todo tu sabor, todo tu aroma embriagador, todo tu contenido, desde lo más profundo de ti, hasta el punto de llegar hasta el final apurándote al máximo.

Cuando terminaba con uno ya estaba pensando en el próximo. ¿Cuándo podría echar otro? En cuanto se presentara la ocasión. ¿Cómo haría para que nadie se enterase y no me vieran? Ya me las apañaría yo bien para que eso no sucediera, pues aparte de ser pecado, según me habían comido el coco, estaba reservado a los hombres, a los hechos y derechos y con pelos en el pecho. ¡Ya me crecerían, no te digo!

Al principio, digamos que tras cogerle el tranquillo y el gustillo, que yo diría el gustazo, y a los pocos días del primero, me fui aficionando y pasé de uno o dos al día, a cuatro, o quizás cinco, e incluso más. ¡Qué barbaridad! ¡Qué brutalidad! A esa temprana edad y echando más de cinco al día. Pero, ¿qué quieren, si uno es joven, fuerte, resistente a todo, incluso a las tormentas a la intemperie? Si se tiene aguante para trabajar duro, pulmones como para subir un 8000 sin oxígeno y de una sola tacada, ¿cómo no va a aguantar el cuerpo, cinco, seis, diez y los que pudiese uno echarle? Si lo hacían los mayores, aun trabajando menos que yo, y hasta los que se sustentaban en bastón porque las piernas ya les flaqueaban, ¿no iba yo a hacerlo también? ¡Por supuesto! Si no mejor, al menos igual. Y así lo hice, hasta ahora; y eso, que van cayendo unos veinte al día y los años, tengo al caer los 58 sobre mis espaldas.

Pero amiga, hoy por hoy, tengo que dejarte. Tengo que prescindir de ello amigo. Amigo, de casi toda mi vida. Amigo que me has acompañado tanto. Tanto, que a veces has sido mi mejor compañero de fatigas. Fatigas sobre todo, y más últimamente, pues ya asfixias. Me dejas sin respiración a veces. Me tienes cansado. ¡Harto!, en una palabra.

No quiere esto decir, que no te salude, o que me haga el loco cuando te vea, pues no obstante, han sido muchos años de convivencia y complicidad, no, pero a mis labios no te acercarás más, no te llevaré más hacia ellos. No saborearé más tus jugos, ni aguantaré tus malos humos. No me dormiré contigo, ni estarás más a mi lado antes de dormirme. Ni antes de dormirme juntaremos más nuestras bocas. Mi boca con tu boquilla, claro. Pues, aunque al principio no la tenías, que lo hacíamos a pelo, sin nada artificial ni artificio alguno entre los dos, he comprobado que, con protección o sin ella, a pelo, es igual; me sientas mal. Fatal. ¡Que lo sepas!

Por tanto, no voy a quemarme más por ti; no voy a quemar más el dinero, pues hasta mi nieto ha aprendido, y ya sabe decir: “¡abuebo, no humes!”. Así que, adiós cajetilla mía. Adiós cilindrín de mis pecados; de antaño, se entiende, que ahora no peca ni el más, ni el menos pintado.

viernes, 14 de marzo de 2008

AMOR, INVISIBLE AMOR


Llevo dentro el amor

que quisiera darte todo,

mas, siento con pena, con dolor,

no saber del modo,

si con dulzura, vehemencia, ardor,

no te ha de ser gustoso,

dímelo tú mi sirena, mi musa,

mi ninfa, mi amor

y habré de encontrar acomodo.

Pues, sin lesar el corazón,

ni quebrantar intención,

sin doblegar ego,

ni perder la razón,

se puede: amar con ardor,

dulzura, y al tanto cordura,

facer, crear la figura,

entrambos; los dos

a más, a la sazón.

¡Oh! Cuan insignificantes somos

en la tierra, en el propio cuerpo,

en el corazón de otra persona,

como en el infinito Cosmos,

pues al olvidar lo que somos,

ya que no brizna de arena,

ni mota hecha de polvo,

creémonos grandes,

punto, eje, centro de todo,

siendo, nada más que amor.

