Entraron en la habitación como dos enamorados. Ella pasaba su brazo derecho por la espalda de él, a la altura de su cintura, en tanto que de su mano izquierda colgaba un diminuto bolso blanco acharolado. Él, pasaba su brazo izquierdo sobre el hombro de ella y en su mano derecha pendían la llave y el rectángulo amarillo de cobre, el cual, tenía por objeto recordar a los clientes del hotel que habían de depositarla en recepción, antes de salir a la calle.
El hombre pasó su pie derecho al otro lado de la puerta cerrándola tras de sí, en tanto que el llavero lo depositaba sobre una hoja de cristal, puesta a tal efecto sobre el pequeño mueble del recibidor, sobre el cual pendía un espejo circular, el cual a su vez pendía de un cordón dorado que bajaba desde un camafeo de cobre sujeto a la pared, con no se veía qué. -Posiblemente esté pegado a la pared o clavado con una alcayata. Pensó el hombre al verlo, ya que una de las cosas que le mantenían en la brecha era fijarse en todo detalle, por nimio que fuese, allá donde iba o entraba.
Al pasar ante el espejo la mujer no pudo evitar la tentación de comprobar el estado de su peinado, así como el rojo carmín de sus labios, en la imagen que la devolvía el mismo. En parte la satisfizo, a pesar del carmín rojo vivo de sus labios, quizás un poco recargado para su gusto, al tiempo que pensaba que la ocasión así lo requería y el detalle quedaba sin importancia si lo comparaba con el sacrificio que estaba haciendo.
Llegados junto a la cama, el hombre se sentó en el borde y se dispuso a deshacer el nudo de los cordones de sus zapatos, en tanto que la mujer le pidió que la excusase, ya que tenía necesidad de ir al baño, al tiempo que dejaba sobre la mesilla de noche el diminuto y reluciente bolso. Según se encaminaba hacia el excusado, el hombre se fijó en su esbelto cuerpo, aunque ya lo había observado con detenimiento en la calle, pues era el tipo de mujer que le gustaba y con las que se relacionaba últimamente. Anteriormente, pocos meses antes, sus gustos cambiaron, ya que hasta entonces las prefería morenas, más rellenitas y con menos años. Observó sus largas y torneadas piernas cubiertas por medias de cristal, cómo saliendo de la parte baja de un vestido corto de seda blanco, llegaban hasta los zapatos de charol blanco con agudos tacones de aguja. Lo que le agradaba y le atraía en suma, eran sus caderas y su contoneo. Quizás algo afectado, pensó, pero no le dio más importancia, ya que ese tipo de mujeres actuaban así, se dijo. Observó cómo su rubio cabello despedía destellos dorados al pasar bajo la lámpara, debido al movimiento que hizo con la cabeza para volverse a mirarlo, como si hubiese intuido que era observada. Lo que pudo comprobar que así era y le obsequió con una gran sonrisa pícara, al tiempo que deslizaba su lengua de un lado a otro de sus labios.
Finalizada la tarea de descalzarse, colocó los calcetines estirados sobre los zapatos, dejando estos al otro lado de la mesilla. Comenzó a desvestirse y según iba quitando prendas de su cuerpo las iba dejando colocadas despacio, metódica y ceremoniosamente, con delicadeza como si temiera que se rompieran, o se arrugaran al menos, sobre el respaldo del sillón que se encontraba al otro lado de la mesilla junto a la cama.
En uno de esos movimientos su mano pasó cerca del bolso de la mujer y como era costumbre en él, lo registró, comprobando que no contenía nada que pudiera comprometer el momento. Tanto es así, que por no llevar, no llevaba ni su documento de identidad, ni alguna otra cosa que pudiese hacer posible su identificación. Tanto mejor, se dijo, ya que eso facilitaba aún más su supervivencia, al tiempo que pensaba que estas mujeres no solo eran de vida ligera, sino que eran ligeras de cabeza también.
Tras finalizar el hombre con la escrupulosa colocación de sus prendas, la mujer apareció desnuda tras abrir la puerta del baño y encaminándose hacia la cama se tumbó en ella boca arriba, comprobando que su imagen se reflejaba en un espejo colocado en el techo sobre la cama. Notó cierta sensación de vergüenza y pidió que no se le hubiese notado exteriormente, al tiempo que él se sentaba a su lado. Desde esa postura, de espaldas a ella, pudo comprobar la estupenda musculatura del hombre. Cosa que la extrañó por los años que aparentaba, aunque quizás no lo encontró tan raro, pues muchos de sus compañeros de gimnasio, y con más años aún, tenían semejantes musculaturas e incluso mejores. Claro que su profesión así lo requería se dijo.
