La pequeña Petranila se encaminó hacia la escalera, con intención decidida, silenciosa y sigilosamente, para subir hasta el dormitorio de sus padres y así poder avisarles de lo que estaba ocurriendo en la cocina.
A través del ojo de la cerradura había visto una escena, que aunque no poco habitual en la estancia, pues ya había visto varias con la cocinera y alguno de los hombres y muchachos que llevaban a casa las mercancías, ésta le pareció extraña en demasía, ya que le pareció ver el rojo de la sangre sobre las vestiduras de Grunilda, la cocinera, y sobre el rostro y las manos del hombre que estaba de rodillas ante ella, la cual se encontraba en el suelo tendida y quieta, muy quieta, para conforme se movía en las otras ocasiones y callada, silenciosa, sin expresión alguna.
Por más, que la situación se desarrollaba sobre las frías baldosas del piso y las otras se desarrollaban sobre la gran mesa de madera, usada para la preparación de masas para hornear, como el aliño de los alimentos, como para el trinchado de verduras y carnes al prepararlas para los guisos, sita en el centro de la cocina y en trayectoria idónea, para que ella lo hubiese podido observar a través del ojo de la cerradura, sin ser descubierta.
Y, por más aun, que la extrañase el hecho de no sentir los quejidos que Grunilda emitía cuando aquellos hombres estaban, en la mayoría de las ocasiones, sobre ella y quizás por eso se quejase, pues a su corto entender, comprendía cuan daño le haría en la espalda la dura madera y otros utensilios que quedaban ocultos con su cuerpo cuando se tendía.
Con estas cavilaciones y preocupada en extremo, llegó a las cercanías de la puerta del dormitorio y hasta ella llegaron unos sonidos similares a los que había oído proferir al hombre que quedaba en la cocina ante Grunilda. Estos sonidos se le hicieron más nítidos al acercarse a la puerta y arrimar su oreja a ella, escuchando que se trataba de gemidos y estertores, igualmente similares a los que su madre y su padre emitían cuando se encontraban en ciertas situaciones, que ella había podido ver y oír a través del ojo de la cerradura, de aquella misma puerta. En muchas ocasiones no había querido observar, pero la curiosidad, la preocupación que sintió la primera vez que lo oyó, pues creía que estarían sufriendo por alguna causa que ella no comprendía, debido a que sus padres se demostraban un gran cariño, la obligaba, aun sin querer, a observar por si podría ayudar en un momento dado que lo necesitasen.
Pegó su ojo derecho al orificio de la cerradura y lo que vio, la provocó un fuerte estremecimiento y un escalofrío que la recorrió todo su cuerpo, al tiempo que un grito se formaba en su garganta y que con la boca abierta desmesuradamente por el pánico que sentía, fue a salir al exterior, logrando evitarlo al poner sus manos instintivamente sobre ella, reacción producida por el sentido innato de conservación. Supo al instante que allí ocurría algo muy raro, muy extraño y peligroso, al tiempo que comprendió que sus padres, lo mismo que Grunilda, estaban muertos, tendidos en el suelo y con unos seres muy raros con figura humana ante ellos. Según estaban arrodillados de frente a ellos, vio como extraían del interior de sus vientres unos cordones largos, retorcidos y sangrantes, los cuales se llevaban a la boca, al tiempo que emitían lo que a ella le parecieron gruñidos más que gemidos, como en un principio creyó que serían. Aunque estos fuesen de satisfacción, pudo comprobar que se trataba de contrario significado al que producían, tanto sus padres como Grunilda.
Al instante comprendió las veladas palabras que llegaron a sus oídos, cuando el día anterior oyó al jefe de policía hablando con sus padres, sobre algo parecido a ciertos monstruos que al parecer, y esto no llegó nítidamente a sus oídos, podría haber por la comarca, sembrando el pánico y el terror y dejando muerte y desolación a sus paso, desde y a donde no sabía nadie, ni de dónde hubiesen aparecido, ni dónde se dirigiesen.
De un salto, cual resorte retenido por trinquete se le da libertad de posición de nuevo y bajo sus pies se encontrase, se incorporó y echó a correr escaleras abajo.
Cuando llegó al salón, pensó en buscar algo cortante, algún instrumento con tan fino filo que pudiese cortar de un solo tajo los tubos flexibles que suministraban el gas a los quinqués adosados a las paredes. Se dirigió al estudio de su padre y volvió al salón con una catana en sus manos, aferrándola con fuerza con sus dedos.
De un solo tajo, fue cortando los tubos de cada uno de los tres quinqués y salió al exterior, encaminándose hacia la leñera. Una vez allí, busco yesca de la que usaba Rómulo para prender la caldera y tomó la caja de los fósforos. Volvió de nuevo a la casa y embozándose con la chaqueta de punto, se dirigió al despacho de su padre. Cerró la puerta tras de sí, prendió un fósforo y lo aplicó a la yesca, la cual salió ardiendo al instante. Con la yesca en una mano y el tirador de la puerta en la otra, se preparó. Era consciente de que tenía que actuar rápido, si no quería sucumbir abrasada. Abrió rápidamente la puerta, lanzó al salón la antorcha en que se había trasformado la yesca y cerró de nuevo. Se dirigió a uno de los estantes de la librería y tiró hacia sí de uno de los tomos, en cuyo lomo se leía: “Manual de primeros auxilios. Los mil y uno remedios caseros”. El libro tan solo rotó por la parte inferior del lomo, sin llegar a salirse de su sitio y al punto se abría una trampilla de hormigón, que a simple vista no hubiera localizado en el suelo ni “el más concienzudo investigador, por muy detallista que este fuera”. Como su padre le decía cada vez que abría y le mostraba el búnker, “por si vienen mal dadas y algún día lo necesitamos. Comenzó a bajar los escalones y se encendió automáticamente la luz. Al llegar abajo, la trampilla comenzó a cerrarse y al punto comenzaron a funcionar los extractores e impulsores de aire.
Se sentó dejándose caer al suelo y lloró amargamente, al tiempo que pedía perdón a sus padres y a Grunilda, por lo que acababa de hacer.
AdriPozuelo
Villamanta, Mayo de 2008
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