El largo y penetrante chirriar de las ruedas en su frenada lenta, parsimoniosa, sin prisa alguna, producido por el roce metálico de las zapatas sobre las ruedas, cesó.
Dispuesto a bajar y preparado desde que el tren entró en el enmarañado cruce de raíles, se encontraba junto a la puerta del compartimento, con el maletín de cuero marrón y su paraguas recogido en una mano, mientras con la otra se asía a la barra verticalmente instalada junto a la puerta, para no caer en el momento de la parada.
Había estado observando con mirada perdida en sus pensamientos, abstraído en unos recuerdos lejanos y añorados, como lentamente pasaban ante él columnas de hierro quietas, muy quietas, estáticas y silenciosas, plantadas sobre su base de hormigón, que a modo y a falta de gentío en los andenes para recibir a los viajeros, estaban dispuestas para tal cometido.
Ellas, que día tras día, año tras año, hiciese frío o calor, se encontraban allí para recibirle a él y otros como él o quizás aún más pesarosos si cabe, lo mismo que más alegres, con su frío, silencioso y vano abrazo, como amigo o familiar distante e impersonal que no tiene palabras con qué recibirte.
Pensó en la casa, en cómo estaría este año, cuantos habitantes indeseados minúsculos, peludos, de hocico puntiagudo y largos bigotes, tendría que echar de ella para poder pasar tan solo quince días y tan solo precisamente. Sin el grito de una madre, sin la voz arrulladora y sensual de una mujer y sin el llanto de un niño, por otra parte nunca olvidados, pues le perseguían allá donde fuere machacona e insistentemente en su interior, en lo más profundo de su ser, allá en el más recóndito átomo o molécula de su cuerpo.
Bajó del tren y ni las frías columnas se dignaron darle un frío abrazo de bienvenida.
Se dirigió a la taquilla pensando en encontrarla ocupada por el expendedor de billetes y no por una fría materia inorgánica.
Pidió un billete y el horario del próximo tren. Le satisfizo la hora: “en diez minutos lo tiene usted aquí”, le contestó el hombre de la taquilla. Una voz ronca que aunque le había proporcionado una información valiosa, era impersonal, distante; lo mismo y en iguales términos le hubiese contestado a una de aquellas recibidoras estáticas que poblaban el andén vacío y desolado de la estación.
Pagó su billete y dio las gracias al hombre. Acto seguido se encaminó decidido, tal como había llegado, serio, taciturno y triste al otro lado de las vías y se sentó en el hormigón de una de las calladas columnas a esperar.
2 comentarios:
(voz aflautada on)
Queda inaugurado este blog
(voz aflautada off)
¿?
¿Será kuato?
¿Será Majo?
Será, será.
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