Por enésima vez volvió a desenganchar la cantimplora de su cinturón, aproximándosela a los labios con indolente ademán. La volteó sobre su boca, abriendo esta al máximo para procurar que no se le derramase ni un átomo del preciado líquido, comprobando por enésima vez, igualmente, que no salía absolutamente nada por aquél agujero negro y profundo que tenía ante sus ojos.
Ojos irritados, marchitos, ajados, al igual que sus labios y resecos como su garganta y sus entrañas.
Entrañas impregnadas de polvo y arena que el viento hacía elevarse desde el suelo y tras describir torbellinos en el espacio se introducían por su boca en tráquea, laringe y bronquios, yendo a quedarse instalados en los alveolos como pretendiendo construir un muro de sílice para después asfixiarlo.
El velo del paladar lo sentía áspero, pétreo, pesado cual losa de granito, amenazando desprenderse y lapidarle la lengua, cuando entraban en contacto.
El horizonte -puro y duro espejismo en su cerebro, pues sus ojos no podían apreciarlo desde hacía varias horas- se le presentaba ante sí cercano; tan próximo, que creía que de un momento a otro, -quizás un paso más- caería del otro lado.
Al otro lado se encontraba su salvación. Al otro lado estaba el campamento. El campamento al cual debería haber llegado hacía días y por lo tanto deberían estar esperándolo. Su campamento, del cual había partido hacía, -¿cuánto tiempo hacía? ¿cómo es posible que no lo recordase? pensó en un instante de lucidez- treinta días portando las nuevas órdenes y por tanto la nueva estrategia a seguir en el frente, quedaba a sus espaldas, kilómetros atrás. Mas, si tenía que haber estado allí hace días, ¿cómo es que no habían decidido salir a buscarlo? - pensó de nuevo, creyéndose en otro momento de lucidez-.
Lo que él ignoraba es que en el campamento nadie le esperaba. Nadie había sabido que llegaría alguien con nuevas órdenes, ni nadie podía saberlo ya, puesto que nadie quedaba en pie, ni tumbado, ni vivo. Por tanto, nadie querría saberlo.
Rodó por la ladera de la duna movediza, tras no encontrar su pie el apoyo necesario para continuar adelante. Sintió como la arena frotaba su cuerpo semidesnudo, cual asperón que quisiera limpiarle el alma para llegar con ella limpia a su destino y no pudo escaparse lamento alguno por su boca, por encontrarse ocupada del sílice ardiente del desierto.
Evocó un pueblo de Castilla la Nueva, una familia, una novia y unos amigos que le sonreían con una copa de vino en la mano, dándole la bienvenida por su regreso a casa y se durmió cubierto por el cálido manto que le protejería de la fría noche sahariana y la noche de los tiempos.
2 comentarios:
Hola guapiño, aquí estoy echándole un ojo a tu blog ahora que tengo un poquito de tiempo.
Cómo me gusta lo bien que escribes.
Biquiños neno.
Hola Adri.
Bonito todo
Lindas fotos.
Triste lo de tu abuelo.Me llegó al alma.
Sos muy sensible.
Escribes con el corazón
Soy Cristina la de SyG.de Bs. Aires no la otra, jejej
Ahh y además simpático.
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