jueves, 17 de julio de 2008

JUSTICIA MORAL

Apenas habían transcurrido dos años, desde que, al final de la guerra, sus padres se habían casado “por la vicaría”. Dos meses antes, habiendo transcurrido cuatro desde el final de la contienda, habían recibido en la granja la visita del Melquíades, el alcalde y don Genaro, el párroco.
Aquella calurosa mañana del mes de julio, desde la posición en que se encontraba, oyó como aquellos dos hombres, sudorosos y fatigados, llegados a pie desde el pueblo, daban a sus padres el consejo, pues no la orden, como así se lo hicieron notar, para contraer matrimonio canónico y así legalizar su situación ante el nuevo régimen político de La Nación, ya que el civil, contraído durante La República, no era valido ni legal para el nuevo gobierno.
Por razones que entonces no comprendía, no pudo asistir al evento, pues tenía que permanecer en aquella posición, la cual ya le iba resultando artera.
Desde su posición, recordaba aquella mañana de Octubre, en que estando en la leñera, su escondrijo y refugio durante tres largos años, el cual, incomprensiblemente para él, abandonaba en contadas ocasiones y cuando lo hacía era para acercarse a la casa, siendo todo lo más lejos que había llegado, oyó el runrún del motor de un vehículo que se acercaba a la granja y el crujir de la gravilla del camino, bajo los neumáticos en su rodadura sobre el camino.
Al poco, distinguió un coche negro, largo, brillante, de tal limpieza, que al traspasar por el portón al recinto de la casa, éste se reflejaba en su lateral cual espejo móvil. Vio como dirigiéndose hacia su posición, se abrían sus puertas sin haberse detenido aun, lo que hacía al punto, apenas a cuatro metros de la trampilla, debajo de la cual se encontraba.
En el instante de detenerse el vehículo, se posaban en el suelo cuatro zapatos negros, bien lustrosos, que habían aparecido por debajo de las portezuelas al abrirse y que hasta ese momento habían permanecido suspendidos en el aire, calzando sendos pies, enfundados en calcetines negros, los cuales pendían saliendo por debajo de unas boquillas de pantalones de color gris.
Como impulsados por un único resorte, aparecieron cuatro hombres del interior del vehículo y al unísono quedaron de pie junto a él, quietos, con aire marcial. Los cuatro vestían de idéntica guisa: pantalón gris, camisa azul oscuro, boina roja, cinto ancho de cuero negro y gran hebilla plana. Portaban sobre sus narices sendas gafas con cristales oscuros, como si quisieran protegerse de los rayos ultravioleta, de un sol inexistente en aquella mañana de primeros de Octubre. De sus cintos pendían unas pistoleras de cuero negro, vacías, pues su mortal contenido lo manejaban en ristre cada uno de aquellos cuatro hombres, jinetes del Apocalipsis, endémicos de la posguerra.
Uno de ellos, el más viejo, al menos a él así le pareció, aunque no llegara a serlo, enteco, “tostao”, nariz aguileña, bigote ancho y corto por debajo de ésta, echó la mirada hacia su lado izquierdo, divisando a su padre que en ese momento salía de la casa. Diciendo un ¡vamos! tajante a sus acompañantes, se dirigió hacia él, con el brazo estirado y empuñando la pistola, la que enfrentaba directamente a su cabeza.
En ese momento, y desde su posición, idónea como para no perderse detalle, se dio cuenta del gran tatuaje que tenía aquel hombre; grabado en su antebrazo derecho, se distinguían un ubio y un haz de flechas.
-¡Eh, tú, rojo de mierda! ¿Creías que podrías darnos esquinazo toda tu puta vida? ¡Aquí terminan tus días, asqueroso mamón! Dicho y hecho. Terminó con sus días. Le dio pasaporte a la eternidad, la cual no se merecía. Ni tan siquiera eso, según sus mismas palabras, como él logró oír al asesino de su padre.
Quedó, contraído, asombrado, arrugado, bajo la trampilla de madera que le ocultaba a la vista de aquellos individuos, en la misma posición donde se encontraba, sin poder mover un solo músculo de su pequeño cuerpo, con la boca desmesuradamente abierta y los ojos desorbitados, por el terror, el temor y el espanto que le provocó tal escena, la cual, no había llegado al acto final aun.
Oyó y vio, a su madre como salía gritando y llorando, de la casa, seguramente alertada por las voces y los disparos que acababan de cercenar la vida de su hombre, padre de su hijo de 10 años y futuro padre del hijo que llevaba en sus entrañas desde hacía 6 meses.
Al ver a los cuatro individuos pistola en ristre y a su marido en el suelo con la cara destrozada por las balas disparadas a bocajarro, por cuyas heridas manaba su sangre, tiñendo la arenisca de rojo, comprendió lo que había pasado. Lo que allí acababa de ocurrir, era lo que ella venía vaticinando que podría suceder cualquier día, tras hacer caso a aquellos dos hombres que les aconsejaron, ¡que no ordenaron! que “debían contraer matrimonio cristiano”.
Desde su posición, harto incómoda por momentos, oyó como su madre, llorando y a voz en grito, se dirigía a aquellos pistoleros, con saña, con ira y valentía a un mismo tiempo.