Con la billetera abierta en sus manos, la preguntó casi afirmativamente. –Entonces, quinientos euros por toda la noche y completo, ¿no es así? A lo que ella le contestó afirmativamente. Le vio como hacía el movimiento para ponerse en pie y dejar el dinero sobre la mesilla, al tiempo que sin llegar a coger dicha postura, según seguía inclinado sobre el mueble, extendía su mano izquierda hacia el asiento del sillón y extraía de debajo de sus ropas, exquisitamente colocadas, un cuchillo de medianas proporciones y reluciente hoja. Con rápido movimiento de cintura y de brazo, asestó un tajo de delante hacia atrás, transversalmente sobre la almohada, donde una fracción de segundo antes se encontraba la garganta de la mujer que en ese instante rodaba de costado sobre la amplia cama y caía al suelo por el lado opuesto. El hombre dio un salto felino y se encaramó sobre el lecho, saltando de nuevo en pos de ella. La mujer le vio aparecer sobre ella y trató de seguir rodando para descabullirse del cuerpo que se le venía encima y así poder incorporarse para hacerle frente. En el momento que se incorporaba, estando con las manos y las rodillas en el suelo para darse impulso, recibió una brutal patada en su vientre. Aguantando el dolor como había aprendido a hacerlo, en cuestión de segundos pensó que con quien tenía que vérselas en esos momentos, no era un melindres demente, era un asesino concienzudo y peligroso ya que sabía luchar y dónde asestar los golpes, como comprobaba al instante, pues un nuevo puntapié la mordía el hígado en lo más profundo. Apretó de nuevo sus músculos abdominales y puso en tensión los de sus brazos y piernas al tiempo que recibía una patada certera en su pierna, notando y oyendo la rotura de la tibia. Según se daba la vuelta, ya en el aire, lanzó su pierna intacta contra la mano armada de su agresor, logrando de un puntapié que soltase el arma y cayese al suelo cerca de donde ella caía de espaldas. Aferró el cuchillo con su mano derecha, justo en el momento que el encolerizado agresor trataba de impedírselo de un puntapié y quedaba a horcajadas sobre ella, viendo cómo extendía su mano izquierda hacia arriba, hacia él, en ese instante, no pudiendo evitarlo, ya que en ese momento él caía y no podía retroceder a tiempo.
La pelea fue trepidante. La escena se desarrolló en un instante y vino a fastidiarle la que se prometía excitante como tantas otras que había presenciado con su catalejo desde donde se encontraba, en su habitación, al otro lado de la calle. En el preciso instante que vio lo que sucedía, llamó al 091 desde su móvil sin despegar el ojo de la lente, para no perder ripia de lo que allí sucedía.
Cuando entraron en la habitación, el comisario y varios números de la policía, lo que vieron les sobrecogió el estómago, por muy acostumbrados que estuviesen a ver todo tipo de carnicería humana.
La mujer, desnuda y ensangrentada, jadeante, dando bocanadas para tomar aire, ya que era evidente que la costaba respirar, yacía boca arriba en el suelo, sobre un charco de sangre, con un cuchillo en la mano derecha y aferrando con la izquierda una tajada, o masa informe de carne, al parecer perteneciente al hombre, que retorcido sobre la alfombra y empapada de su propia sangre, tenía las manos en la entrepierna, puestas a modo de tapón, intentando que no se le fuese por allí la vida, como lo que se le había ido ya. Entonces el comisario supo qué era lo que la mujer asía en su mano. Era su trofeo. Por otra parte merecidísimo, y que al parecer no había logrado conservar en su sitio aquél canalla, al igual que su vida, la cual se encontraba desparramada por el piso y la alfombra de la habitación.
Acercándose a la mujer, el comisario se agachó y quedó en cuclillas a su lado, al tiempo que ordenaba a sus hombres que llamasen al SUMA para que mandasen una UCI móvil urgentemente. Acercándose a ella la besó, notando el viscoso tacto de la sangre en sus labios y en un susurro cargado de ternura la preguntó:
-¿Te llegó a hacer algo, cariño? La mujer esbozó una amarga sonrisa y en un susurro imperceptible y pasando sus ojos de un lado a otro de su cuerpo, le respondió: -¿Tú qué crees? -¡Ah, sí, ya veo! Perdóname cariño, ya me entiendes ¿verdad? Ella le dedicó una sonrisa y cerró los ojos. Estaba molida. La tomó la mano y la susurró al oído: -Has sido muy valiente, ¿sabías que eres mi inspectora preferida? Ella hizo un ademán afirmativo, apenas perceptible y el concluyó: -Por eso me casé contigo. Te quiero. Y la besó.
2 comentarios:
Hola guapiño, me encanta como escribes, creo que ya te lo dije alguna otra vez jejejejje pero es que es la pura verdad.
Biquiños mil neno.
Graciñas, mi niña, tú que me quieres con buenos sentimientos.
Biquiños mil nena.
Publicar un comentario