viernes, 14 de marzo de 2008

LA SOLEDAD DE LA NOCHE

Hacía ya largo rato que caminaba por la ancha acera de la gran avenida. Solo, cabizbajo, ensimismado en sus pensamientos. Nunca había hecho el trayecto a solas. A esas altas horas de la noche, siempre había alguien que caminaba en su misma dirección e incluso llevaban su mismo itinerario, al punto de llegar a hacerle compañía hasta su casa.

Anónima, pero compañía a la postre.

No pasaba un automóvil, ni en una u otra dirección, desde hacía unos cuantos minutos. A los limpiadores de las calles aún les faltaba al menos dos horas para comenzar su jornada nocturna y el camión que recogía las basuras ya había pasado por allí, como pudo comprobar al ver los contenedores vacíos al borde de las aceras.

Tan solo oía sus propios pasos, sus tacones al golpear sobre las baldosas de cemento: tac, toc, tac, toc, pues sus pensamientos, aunque eran como para clamar al cielo, no se dejaban oír, solo los sentía en su cerebro y le repercutían hasta el corazón.

Dobló a la derecha en la siguiente esquina y se adentró por una calle bastante más estrecha que la avenida. El ruido de sus tacones se reflejó en las paredes de ambos lados y le sirvieron de música cadenciosa de compañía, como si quisieran marcarle el ritmo de sus pensamientos: tac, toc, tac, toc, Unos metros más adelante, a la altura del frontón, dobló hacia la izquierda y se adentró en la calle ancha dejando a sus espaldas la alta tapia del jai-alai. Nunca -o apenas lo hacía- tomaba esta calle para ir a su casa, al menos de noche, pues en los setos que había a ambos lados, podía esconderse alguien fácilmente y darle un susto, -como a más de uno le había pasado- además de atracarle. Los setos y los árboles absorbían todo sonido que se efectuase allí mismo, impidiendo que se reflejase en las paredes de los edificios que quedaban tras ellos, tanto de tacones sobre el suelo como gritos pidiendo auxilio.

Normalmente seguía las paredes del frontón y más adelante tomaba por la serpenteante avenida que conducía hasta su barrio.

Adentrado unos cincuenta metros en la calle de los setos, oyó a sus espaldas, bastante atrás de donde él estaba, el sonido de unos tacones sobre el asfalto, muy parecidos a los que él venía realizando: tak, tok, tak, tok. Se detuvo y se giró hacia atrás por ver quien le seguía y no divisó nada ni a nadie, desde allí hasta la gran tapia, con su farol encendido y a la mitad de su altura, y proyectando su luz mortecina sobre la acera.

Encogiose de hombros, pensó que serían sus propios fantasmas interiores que le jugaban una mala pasada y volviéndose de nuevo, reanudó la marcha retomando el hilo de sus pensamientos. Tac, toc, tac, toc, sus tacones volvieron a marcarle el ritmo. Al momento, tras de sí, tak, tok, tak, tok volvieron a oírse. Esta vez, sin volverse, aceleró sus pasos, al tiempo que su tac, toc, se hizo más seguido, más rápido. El tak, tok perseguidor hizo otro tanto y su inquietud se transformó en desasosiego. Tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok…y no pudo más. Se detuvo en seco, se giró y gritó: ¿Hay alguien ahí? ¡Quién quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

A los pocos instantes, oyó una voz proveniente de lo alto de la gran pared, atenuada por la distancia:

¿Hay alguien ahí? ¡Quien quiera que sea, que de la cara. Le advierto que voy armado!

Encogiose de hombros, esbozó una amarga sonrisa y volviéndose de nuevo, sacaba un pañuelo de uno de los bolsillos, empapaba en él los surcos de sudor que resbalaban por sus mejillas y reanudaba la marcha al tiempo que se oía de nuevo: tac, tak, toc, tok, tac, tak, toc, tok.

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