-¡Fantoches! ¡Asesinos! ¡Cobardes! Y como en tono irónico, proseguía: ¡Qué valientes que sois, en grupo, y con un arma en la mano! Tras de lo cual, les escupía a sus pies. Vio como su madre se agachaba y se abrazaba al cuerpo inerte de su padre y como el del tatuaje bajaba su brazo empuñando la pistola, apuntando a la espalda de su desesperada madre, terminando de vaciar de balas el cargador, como así se lo decían los varios clic que salían del arma, pues aquél energúmeno seguía disparándola.
-¡Dos cerdos comunistas menos! ¡Camaradas, terminen y vayámonos de aquí!¡El deber nos llama en otros sitios!
Por primera vez, uno de los flechas habló, pues hasta ese momento habían permanecido en silencio sus bocas, no habiendo producido otros ruidos que los que provocaron las suelas de sus zapatos con el crujir del disgregado suelo y el que hicieran sus pistolas al dispararlas sobre los dos cuerpos que, abrazando la mujer al hombre, quedaban en el suelo, sobre una gran mancha viscosa de sangre.
-¡Marqués! ¿Y al crío, no le damos matarile?
-¡Ya oísteis al Melquíades! Ese debe de andar aun por las rusias, que es donde toda esta chusma bolchevique mandó a todos sus cachorros.
Desde su posición, veía, y creía oír, al marqués, pronunciar aquellas palabras.
Desde su posición, la de este lado de la mesa, sentado en el sillón de madera, con asiento y respaldo de cuero negro, perteneciente al jefe local de movimiento en cuyo despacho se encontraba, veía en la posición que estaba, al otro lado de la mesa, a un marqués 25 años después, misma vestimenta, mismas gafas, mismo bigote hitleriano y mismo, para él, asqueroso y repugnante tatuaje. Único cambio, debido al paso de los años, las ligeras arrugas que surcaban su frente y los dos surcos que verticalmente encuadraban su boca, acentuando aun más, si cabe, su rictus de mala leche.
Desde su posición ganada a pulso, con tesón, con valentía, producto de aquellas ganas febriles de hacer justicia, la cual les había prometido a sus padres que haría, ante ellos, en aquella granja y que a medida que fue creciendo supo que podía usar la misma justicia que “ellos” hacían gala de usar y con igual impunidad de la que “ellos” parecían poseer.
El marqués le relataba, cosa que él bien sabía, como había ido atando cabos, relacionando las muertes de aquellas personas, con hechos y lugares, habiendo llegado a la conclusión de quién era el jefe local; cual era su verdadera identidad. Tras notar, o suponer, que había algo raro en la muerte del Melquíades, al haberse despeñado inexplicablemente con su flamante FIAT; al no estar muy claras las circunstancias en que la lámpara de bronce, que habiendo estado durante siglos suspendida sobre el altar de la parroquia, se le vino encima a don Genaro; al ver algo más que simples accidentes ocurridos a los jefes de centuria, antaño flechas, donde a uno se le dispara un arma cuando procedía a su limpieza; al otro se le cae de las manos, mire qué casualidad, si nunca usaba ese tipo de maquinilla, pues eso era “ de maricones” según él decía, su Phillips a estrenar dentro de la bañera, cuando se bañaba y se afeitaba y estando llena de agua; al otro lo arroya un vehículo al cruzar La Castellana en Madrid, dándose a la fuga el conductor, encontrándose el coche abandonado cerca de Atocha y habiendo sido robado tres días antes en Bayona, ¡que siga mirando que casualidad, hombre! Había llegado por fin a la convicción, de que él era el causante de todo aquello.
Por todo ello y porque sabía que él sería el próximo “accidentado”, lo que había logrado evitar, le conminaba a entregar su arma, pues una vez descubierto , no tenía nada que hacer y si no lo mataba ahí mismo, es porque hubiera sido demasiado evidente y ahora no estaban las cosas como antaño. El tenía pensado morir de muerte natural y debía ser honrado con todos los honores inherentes a su rango.
Desde su posición, se dispuso a abrir el cajón central de su mesa. Lentamente, como el marqués le había ordenado que así efectuase todos sus movimientos, extendió un brazo, llevando su mano abierta, los dedos separados y el índice curvado, dispuesto a coger la anilla que le servía de tirador, en tanto que se miraban fijamente, clavándose la mirada mutuamente, con la recíproca intención de no perder detalle de ninguno de sus movimientos.
Estando su mano próxima al tirador y aun visible por el marqués, salieron tres balas por el frontal de la mesa, en dirección al tórax del aristócrata camisa vieja. No dijo nada. No le dio tiempo. Solamente, y antes de que la vida le abandonase, pudo lograr hacer funcionar los músculos faciales para abrir la boca y los ojos desmesuradamente, en un gesto de incredulidad y asombro.
En tanto que él, desde su situación, la de victoria, la de triunfo tantos años esperado y estudiado tan metódicamente; desde su posición, la de este lado de la mesa, la de verdugo ajusticiando, la de hijo vengando la muerte de sus padres, la de asesino que se vale de la misma impunidad de la que se valían “ellos” para cometer asesinatos, inclinándose hacia el marqués y en lo que le quedaba un halo de vida, la cual comenzaba a derramársele por la boca a cada estertor de sus pulmones, le dijo pausadamente, clavándole la mirada en sus ojos:
-¡Tenías que haber sabido también, que mi título de ingeniero y de camisa nueva, no es honorífico como el tuyo, mamón!

AdriPozuelo
Villamanta, 9 de Julio de 2008

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