Nada menos somos,

que invisible cosa preciosa,

y al igual que mariposa,

las alas batir queramos,

para al cielo elevarnos,

y así encontrarnos

henchidos de dolor,

a causa de sincero amor

y en bella flor posarnos

cual puede ser una rosa,

de su polen impregnarnos,

dulce como miel,

amor como hiel,

y por más, que fuere amargo.

¿Haya más maravillosa

o dulce, otra cosa

que amargo amor?

¡La miel de amar,

al ser amado!

LA SOLEDAD DE LA NOCHE

Hacía ya largo rato que caminaba por la ancha acera de la gran avenida. Solo, cabizbajo, ensimismado en sus pensamientos. Nunca había hecho el trayecto a solas. A esas altas horas de la noche, siempre había alguien que caminaba en su misma dirección e incluso llevaban su mismo itinerario, al punto de llegar a hacerle compañía hasta su casa.

Anónima, pero compañía a la postre.

No pasaba un automóvil, ni en una u otra dirección, desde hacía unos cuantos minutos. A los limpiadores de las calles aún les faltaba al menos dos horas para comenzar su jornada nocturna y el camión que recogía las basuras ya había pasado por allí, como pudo comprobar al ver los contenedores vacíos al borde de las aceras.

Tan solo oía sus propios pasos, sus tacones al golpear sobre las baldosas de cemento: tac, toc, tac, toc, pues sus pensamientos, aunque eran como para clamar al cielo, no se dejaban oír, solo los sentía en su cerebro y le repercutían hasta el corazón.

Dobló a la derecha en la siguiente esquina y se adentró por una calle bastante más estrecha que la avenida. El ruido de sus tacones se reflejó en las paredes de ambos lados y le sirvieron de música cadenciosa de compañía, como si quisieran marcarle el ritmo de sus pensamientos: tac, toc, tac, toc, Unos metros más adelante, a la altura del frontón, dobló hacia la izquierda y se adentró en la calle ancha dejando a sus espaldas la alta tapia del jai-alai. Nunca -o apenas lo hacía- tomaba esta calle para ir a su casa, al menos de noche, pues en los setos que había a ambos lados, podía esconderse alguien fácilmente y darle un susto, -como a más de uno le había pasado- además de atracarle. Los setos y los árboles absorbían todo sonido que se efectuase allí mismo, impidiendo que se reflejase en las paredes de los edificios que quedaban tras ellos, tanto de tacones sobre el suelo como gritos pidiendo auxilio.

Normalmente seguía las paredes del frontón y más adelante tomaba por la serpenteante avenida que conducía hasta su barrio.

Adentrado unos cincuenta metros en la calle de los setos, oyó a sus espaldas, bastante atrás de donde él estaba, el sonido de unos tacones sobre el asfalto, muy parecidos a los que él venía realizando: tak, tok, tak, tok. Se detuvo y se giró hacia atrás por ver quien le seguía y no divisó nada ni a nadie, desde allí hasta la gran tapia, con su farol encendido y a la mitad de su altura, y proyectando su luz mortecina sobre la acera.

Encogiose de hombros, pensó que serían sus propios fantasmas interiores que le jugaban una mala pasada y volviéndose de nuevo, reanudó la marcha retomando el hilo de sus pensamientos. Tac, toc, tac, toc, sus tacones volvieron a marcarle el ritmo. Al momento, tras de sí, tak, tok, tak, tok volvieron a oírse. Esta vez, sin volverse, aceleró sus pasos, al tiempo que su tac, toc, se hizo más seguido, más rápido. El tak, tok perseguidor hizo otro tanto y su inquietud se transformó en desasosiego. Tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok…y no pudo más. Se detuvo en seco, se giró y gritó: ¿Hay alguien ahí? ¡Quién quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

A los pocos instantes, oyó una voz proveniente de lo alto de la gran pared, atenuada por la distancia:

¿Hay alguien ahí? ¡Quien quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

Encogiose de hombros, esbozó una amarga sonrisa y volviéndose de nuevo, sacaba un pañuelo de uno de los bolsillos, empapaba en él los surcos de sudor que resbalaban por sus mejillas y reanudaba la marcha al tiempo que se oía de nuevo: tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok.